
El dividendo político de la rabia digital y la invención de conspiraciones en tiempos de desinformación algorítmica.
El dividendo político de la rabia digital y la invención de conspiraciones en tiempos de desinformación algorítmica.
Releyendo esta mañana temprano la excelente entrevista que publicó Antonio Jiménez Barca en El País al historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, me encontré con una clave conceptual perfecta para entender el momento de degradación e histeria colectiva que atravesamos. Harari, autor de obras indispensables como Sapiens o Nexus, aportó una definición brillante sobre el impacto real de la tecnología en la vida pública: la democracia es, ante todo, una conversación entre personas. Y las redes sociales han roto esa conversación.
¿Por qué? Porque el objetivo primario de los algoritmos de las grandes plataformas no es informar ni publicar hechos verídicos, sino atrapar la atención del usuario. Y la inteligencia artificial descubrió muy rápido que nada atrapa y fideliza tanto al ser humano como la rabia, el miedo y el odio. Si alguien te genera indignación, es casi imposible que mires para otro lado. Las redes se convirtieron, así, en máquinas diseñadas para multiplicar la furia.
Como señaló lúcidamente alguna vez Carlos Pagni, la política actual se ha transformado, esencialmente, en gestionar la ira. Hay una masa constante de resentimiento flotando en el ambiente global —acentuada decididamente tras la pandemia— y la clase política entendió que su insumo principal para subsistir es precisamente manipular esa masa.
Yuval Noah Harari advirtió sobre el plan tecnológico de Milei: "Creará un 'Estado IA' incontrolable"
Esta dinámica explica perfectamente episodios recientes que rozan el absurdo. Si un periodista argentino lanza una barbaridad contra los mexicanos, si un actor como Samuel L. Jackson dice una frase ridícula sobre nuestro país o si se viraliza cualquier exabrupto de una figura pública, la noticia da la vuelta al mundo en minutos.
Hagamos el experimento inverso: si yo salgo a decir públicamente que amo el intelecto de Harari y que me parece un pensador extraordinario, no lo reproduce nadie. Ahora, si afirmo que sus libros son un plagio, que es un criminal o que sus obras las escribió un robot, seguro termino en la portada de algún portal. El odio vende; la ecuanimidad aburre.
Esta adicción algorítmica al conflicto crea un clima donde a cualquier discurso de odio solo le basta una pizca de verosimilitud para transformarse en una teoría conspirativa en regla. "Vivimos una paradoja: tenemos el sistema de comunicación más complejo de la historia, pero no tenemos conversación." — Yuval Noah Harari.
Lo más grave no es que las redes funcionen así, sino cómo la política utiliza este fenómeno para victimizarse. Frente a la catarata de comentarios, burlas y críticas internacionales que surgieron recientemente por episodios aislados —desde los festejos desmedidos en el fútbol hasta frases desafortunadas de personalidades—, el relato oficial volvió a activar un mecanismo conocido.
Tanto el Gobierno como sus tuiteros y un conjunto de comunicadores alineados no tardaron en denunciar una "campaña antiargentina". Según esta narrativa paranoidizada, la Argentina estaría siendo atacada por poderes oscuros debido a que nuestro país es ahora "el faro del mundo libre", la reserva moral de Occidente o el aliado predilecto de Estados Unidos e Israel. Un verdadero divague.
Para que exista una "campaña" debe haber un jefe, un centro de mando, una estrategia coordinada. Lo que hay en realidad es una maquinaria algorítmica descentralizada que premia el disparate porque genera interacciones. No hay un complot internacional contra el Presidente; hay un ecosistema digital que amplifica cuatro estupideces dichas por famosos porque la indignación rinde monetariamente.
Javier Milei respondió a las críticas contra Argentina tras el Mundial: “Ahora el mundo verá dónde puede llegar un país lleno de argentinos”
Esta táctica de disfrazar las dinámicas del odio o los errores propios como "operaciones enemigas" no es nueva. Guarda una simetría asombrosa con el relato kirchnerista. Cristina Kirchner solía argumentar que las investigaciones judiciales en su contra o las críticas periodísticas no se debían a los cuadernos ni a la corrupción, sino a una "venganza del sistema" por haber estatizado las AFJP.
Hoy asistimos a una lógica idéntica: si el mundo critica un desatino local, no es por la falta de tacto o por el exabrupto en sí, sino porque "nos envidian" o porque "atacamos al establishment".
Ni somos el centro del universo ni hay una conspiración global en marcha. Lo que hay es un sistema de comunicación que ha sustituido la conversación democrática por la gestión industrial del rencor. Y un gobierno que, en lugar de aportar tranquilidad y racionalidad, prefiere subirse a la ola del algoritmo para convertir la rabia digital en su principal combustible político.
El descargo de Griselda Siciliani defendiendo al país en medio de la campaña anti-Argentina
"Se ponen duros con los extranjeros pobres para disimular la entrega a los ricos", la crítica de Leandro Santoro al Gobierno
"No nos subestimen": la bronca de Oscar Ruggeri por las teorías conspirativas tras la derrota de Argentina en el Mundial 2026