
A sus 39, Leo jugó los 120' de un partido chivísimo en el que marcó un gol. Y otra vez fue la bandera cuando las papas quemaban.
A sus 39, Leo jugó los 120' de un partido chivísimo en el que marcó un gol. Y otra vez fue la bandera cuando las papas quemaban.
Puño apretado, de cara a la platea. Luego aplausos y otra vez el puño apretado. No, no es la final. Es apenas un partido de 16avos, pero Lionel Messi sabe lo que es sufrir, gozar y disfrutar en la Selección. Claro que lo sabe, por eso disfruta un triunfo contra el humilde Cabo Verde tanto como aquel parto contra México en Lusail.
Esta no podía ser la última historia de Lionel Andrés Messi en un Mundial. No lo merecía ni él ni sus compañeros. Es verdad que la Scaloneta no jugó bien, que sufrió demasiado para pasar a octavos, pero esta no podía ser la última función del mejor jugador de todos los tiempos con la camiseta de la Selección.
Habrá que hacer un análisis de qué le pasó a la Argentina, pero lo que está claro que Messi jugó como un pibe, pero no de 39. Corrió, jugó, transpiró la camiseta y la podría estrujar como aquella imagen famosa de Maradona. Si la exprime, seguro sale talento, angustia y mucha responsabilidad.
¿Qué más decir? ¿Qué más pedir? ¿Qué adjetivo calificativo nuevo se puede usar? Lionel Andrés, el nene que la rompía en Grandoli a los cuatro años, sigue jugando con su juguete preferido. No importa el lugar ni el campeonato ni el estadio. Él no cambia de pasión y de esa pasión por el fútbol sigue naciendo la ilusión de un país. ¡Aguantó los 120!
“Messi es Messi!”, lo definió De Jong en una nota con Olé. Repitió el apellido de forma capicúa, para dar la mejor explicación posible de lo que es este fenómeno del deporte mundial, que ya es el mejor jugador de la historia, que sigue sorprendiendo al mundo, marcando goles en Copas del Mundo, haciendo temblar el cemento del Hard Rock Stadium.
En un partido complejo, sin espacios, con un equipo rival aplicado a la marca y a cortar los espacios, el 10 fue mirando por dónde podía estar la apertura del marcador y recibió un pase de Lisandro Martínez que pareció pintado de la zurda de Messi. Exquisito envío del central, para un control magistral, una definición en espacios reducidos con el empeine, para abrir el cielo plomizo (y un rival entusiasta) que amenazaba con romper los esquemas del Mundial y de la Selección.
Messi fue la bandera cuando las papas quemaban, cuando la pelota pesaba muchísimo. Lo intentó desde todas las posiciones, de wing derecho como en sus inicios, tratando de ganar en velocidad, pero siempre leyendo lo que iba pasando. El aire era difícil de respirar pero él siempre la pidió y finalmente participó de todos los goles. Porque desde su zurda salieron las bolas que terminaron en los pies de Lisandro para el 2-1 y el gran centro para el cabezazo de Cuti para ese 3-2 agónico, impensado en la previa pero tan real.
Messi sigue. Como le pasó a Cristiano con Croacia (la diferencia que el DT lo sacó con el 1-1) hay al menos una función más. Todos soñamos con que sean cuatro más, pero como dicen sus compañeros hay que disfrutarlo . Y eso, a pesar del sufrimiento de este 16avos de final, hay tiempo para entender la leyenda que estamos viendo.
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