
En 1995, una ola de calor devastó la ciudad de Chicago y provocó la muerte de 739 personas. Años más tarde, el sociólogo Eric Klinenberg reconstruyó aquel episodio en su libro “Ola de calor: Autopsia social de un desastre”.
En 1995, una ola de calor devastó la ciudad de Chicago y provocó la muerte de 739 personas. Años más tarde, el sociólogo Eric Klinenberg reconstruyó aquel episodio en su libro “Ola de calor: Autopsia social de un desastre”. Estudió las causas por las que hubo mayores decesos en algunas zonas que otras, con similares condiciones socioeconómicas. Su conclusión fue incómoda ya que demostró que las víctimas no murieron únicamente por las altas temperaturas, sino por una combinación de vulnerabilidad social, aislamiento y fallas institucionales.
El calor fue el detonante. Pero el desastre fue político y social.
Tres décadas después, esa lectura conserva vigencia frente al cambio climático. Klinenberg identificó que las zonas con menores decesos fueron las que tenían mejor calidad de “infraestructura social”. No se trata solo de hospitales, redes eléctricas o sistemas de alerta temprana, sino de algo más intangible y decisivo, como los espacios públicos vivos, las redes comunitarias sólidas, los vínculos de cuidado y los Estados responsables, capaces de identificar y proteger a quienes están más expuestos.
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En un mundo donde las olas de calor, las inundaciones y otros eventos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos, el principal factor de riesgo no es solo climático. Es también la soledad, la desigualdad, la debilidad estatal y la fragilidad de los lazos sociales. Allí donde esos vínculos se debilitan, el clima se vuelve más letal.
Europa lo está comprobando en tiempo real. Las olas de calor de este año ya dejaron un saldo preliminar de alrededor de 1.800 muertes, incluso antes del inicio pleno del verano. Y los pronósticos advierten la posibilidad de nuevos eventos aún más severos en las próximas semanas. Quedó claro que el continente no está preparado para enfrentar fenómenos de esta magnitud.
La adaptación al cambio climático dejó de ser una agenda de largo plazo para convertirse en un imperativo inmediato. Y empieza a emerger, además, la cada vez más potente idea de que la regeneración de la naturaleza no solo es deseable, sino una de las estrategias más efectivas y de mayor retorno para reducir riesgos. En este escenario, la cooperación entre países, ciudades y sectores se vuelve la herramienta más decisiva para proteger vidas.
En América Latina, y particularmente en la Argentina, el panorama no es más alentador. Distintas agencias meteorológicas internacionales advierten que el fenómeno de El Niño iniciado en 2026 podría alcanzar una intensidad excepcional, comparable únicamente con el episodio de 1877-1878, uno de los más extremos de la historia registrada. Aquel evento dejó impactos devastadores a escala global. Hoy, el riesgo es similar en magnitud, pero amplificado por un planeta más caliente y urbanizado.
Se anticipan olas de calor prolongadas, tormentas intensas y períodos de sequía que pondrán bajo presión a ciudades, sistemas productivos e infraestructuras críticas. Pero, nuevamente, la clave no está solo en la fuerza del fenómeno, sino en el grado de preparación social e institucional para enfrentarlo.
La evidencia es contundente con respecto a que ningún actor (ni el Estado, ni el sector privado, ni la ciencia, ni las comunidades) puede responder en soledad a desafíos de esta escala. La resiliencia no es un atributo individual, sino una construcción colectiva. Donde existe coordinación, confianza y organización, las pérdidas humanas y económicas se reducen de manera significativa.
En última instancia, la diferencia entre un evento extremo y una tragedia depende de cómo estamos organizados como sociedad y las capacidades del Estado de responder.
El Papa Francisco lo expresó con claridad en Laudato Si’: “Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo”.
Tal vez esa sea la verdadera lección de este tiempo. En un planeta más inestable, más caliente y más incierto, la única estrategia verdaderamente realista es la organización colectiva.
En otras palabras, una vez más, conviene recordar que nadie se salva solo.
* Exsecretario de Cambio Climático, Desarrollo Sostenible e Innovación. Docente Unsam.