
Antes, los chicos querían ser médicos, periodistas, músicos o deportistas. Hoy muchos quieren ser influencers. No porque tengan algo para decir, sino porque parece que ahí está el dinero fácil, la fama instantánea y la vida perfecta.
Viernes 07 de Agosto de 2026 - Actualizada a las: 18:37hs. del 07-08-2026
El problema no son las redes sociales. El problema es cuando algunos convierten el exceso en una marca registrada. Autos de lujo, fiestas eternas, billetes, viajes y una imagen de éxito que parece decir: "No importa cómo llegaste, importa que todos te miren".
Y ahí está el verdadero peligro. Porque un adolescente no siempre distingue entre la realidad y el espectáculo. Cree que esa vida existe las 24 horas. Cree que el esfuerzo es para los ingenuos y que los atajos son para los inteligentes.
Lo preocupante es cuando también se romantizan los excesos, las adicciones o las conductas autodestructivas, como si fueran parte del precio de la fama. El mensaje termina siendo perverso: para llegar arriba hay que vivir al límite.
No todos los influencers son iguales. Muchos generan contenido valioso y utilizan su alcance para educar, entretener o ayudar. Pero otros venden una fantasía que termina siendo una fábrica de frustraciones para miles de jóvenes que intentan copiar una vida que, muchas veces, ni siquiera existe fuera de una pantalla.
Tal vez sea momento de volver a poner de moda a quienes se levantan temprano para trabajar, a quienes estudian durante años para cumplir un sueño, a quienes construyen su futuro con esfuerzo y no con una puesta en escena.
Porque los seguidores pueden comprarse, los "me gusta" pueden desaparecer y la fama puede durar apenas unos minutos. Pero los valores, el trabajo y la dignidad siguen siendo el único camino que nunca pasa de moda.
Quizás el verdadero desafío no sea conseguir millones de seguidores. Quizás el verdadero éxito sea lograr que una generación vuelva a admirar a quienes inspiran con el ejemplo y no con la apariencia.