
El arquero colombiano respondió cuando más lo necesitaba. Tras un partido de mucha seguridad, le atajó el penal a Pavez Muñoz en la tanda y fue una de las figuras de la clasificación xeneize.
El arquero colombiano respondió cuando más lo necesitaba. Tras un partido de mucha seguridad, le atajó el penal a Pavez Muñoz en la tanda y fue una de las figuras de la clasificación xeneize.
El arquero fue abrazado por todos sus compañeros. (EFE)
De las dudas a la reivindicación. Álvaro Montero tuvo la noche que necesitaba en la clasificación de Boca a los octavos de final de la Copa Sudamericana. Después de quedar en el centro de las críticas por su floja actuación ante Riestra, el colombiano respondió con personalidad, seguridad y una atajada decisiva en la tanda de penales.
Su partido ya venía siendo sólido mucho antes de la definición. Mostró firmeza en cada intervención, sumó cuatro atajadas importantes y transmitió la confianza que Boca fue a buscar cuando invirtió cuatro millones de dólares en su llegada. En el gol del conjunto chileno no tuvo responsabilidad: fue un remate sorpresivo, esquinado e imposible de detener.
Pero, además de responder bajo los tres palos, mostró liderazgo. Durante los 90 minutos no dejó de ordenar a la defensa y, tras el empate de O'Higgins, se lo vio gritando con insistencia para despertar a sus compañeros. Quería más. Quería la clasificación.
Y el premio llegó desde los doce pasos. En el cuarto penal de la serie, Pavez Muñoz buscó cruzar su remate, pero Montero adivinó la intención, voló hacia su izquierda y desató el festejo. Esa atajada dejó a Boca con dos penales para sellar el pase a octavos. Tenía que demostrar que la pesadilla de Riestra había sido apenas un traspié. Lo hizo en el momento de mayor presión y justificó porque la inversión de Riquelme y Boca en él.
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