
El dinero recaudado a través de impuestos vinculados a los combustibles, que tienen entre sus destinos el mantenimiento de las rutas, quedó en el centro de la discusión por su utilización financiera. Una mirada crítica, con humor e ironía, sobre el destino de los fondos y el estado de los caminos nacionales.
Miércoles 12 de Agosto de 2026 - Actualizada a las: 16:54hs. del 12-08-2026
Hay algo maravilloso en la Argentina: uno paga impuestos para que le arreglen las rutas… y el Gobierno descubre que también sirven para arreglar las cuentas.
El combustible tiene impuesto. Ese impuesto tiene destino vial. Y el destino vial, aparentemente, ahora tiene destino financiero. Porque la plata que debería terminar en rutas puede terminar en una cuenta, en un bono o haciendo equilibrio fiscal.
Es como pagar la entrada al cine y que, cuando llega la película, te digan: “La plata la usamos para pintar el baño”.
Y ojo: no estamos hablando de monedas perdidas en el bolsillo de un funcionario. Estamos hablando de más de un billón de pesos que, según la investigación periodística, permaneció inmovilizado o invertido, mientras las rutas siguen esperando.
La explicación oficial tiene esa elegancia burocrática que tanto tranquiliza: “Hay que ordenar las cuentas”. Perfecto. Pero una pregunta de ciudadano medio, de esos que además de pagar impuestos usan las rutas: ¿y quién ordena las rutas?
Porque si el Estado cobra un impuesto con un destino específico, después no puede aparecer con cara de “yo con esa plata hago lo que quiero”.
Es el nuevo concepto de obra pública: la ruta financiera. No lleva asfalto. Lleva bonos. No tiene banquina. Tiene plazo fijo. No tiene baches. Tiene intereses.
Y mientras tanto, el automovilista sigue haciendo rally gratis por las rutas nacionales. Lo más curioso es que cuando el ciudadano no paga un impuesto, el Estado tiene memoria de elefante. Pero cuando el Estado cobra un impuesto destinado a algo y decide usarlo para otra cosa, aparece una especie de amnesia administrativa.
Entonces quizá haya que sincerar el asunto. Si la plata de los combustibles ya no está destinada prioritariamente a las rutas, cambien el nombre del impuesto. Que se llame “Impuesto Nacional para que el Tesoro Llegue a Fin de Mes”. Así por lo menos nadie se confunde.
Porque cobrar para arreglar caminos y terminar haciendo equilibrio fiscal no es administrar una ruta. Es tomar un desvío. Y bastante caro.