
Parecía que iba a ser el Mundial de las estrellas, de los Messi, Mbappé, Haaland y Kane, pero la conclusión es que el trabajo grupal hecho por los de Luis De la Fuente sobresalió por encima de los talentosos.
Parecía que iba a ser el Mundial de las estrellas, de los Messi, Mbappé, Haaland y Kane, pero la conclusión es que el trabajo grupal hecho por los de Luis De la Fuente sobresalió por encima de los talentosos.
España campeón, el triunfo del juego colectivo.
En plena fase de grupos parecía que sería el Mundial de las individualidades. Lionel Messi cerraba la primera ronda con seis goles en tres partidos para Argentina, Kylian Mbappé contribuía con la misma cantidad para Francia y Erling Haaland los perseguía haciendo goles para Noruega. Hasta la dupla Harry Kane-Jude Bellingham se anotaba en la lista de grandes talentos con su influencia en Inglaterra. Todos se destacaban por encima de sus respectivos equipos. Pero, al final, fue el Mundial consagratorio del juego colectivo. Sin una estrella que sobresaliera por encima del resto del plantel, España dio cátedra y dejó una lección: por más talento individual que exista, el fútbol todavía sigue siendo un juego de equipo.
Se mencionará la fantasía que aportó Lamine Yamal, aun sin estar al 100% en lo físico. Se citará el Mundialazo que hizo Rodri, que rompió el récord de pases en una Copa del Mundo y comandó desde el círculo central las acciones del juego de posición y de posesión del campeón. Se recordará la soberbia actuación de Pau Cubarsí en el fondo, con apenas 19 años liderando a la defensa española. Pero ninguno de ellos fue más determinante que el rendimiento grupal. El equipo fue el que asumió el rol protagónico. España acaparó todos los elogios por ser fiel a un estilo de juego que mantiene desde el 2008. Desde allí a hoy, en 18 años, logró dos Mundiales, tres Eurocopas y una Nations League. Antes del 2008, a lo largo de su historia y cuando su selección era conocida como La Furia, sólo había logrado un título (Eurocopa 1964). Con esa histórica garra y actitud no le había ido muy bien que digamos por lo que decidió cambiar 180 grados su propuesta futbolística. Y hoy se ven los frutos. Más allá de las vueltas olímpicas hay una confirmación: España se refugia en su identidad. En las victorias como en las derrotas. No se aparta del libreto, no refuta sus propias creencias. Confía y cree en una manera de jugar para ganar. No hay lugar para la duda.
Con ese juego asociativo, de toque permanente, que hoy es puesto en discusión por ser calificado de "aburrido", sometió a todos sus rivales. Dominó a Cabo Verde en el debut pero el 0-0 confundió a muchos, que creyeron ver a un equipo incapaz de trasladar al resultado ese dominio en el juego. La famosa falta de efectividad que aqueja a los equipos que monopolizan la tenencia. Hubo críticas y cuestionamientos a la idea. Que España no juega a nada, que el improductivo tiki tiki no sirve, que propone un fútbol sin arcos... Pero Luis De La Fuente, que antes de asumir al frente de la selección mayor había ganado todo en las Juveniles, se mantuvo leal a sus convicciones. España no se traicionó nunca. El entrenador hizo algunos retoques de nombres, no de modelo de juego, y al siguiente partido hubo goleada (4-0) a Arabia Saudita.
La fortaleza de España estuvo en su estilo, en lo que hizo con la pelota y también sin ella, y en cumplir una máxima indispensable para el éxito: la ausencia de un jugador no debe resentir el funcionamiento general. En la Eurocopa que ganó en el 2024 y en la Nations League que perdió la final por penales en el 2025, España volaba y alcanzó su pico de rendimiento, incluso en un nivel superior a lo demostrado en este Mundial. Pero en aquellas competiciones había tenido a un Pedri desequilibrante en la conducción, a un Merino letal como llegador al área, a un Lamine al 100% y a un Nico Williams en la otra banda picante en el uno contra uno. En esta Copa del Mundo, Pedri perdió el puesto al tercer partido por bajo rendimiento, Merino llegó tras una larga inactividad por lesión y sólo entró en los segundos tiempos, Lamine no estuvo en su prime y Williams también jugó tocado físicamente. Pero los que entraron estuvieron a la altura. Fabián Ruiz fue la rueda de auxilio en el medio, Dani Olmo el experto en jugar entrelíneas y Alex Baena el aprovechador del lado débil rival. Otros nombres, la misma España.
Esa supremacía quedó confirmada en las estadísticas. España recibió un solo gol en ocho partidos (De Ketelaere de Bélgica en el 2-1 en cuartos) y hay otro dato más llamativo al respecto: le patearon apenas diez tiros al arco en todo el Mundial. Mucho se habló de la cifra de cero remates de Argentina en los 90 minutos de la final pero la Francia de los delanteros que asustaban al mundo le pateó sólo tres veces en la semifinal. Con su juego redujo a los dos finalistas de Qatar 2022. A tal punto que algunos en Argentina buscan todavía alguna teoría conspirativa de qué agarrarse para poder explicar la abrumadora superioridad del flamante campeón.
La Francia de los cuatro fantásticos de adelante, la Argentina de Messi, la Noruega de Haaland, la Inglaterra de Bellingham-Kane, la Portugal de grandes jugadores pero sin juego colectivo... Todas amagaron con levantar la Copa pero ninguna pudo alcanzar la gloria como España. La España donde la figura fue el equipo.
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