
El reconocido actor y director habló con Daniel Osvaldo en una coproducción de Olé con La Canchita y repasó sus inicios, cómo transitó una dura enfermedad y más.
El reconocido actor y director habló con Daniel Osvaldo en una coproducción de Olé con La Canchita y repasó sus inicios, cómo transitó una dura enfermedad y más.
Ariel Staltari en Rincón Stone.
"Mientras yo tenía que ir a vender churros a la playa, ellos estaban adentro de un set merendando ahí, o haciendo los deberes entre cámaras". Ariel Staltari es uno de los grandes protagonistas de Rincón Stone, el ciclo de entrevistas que lleva adelante Daniel Osvaldo en una producción de Olé y La Canchita. El reconocido actor y director repasó los momentos más significativos de su carrera y, también, los más dolorosos.
-¿Te gusta más escribir o actuar? ¿O las dos cosas por igual?
-Me gusta mucho más actuar, pero escribir también. Escribir me abrió la cabeza porque entendés la historia macro del principio a fin, entendés las texturas de esos personajes, cómo hablan, cómo se mueven, cómo sienten.
-¿Te imaginabas en ese momento que ese personaje (el de Okupas) y esa serie iba a tener el éxito o la repercusión?
-Nunca en la vida imaginamos lo que iba a pasar con esta serie. Hoy en día, 26 años después. O sea, a mí la enfermedad me permite conocer la actuación. Y la actuación me lleva a hacer Okupas.
-Nombraste justo la enfermedad que tuviste que atravesar...
-Pibe de barrio, hijo de comerciantes de toda la vida, hijo de tanos, abuelos italianos también. Que de buenas a primeras, después de toda esta locura rockera, caigo, pelo largo, estaba bárbaro, no sentía nada raro. Y de repente me dicen 'tenés cáncer, te vas a morir'. En aquella época decir leucemia era una mala palabra, boludo, era casi como decir sida. Lo asociaban casi como la muerte. Porque es cáncer en la sangre. Saber que tenés tu cuerpo con la sangre que está mal, está todo mal. Y los estudios que me habían hecho, aparte, eran horribles, dio todo muy mal.
-¿Y cómo viviste toda esa época vos internamente? ¿Qué te pasó?
-No, yo lo viví con mucha alegría. Era como estar viviendo un cuento, una cosa muy loca. No lo podía creer de repente de estar, como te decía, peleando por mi vida a estar en medio de la farándula de gente que uno veía en la tele y que de repente te estaban ahí felicitando. Pero fue eso nada más.
-¿Y en ese tiempo qué estuviste haciendo?
-Y empecé a laburar en algunos lugares. Me acuerdo que al poco tiempo llegó Sebastián Ortega a la estructura de Ideas del Sur y yo hice una de las primeras cosas que se hicieron ahí, que era Sol Negro, que era otra serie que la rompió toda...
-Después de Okupas tuviste como un parate artístico si se quiere. ¿Por qué se dio? ¿Fue una decisión tuya?
-No. Porque no salían laburos. Me hicieron descansar a la fuerza. Después de Okupas nos hicieron un contrato de exclusividad —a Diego Alonso, al Pollo y a mí— con Ideas del Sur. En ese momento la productora de Tinelli iba a arrancar fuerte con ficción y nos querían como artistas de la productora. Pero llegó el 2001... Explotó el país. Fue como decir: "Me pongo una fábrica de sombreros" y nace un pibe sin cabeza. No podía ser. Encima nos llamaban de Pol-ka y de otros lugares. Íbamos a reuniones sabiendo que no podíamos trabajar porque teníamos exclusividad. No pudimos hacer nada. Y después terminaron rescindiendo el contrato. Nos quedamos sin nada. Ahí empezó el camino verdadero. Y ahí empecé a descubrir el verdadero oficio.
-¿Y en ese tiempo qué hiciste?
-Empecé a trabajar en algunas cosas. Al poco tiempo llegó Sebastián Ortega a Ideas del Sur e hice una de las primeras producciones: Sol Negro. Era una serie espectacular. Estábamos todos los locos juntos. La selección argentina de los locos. Estaban Rodrigo de la Serna, Diego Capusotto, Fernando Peña, Muriel Santa Ana, Carlos Belloso, Rita Cortese... Estábamos todos trastornados de verdad. No le fue muy bien al proyecto. Pero fue una experiencia hermosa. Después hice una película que se llamó Buena Vida Delivery, que también anduvo muy bien. Y después... La nada misma. Volver a la churrería de mis viejos. Me dejaron de llamar. Y así es la vida.
-A vos te habrá pasado también. Hoy sos Dios, mañana no sos nadie y pasado volvés a ser Dios
-Exactamente. Y ahí descubrís el verdadero amor por el oficio. Porque si de verdad estás enamorado de lo que hacés, deja de importarte si te llaman o no.
¿Y esa pausa fue la que te llevó a empezar a escribir?
-Eso vino después. Porque entendí que tenía que hacer el camino que no había hecho. Yo había arrancado siendo uno de los protagonistas de una serie de culto.
-Cuando te tocó escribir para actores como Luis Brandoni, ¿te generó presión?
-No. Yo siempre me tomo la vida en joda.
-Muchísimo. Porque si te ponés solemne frente a la vida, estás perdido. Mi filosofía es sacarle importancia a las cosas que supuestamente tienen importancia. Después de todo es ficción. No te va la vida en eso. Es entretenimiento. Entonces eso me permite faltarle el respeto, en el buen sentido, a todo. Porque si yo pensara: "Estoy escribiendo El Eternauta" o "Estoy escribiendo para Brandoni" creo que me paralizaría. Me agarraría miedo. Y además es muy fácil moverte detrás de una estructura como la de Bruno Stagnaro. Es como jugar con Maradona. Vos sabés que si picás, él te va a poner la pelota al pie.
-Y con actores como Brandoni o Darín también debe pasar algo parecido
-Sí. Es increíble trabajar con ellos. Son tipos que nacieron dentro de un set. Mientras yo vendía churros en la playa, ellos estaban haciendo los deberes entre cámaras. Tienen un recorrido enorme. Y además son humildes. Generosos. Crean un gran clima de trabajo. Da orgullo escribir para ellos. Pero en realidad uno escribe para el personaje. Después, si lo interpreta alguien así, mejor todavía.
-Antes hablábamos de la churrería. ¿Cómo fue para vos esa ida y vuelta entre el éxito enorme y volver a trabajar ahí?
-Aprendí que la vida es eso: fracasar todo el tiempo. Porque tranquilamente me podría haber pegado muy mal. Y por momentos me pegó muy mal. Pero siento que las personas que tenemos barrio... Y más todavía los argentinos... Tenemos un patrimonio intransferible. Somos resilientes. Estamos acostumbrados a atravesar tormentas. A reinventarnos. A hacer malabares. Venimos del barro. Entonces no pasa nada si volvés al barro. Yo creo que eso me dio la posibilidad de entender que la vida es un compendio de fracasos que, de vez en cuando, te regala alguna alegría. Y esa alegría hay que disfrutarla. Pero siempre hay que arremangarse. Siempre hay que volver a trabajar. No perder los principios. Los valores. Saber quién sos. De dónde venís. Qué valorás. Y creo que fue justamente esa ida y vuelta entre Walter de Okupas y la churrería la que terminó formando la persona que soy hoy.
-Y la gente también, en cierto punto, debe haber sido bastante dura...
-Sí, pero no por maldad. Por inocencia. Me veían atendiendo la panadería o vendiendo churros a las cuatro de la mañana y me decían: '¿Qué hacés acá, loco? ¿Fracasaste?" Y yo les respondía: 'Sí, fracasé. Fracasé rotundamente. De momento, sí'.
-Qué garrón. Todos seguían viendo a Walter...
-Sí. '¿Una foto?'. Y yo todo roto, lleno de grasa... La foto igual. Walter vendiendo churros. Walter vendiendo tornillos. Hoy lo cuento con humor Y muchas veces realmente fue con humor. Pero muchas otras veces volvía llorando a mi casa diciendo: '¿Hasta cuándo esto? ¿Por qué?'.
-Antes nombraste a Bruno Stagnaro. ¿Sabías quién era? ¿Habías visto Pizza, birra, faso?
-Cuando hice el casting de Okupas no, no sabía ni quién carajo era, nada, nada. Es más, mi amigo, mi compañero de teatro me decía que la productora era Ideas del Sur.
-¿Qué es en tu vida? ¿Qué significa en tu vida?
-Y fue un tipo que me enseñó mucho del oficio. Me descubrió como actor, después me descubrí como guionista, y al lado de él aprendí un montón.
Una charla mucho más allá de fútbol
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