
Ante Tigre, River no pateó al arco y profundizó una estadística que preocupa.
Ante Tigre, River no pateó al arco y profundizó una estadística que preocupa.
Foto: Fernando de la Orden
Cero. Ni un solo tiro al arco. La estadística que mejor grafica la derrota 0-1 ante Tigre en Victoria también funciona como una radiografía de un problema que River arrastra desde el comienzo del Clausura y que, partido a partido, empieza a adquirir una dimensión preocupante: el déficit de gol.
En la derrota ante Tigre, el equipo de Eduardo Coudet tuvo la pelota durante el 68% del encuentro, completó 651 pases y sacó cuatro córners, pero apenas remató nueve veces y ninguno de esos disparos encontró los tres palos. Tigre, con solamente el 32% de la posesión, pateó cinco veces y sí consiguió acertar una vez al arco: fue el gol de Ignacio Russo.
El dato no es una anécdota estadística. Profundiza una tendencia que ya se venía observando en este inicio de campeonato: River tiene cada vez más la pelota, pero no logra transformar ese dominio en situaciones de gol. Y allí aparece el principal déficit de un equipo que en el Apertura había conseguido convivir con rendimientos que tampoco eran brillantes, pero al menos encontraba el camino hacia el arco rival y, con él, los resultados.
Comparación Apertura vs. Clausura
Los números comparativos entre ambos torneos son contundentes. En los primeros cuatro partidos del Clausura, River elevó su posesión promedio del 64,8% al 73,3%, un salto considerable que confirma su tendencia a monopolizar el juego. Sin embargo, esa mayor tenencia no produjo una mayor cantidad de remates: se mantuvo congelada en 16,4 tiros por partido. Es decir, River tiene más la pelota, pero no remata más.
Y tampoco remata mejor. En el Apertura acertaba el 33,4% de sus disparos al arco; ahora esa cifra cayó al 26,9%. El promedio de tiros a puerta también se redujo de 5,6 a 4,5 por encuentro, casi un 20% menos. Si esa tendencia se prolongara durante las 20 fechas del Clausura, River terminaría el torneo con apenas 90 remates al arco, 22 menos que en el campeonato anterior.
El contraste resulta todavía más significativo cuando se observa cómo juega el equipo. Los 555 pases y los 7,5 córners de promedio reflejan a un River que pasa buena parte de los partidos instalado en campo contrario y lejos de su propio arco. Pero esa territorialidad no se traduce en peligro. Hay circulación, hay posesión, hay presencia, pero falta profundidad. El equipo se vuelve más previsible y, por momentos, inofensivo.
Ante Tigre, esa dificultad quedó expuesta de manera extrema. River tuvo el 68% de la pelota, pero solamente logró generar una ocasión clara, seis toques dentro del área y cuatro disparos desde dentro del área penal. Tigre, con menos posesión, consiguió la situación que definió el partido. El 0-1, entonces, no fue solamente una derrota: fue otra muestra de la dificultad que tiene River para convertir su dominio en ocasiones concretas.
La preocupación se amplifica porque es el único equipo de la Liga Profesional que todavía no convirtió en el campeonato. Sí marcó en Copa Argentina, aunque terminó eliminado ante Aldosivi, pero en el Clausura sigue seco. Y esa falta de gol empieza a repercutir directamente en los resultados y, por consecuencia, en la carrera por los objetivos de máxima y mínima que River se trazó para 2026.
El contraste con el Apertura es inevitable. River terminó aquel torneo como subcampeón y fue, con Independiente Rivadavia, uno de los equipos más goleadores del campeonato: acabó como el segundo que más convirtió. No era un equipo perfecto ni mucho menos, pero encontraba respuestas ofensivas suficientes para sostenerse arriba incluso cuando el funcionamiento colectivo no alcanzaba su mejor versión. Ahora todo parece costarle más.
Por eso River reestructuró su ataque durante este mercado. La llegada de jugadores con características diferentes busca justamente atacar esa carencia. Thiago Almada, si finalmente se concreta su incorporación, puede aportar desequilibrio en el uno contra uno y capacidad de remate. Ángel Correa, formado inicialmente como enganche, viene de demostrar una faceta mucho más cercana a la de un terminador: convirtió 15 goles en 27 partidos en Tigres y además aportó cuatro asistencias en su último antecedente en México. Andrada, por su parte, ofrece vértigo, llegada y juventud: marcó tres goles y dio una asistencia en 36 partidos con Vélez.
Y a ellos se suman dos nombres que River recuperó para su estructura ofensiva: Rafael Borré y Lucas Beltrán, delanteros que tienen como característica distintiva la voracidad para atacar el área.
El problema es que semejante desembarco ofensivo difícilmente pueda funcionar de manera coordinada desde el primer día. Son piezas nuevas, con movimientos y características diferentes, que necesitan tiempo para encontrar automatismos. Pero River tampoco parece tener demasiado margen para esperar. Porque mientras reconstruye su ataque, los goles siguen sin aparecer.
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