
En la derrota contra Barracas Central, el Millonario estiró más una pésima estadística que también es el fiel reflejo de su cruda actualidad.
En la derrota contra Barracas Central, el Millonario estiró más una pésima estadística que también es el fiel reflejo de su cruda actualidad.
Contra Barracas, River estiró esta pésima racha (Marcelo Carroll).
Enumerar los problemas que viene teniendo River puede variar dependiendo cada mirada. Pero hay uno que, si se elaborara una lista entre un grupo representativo de hinchas, muy probablemente se repetiría en todos: se trata de un equipo que trae de arrastre una insólita incapacidad para sobreponerse a estar en desventaja y poder dar vuelta un resultado.
Algo que inició en el olvidable segundo ciclo de Marcelo Gallardo y que con la reciente derrota contra Barracas Central en el Monumental por la primera fecha del Clausura se agrandó: River, con una mandíbula de cristal que no se condice con los increíbles y costosos planteles que viene teniendo en el último tiempo, alcanzó los 26 partidos seguidos sin poder revertir un inicio desfavorable.
Sí, de las últimas 26 veces que arrancó perdiendo, nunca ganó. Perdió 18 y apenas pudo rescatar un punto en ocho. ¿Cuándo fue la última vez que pudo llevarse los tres puntos? Un poco recordado 6 de noviembre de 2024, en un triunfo 3-2 contra Instituto en Córdoba: empezó abajo por un gol de Gregorio Rodríguez, convirtieron Colidio y Paulo Díaz, se lo empataron y se lo llevó en el final gracias a otro tanto del delantero que actualmente sigue en el plantel.
En el medio, 25 encuentros hasta llegar al de este sábado. Entre ellos, superclásicos, series de Copa Libertadores, cruces mano a mano por el torneo local (había llegado a revertir parcialmente los octavos del Clausura pasado con Racing, pero lo perdió) y hasta alguna eliminación escandalosa de la Copa Argentina, como la de hace ocho días ante Aldosivi por los 16vos de final.
Los datos no hacen más que profundizar una sensación que se repite en el análisis futbolero: cuando el equipo recibe el primer impacto, le cuesta recomponerse anímica y futbolísticamente. No hay remontadas épicas ni giros de carácter que cambien la inercia; por el contrario, la mayoría de las veces el desarrollo termina confirmando el mal comienzo.
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