
Hay noticias que sacuden por el hecho en sí. Y hay otras que, además, dejan al descubierto una enorme contradicción social.
Jueves 06 de Agosto de 2026 - Actualizada a las: 08:03hs. del 06-08-2026
Una mujer de 25 años está acusada de matar de una puñalada a su novio de 29 en Chaco. La Justicia investiga un homicidio ocurrido tras una discusión y también analiza testimonios, chats y antecedentes de una relación que, según familiares y allegados, ya venía marcada por episodios de violencia.
Y acá aparece la pregunta incómoda.
¿Qué habría pasado si los roles hubieran estado invertidos?
Probablemente, ya estaríamos hablando de un femicidio. Habría marchas, cadenas nacionales de indignación, paneles de televisión durante días y una condena social inmediata. Y estaría bien que la hubiera.
Pero cuando la víctima es un hombre... pareciera que el volumen baja. Como si el dolor tuviera género. Como si un hombre no pudiera ser víctima de violencia en una relación. Como si denunciar golpes, amenazas o humillaciones fuera un signo de debilidad.
La violencia no distingue sexo. Distingue víctimas y agresores.
Y si realmente queremos una sociedad más justa, no podemos medir los hechos con una vara distinta según quién empuña el cuchillo y quién termina en la morgue.
No se trata de relativizar la violencia contra las mujeres, que existe y merece toda la atención del Estado y de la sociedad. Se trata de entender que la violencia de pareja tiene muchas caras y que todas deben ser condenadas con la misma firmeza.
Porque cuando el prejuicio decide qué víctimas merecen empatía... la Justicia llega tarde y la sociedad también.
En este caso será la Justicia la que determine responsabilidades, respetando la investigación y el debido proceso. Pero el debate ya está sobre la mesa: las víctimas no tienen género. Tienen familias que lloran, proyectos que se terminan y una silla vacía que nadie volverá a ocupar. Y eso debería dolernos exactamente igual.