
Hay una moda que llegó para quedarse: cada vez que uno pasa por la caja del supermercado, aparece la misma pregunta.
Y si uno responde que sí... sorpresa. Hay que pagarla.
La explicación oficial es impecable: cuidar el medio ambiente, reducir el uso del plástico, proteger el planeta, salvar las tortugas, los océanos y, si seguimos así, hasta la capa de ozono.
El problema empieza cuando uno mira un poquito más de cerca.
Porque el supermercado dejó de regalar bolsas... pero siguió vendiendo toneladas de productos envueltos en plástico. La fruta viene en bandejas de telgopor con film. Las galletitas tienen doble envoltorio. Las gaseosas vienen en packs plastificados. Las botellas, los sachets, los envases, los blísteres... todo sigue siendo plástico.
Pero el problema, curiosamente, era la bolsita de la caja.
Es como decir que para combatir el tránsito vamos a prohibir las bicicletas.
Y uno se pregunta: ¿esto es realmente ecología... o es un excelente negocio disfrazado de conciencia ambiental?
Porque antes la bolsa era parte del servicio. Hoy pasó a ser otro producto que el cliente compra.
El supermercado ahorra millones dejando de regalar bolsas y, encima, las vende.
Y nadie protesta porque, claro, el argumento ecológico funciona como un escudo moral. Si preguntás demasiado, pareciera que estás en contra del planeta.
Una cosa es cuidar el ambiente.
Otra muy distinta es usar la ecología como excusa para trasladarle un costo más al consumidor.
Porque si de verdad el compromiso fuera ambiental, también habría un esfuerzo serio por reducir los embalajes innecesarios, incentivar envases retornables o disminuir el exceso de plástico en origen.
Mucho más fácil es cobrarle la bolsa al cliente.
Al final, el único recurso natural que realmente están cuidando... es la rentabilidad.
Y mientras uno sale del supermercado con una bolsa paga, mira el ticket y descubre que también pagó impuestos, aumentos, inflación y promociones que no parecían tan promociones.
La bolsa dejó de ser un regalo.
Se convirtió en un símbolo.
El símbolo de una época donde todo se cobra, todo tiene un costo extra y, además, te hacen sentir que es por tu propio bien.
Porque en la Argentina de hoy, hasta para llevar las compras hay que poner de más.
Y lo más increíble no es que te cobren la bolsa.
Lo más increíble es que todavía quieran convencerte de que lo hacen, únicamente, por amor al planeta.