
Vivimos en una época que celebra el hacer, el producir y el demostrar. Sin embargo, quizá el verdadero crecimiento no dependa de cuánto somos capaces de soportar, sino de cuánto valor somos capaces de reconocer en nosotras mismas. Galería de fotos
Vivimos en una época que celebra el hacer, el producir y el demostrar. Sin embargo, quizá el verdadero crecimiento no dependa de cuánto somos capaces de soportar, sino de cuánto valor somos capaces de reconocer en nosotras mismas. Galería de fotos
Hay algo que hace tiempo tengo ganas de decirle a las mujeres. A las que emprenden. A las que trabajan. A las que lideran. A las que sostienen una familia. A las que, muchas veces, terminan ocupándose de todos antes que de ellas mismas.
Durante años aprendimos que crecer significaba hacer más. Trabajar más. Prepararnos más. Demostrar, una y otra vez, de qué éramos capaces.
Y lo hicimos. Con compromiso. Con responsabilidad. Con una enorme capacidad de entrega. Pero, casi sin darnos cuenta, empezamos a confundir la entrega con la exigencia. Y no son lo mismo.
La entrega nace del propósito, del deseo de construir, del compromiso con aquello que elegimos. La exigencia, en cambio, muchas veces nace del miedo a no ser suficientes, a no estar a la altura o a sentir que todavía falta demostrar algo más.
Cada vez que acompaño a mujeres que están emprendiendo o atravesando un cambio profesional descubro una constante: casi ninguna duda de su capacidad para trabajar. Lo que muchas veces ponen en duda es si ya hicieron lo suficiente. Y esa diferencia cambia todo.
Porque cuando creemos que siempre falta algo más, dejamos de disfrutar el camino. Empezamos a medir nuestro valor por cuánto hacemos, cuánto resolvemos o cuánto somos capaces de soportar.
Con el tiempo comprendí que crecer también implica aprender a reconocernos; valorar la experiencia, la sensibilidad, la palabra. Asimismo, la capacidad de construir vínculos, acompañar procesos e inspirar a otros sin perder de vista quiénes somos.
Porque la entrega seguirá siendo una de nuestras mayores fortalezas, siempre que sea una elección consciente y no una exigencia que termine alejándonos de nuestra propia esencia.
No quiero terminar esta reflexión con una respuesta, sino que prefiero dejarte una pregunta.
¿Cuánto de lo que hacés nace realmente de tus sueños… y cuánto responde a una exigencia que aprendiste a confundir con el éxito?
Nos encontramos el próximo mes para seguir compartiendo nuevas reflexiones sobre los desafíos que enfrentamos en nuestra vida profesional y personal.
Fundadora de Nova Gestión
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