
Todos escuchamos la metáfora del tsunami cada vez que hablamos del advenimiento de la inteligencia artificial generativa (IAG). Su potencia se advierte al observar que estas tecnologías irrumpen, inundan y se vuelven incontrolables.
Todos escuchamos la metáfora del tsunami cada vez que hablamos del advenimiento de la inteligencia artificial generativa (IAG). Su potencia se advierte al observar que estas tecnologías irrumpen, inundan y se vuelven incontrolables.
Pero es una metáfora incompleta: un tsunami es un enorme movimiento de agua que entra en las costas, que tiene un gran poder de destrucción evidenciado luego de su retirada.
Entre el inventario de destrucción evidente contamos nuestra capacidad de concentración y de delegación cognitiva. Pero tomando procesos más largos sabemos que la pereza cognitiva se profundiza desde que estamos usando el buscador de Google, Waze, o incluso desde que apareció Internet de acceso público.
En la metáfora completa es bueno advertir qué es lo que se arrastra con el agua que se va. Mientras tanto, también pueden hacerse otras observaciones:
-Todas las empresas de IA están perdiendo muchísimo dinero. Por ahora nada indica que vayan a recuperarlo en el corto plazo. ¿Cuál es el límite del acceso masivo en esta situación?
- La mayoría de las empresas que han implementado IA desde sus departamentos de sistemas, no logran hacer más eficientes sus procesos. Esto depende de cada industria, pero en comparación con la promesa inicial, el ROI no se verifica. Se han automatizado muchos procesos tediosos, pero el resultado global es magro.
-Todavía hay muchos trabajos donde los humanos somos más baratos. En China los humanos que realizan tareas manuales son los entrenadores de las IA que los reemplazarán. Pero no está claro que la ropa de Shein o Zara fuera más barata producida por IA.
-Todavía no terminamos de ver el deterioro ambiental. Así como no hacemos foco en las cuestiones ambientales por la electrificación del transporte, tampoco lo hacemos con las IA. Por ahora, el hype es más grande que las consecuencias.
Otro concepto actual es el del aceleracionismo (¿o neo-aceleracionismo?). La idea de que la solución a nuestros problemas depende del desarrollo de más tecnologías mucho más complejas en manos de un “top 5” de personas bastante peligrosas, describiría el movimiento telúrico que generó el tsunami. ¿Quiénes generan estas olas? ¿es bueno que lo hagan de este modo? Parece que no, se trata de un movimiento que se confunde con conceptos de totalitarismo tecnológico como los que plantea Thiel.
Incorporamos el aceleracionismo como causa del tsunami, y vemos el paisaje devastado que deja. Pero es hora de ocuparnos de los criterios de reconstrucción. Para que sea “socialmente legítima” debe poder conciliar la racionalidad tecnológica marcada por la proyección hacia el futuro, y la racionalidad que aprende de nuestro pasado desde las humanidades.
Yo no utilizo la metáfora del tsunami; prefiero hablar de “tecnologías críticas” que son aquellas tecnologías que en algún momento se vuelven imprescindibles (por comodidad, por efectividad, por delegación cognitiva, por imposición, pero siempre entregando autonomía), incluso para nuestra supervivencia. Por ejemplo, los alimentos, la medicina, las vacunas, el agua potable y su distribución, o mismo Internet. Lo que delegamos es tan importante que en muchos casos moriríamos por no acceder a ellas. Se vuelven parte de las estructuras.
Entre las más críticas y las menos críticas hay grados. Si la IAG tiende a convertirse cada vez más en una de ellas, es necesario encontrar mecanismos de legitimación social sobre el horizonte de sentido que proyectan a futuro.
En los procesos largos de desarrollo tecnológico existen muchas circunstancias particulares. En este momento puede ser relevante la pereza cognitiva, el empleo y las habilidades que necesitaríamos para desarrollar un proyecto de vida futuro. Pero aquí hay una alerta sobre una acción precisa que se pregona permanentemente: adaptarse.
Nadie se adapta a un tsunami. Mitigar riesgos no es adaptarse. Es una circunstancia específica poco probable, y usualmente anticipable. La IAG se estaba anticipando al menos 4 años antes. Hay más tiempo de aviso en las tecnologías que en un tsunami real. Si el tsunami es devastador, ¿qué verbos, qué acciones son las adecuadas para estar a la altura de semejante fenómeno?
Si no es la adaptación, las acciones deben contradecir el discurso de “dejar de saber porque las tecnologías resuelven”. Por ejemplo, el nombre de un río o las condiciones históricas de una revolución. La redistribución cognitiva no implica que debamos vaciarnos. Al contrario: en un mundo cada vez más complejo, deberíamos conocer cada vez más. El pensamiento crítico no se desarrolla sin una base de conocimiento. De hecho, estudiamos nuestra situación relativa con respecto al clima, a la geografía, a los movimientos históricos, a las distintas facciones políticas, pero la tecnología no entra dentro de ese tipo de aproximación, como un objeto de estudio sobre el que podríamos preguntar de qué manera estamos involucrados.
La utilización efectiva de las tecnologías es importante pero fácilmente entrenable. Es mucho más difícil comprender la sintaxis de aquello que no vemos, de lo que está oculto dentro de las cajas negras tecnológicas que cambian nuestra forma de acceso al mundo, que son el terremoto del tsunami, y que modulan toda nuestra cultura. Abrir las cajas negras es una exigencia que ya tiene muchas décadas de vida, y que el propio León XIV actualiza para la IAG exhortando a “desarmar” la IA, que significa la posibilidad de abrirlas y juzgarlas.
Saber más entra en tensión directa con la especialización. Alejandro Piscitelli hizo un aporte que suscribo plenamente: debemos sembrar polímatas. Debemos desarrollar en las personas gran capacidad de agencia en distintos campos y que puedan trasladarse naturalmente entre ellos sin dificultad. Hacer que las epistemologías sean útiles en una especialización, pero lo suficientemente flexibles y poco estructurantes para la interpretación de la complejidad del mundo. Piscitelli también sugiere los perfiles antidisciplinares. Adaptarse, entonces, sería el peor mantra.
Viendo que los tsunamis se retiran mientras quedamos nosotros, no veo más opción que desarrollar capacidades de construcción y reconstrucción socialmente legitimadas. Las habilidades para lograrlo están en saber pensar más y saber hacer más. Para ello necesitamos ver el tsunami antes, sobrevivirlo para actuar, necesitamos habilidades de anticipación.
El mantra que permitirá una reconstrucción legitimada es, entonces, cultura tecnológica y anticipación.
Yo no me voy a adaptar a un tsunami, sabiendo que tampoco puedo evitarlo.
*Ingeniero electónico (ITBA) y Doctor en Estudios Sociales (Univ. deSalamanca). Académico en el campo Tecnología y Sociedad. Interés en la legitimación (ética y política) del desarrollo tecnológico, cultura tecnológica, filosofía de la tecnología y educación.