
Lionel Messi, el virtuoso fuera y dentro de la cancha, no surgió de la nada, del vacío, de la ficción, de un agujero negro, de un Big Bang. No es un sobreviviente de la Atlántida perdida, un personaje de cuento o bíblico, una ficción de Borges.
Lionel Messi, el virtuoso fuera y dentro de la cancha, no surgió de la nada, del vacío, de la ficción, de un agujero negro, de un Big Bang. No es un sobreviviente de la Atlántida perdida, un personaje de cuento o bíblico, una ficción de Borges. Más aún, de acuerdo a Charles Darwin no hubiese salido de su galápago rosarino. Nació como todos nosotros. Pero nació distinto. Todos somos iguales ante la ley, pero diferentes ante la vida; solo que algunos son distintos de raíz. Él, de unos, lo fue porque llegó al mundo con problemas de salud; de otros, porque algún hechicero supremo puso en sus pies toda la magia de todos los magos; y de la mayoría, porque los rescoldos de la ética y la bondad, el silencio saludable – ese que levantó sospechas de autismo, en buena hora, por otra parte –, la representación humana de la cordura, la moral más elevada, el temple a prueba de todo – y podría seguirse la lista de virtudes casi infinitamente – cayeron todos, como raros rayos, en un mismo lugar.
Sin embargo, hay algo más para alimentar esa tormenta de rayos coincidentes, algo tan importante como todo eso o más que todo eso: Messi nació en un hogar fantástico. Dentro de una familia que no podía ser mejor. Tuvo padres ejemplares. Pasaron casi dos décadas sacrificándose por el niño que los clubes descartaban. Y después pasaron otras dos décadas en el altar mayor del mundo material y también (in)sensible. Pero pasaron brillantemente inadvertidos. Siguieron siendo padres de puertas adentro. Padres de un hijo al que educaron con lo mejor que se le puede dar a un hijo: amor. Y también unión y generosidad. La de la simpleza primero y la de la riqueza después.
Messi, en su casa, aprendió materias que no están en el programa de ninguna escuela o universidad. Aprendió probidad, rectitud, pureza, integridad. No le enseñaron la malicia del revanchismo ni la ególatra superioridad del mejor. Sus progenitores fueron cien veces más trascendentes que Guardiola en su formación, aunque Pep haya tenido la mitad de las líneas dedicadas a él, suscriptas a Messi. Pero nosotros, los periodistas, prácticamente nunca nos ocupamos de doña Celia María y don Jorge Horacio. No necesariamente por hacer mal nuestro trabajo – que un poco de eso hay, porque nos cuesta hablar de lo bueno –, sino principalmente porque ellos prefirieron la noticia de no ser noticia.
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Estos padres lo educaron con predicados intachables y con el ejemplo de lo correcto. Fueron su paradigma. Por eso el crack no fue amigo de los farristas, no entendió la noche como el summum de la diversión ni hizo del dinero una forma de vida dispendiosa; no se casó con una escandalosa estrella de Hollywood, no se perdió en las calles de la ostentación. Nunca hizo nada errado. Parece imposible, pero asegurémoslo: si hubiese hecho media cosita errada, habría salido en todos los tabloides hace veinte años y estaría escrachada en todas las redes durante estos segundos veinte años de su vida. Fueron su guía y sus referentes.
Messi es lo que es gracias a su mamá y a su papá. Todo lo demás llegó como un bonus existencial, un extra de fin de año extendido interminablemente. Lo central está en las palabras de esa madre y las actitudes de ese padre que parecen ignorados por la prensa y los chimentos. Pero no. No son ignorados: son, inconscientemente, reverenciados con el respeto de dejarlos ser quienes son; con la discreción que merecen; con el cuidado de no inventarles nada, de no espiarlos, de no buscar donde no hay.
Si los Messi no fuesen como son, no fuesen el modelo que protagonizan, conociendo a los medios como uno los conoce desde su intimidad competitiva y salvaje, sus estancias en Rosario no serían vacaciones: serían una antesala del infierno. Ellos consiguieron eso. Y Messi, en ellos se inspiró. Mamó ese script cotidiano. Y también supo reproducirlo.
Ayer falleció Jorge Horacio Messi. Que Dios lo tenga en la gloria y los humanos le dediquemos un minuto de silencio. Ese hombre fue ejemplar. Démonos cuenta del papel que le tocó y de cómo lo interpretó. Fue impecable. Se fue muy joven, otra injusticia de la vida, que no para de ofrecerlas. Pero dejó un legado tan inmaculado como el del propio Leo. El legado de la señoridad. Incólume ante la fama, imperturbable ante el dinero. Nada mudó su buen carácter.
Gracias, señor Jorge Horacio Messi. Gracias por haber sido el espejo que supo ser.