
Los métodos de Martin Langagergaard fueron fundamentales para que los dirigidos por Ståle Solbakken aplastaran a sus rivales durante las Eliminatorias y ahora eliminaran a Brasil del Mundial. Algunos años atrás, él mismo había formado parte de la reestructuración de las fuerzas de seguridad tras el mayor atentado de la historia del país.
Los métodos de Martin Langagergaard fueron fundamentales para que los dirigidos por Ståle Solbakken aplastaran a sus rivales durante las Eliminatorias y ahora eliminaran a Brasil del Mundial. Algunos años atrás, él mismo había formado parte de la reestructuración de las fuerzas de seguridad tras el mayor atentado de la historia del país.
“Hay un hombre vestido de policía disparando contra todos. Necesitamos ayuda”. Esas once palabras provenientes de una voz joven y agitada, escondida en algún rincón de la isla de Utøya, alertaron a las autoridades noruegas del peor atentado de la historia del país y provocaron una posterior retrospección por parte de las fuerzas de seguridad, cuestionadas severamente por su accionar. Uno de los encargados de aquella reflexión y reestructuración fue Martin Langagergaard, un consultor de psicología que hoy forma parte del cuerpo técnico de Ståle Solbakken en la selección y tuvo un rol clave en la histórica clasificación al Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, que se profundizó al eliminar a Brasil en los octavos de final.
Sí. Entiendo que fue difícil seguir el hilo. Se preguntarán por qué un breve primer párrafo empezó con una llamada tétrica y terminó con una selección obteniendo el boleto hacia su cuarta Copa del Mundo, pasando por nombres complicados, un consultor de psicología y, quizás lo más insólito, un gobierno haciendo autocrítica sobre su accionar.
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Remontemonos al 22 de julio del 2011. Una bomba estalla en la puerta del Ministerio de Justicia en Oslo, destruye buena parte del recinto y mata, en el acto, a ocho personas. La mayor parte del cuerpo policial se aboca a este atentado: acude al lugar de los hechos, constata que no haya peligro de derrumbe, rescata a los heridos, realiza un recuento de las víctimas fatales. Alrededor, caos: sirenas, corridas, descontrol. Llanto.
Mientras tanto, Anders Behring Breivik, que minutos antes había estacionado la camioneta que contenía una tonelada de explosivos, conduce un vehículo particular rumbo a Utøya vestido de policía con identificaciones falsas. Llega al muelle, le miente al conductor del transbordador y, segundos después de desembarcar, asesina a Monica Bøsey. Continúa con Trond Brentsen y, tras poco más de una hora deambulando por la pequeña isla de apenas 0.14 kilómetros cuadrados, el recuento de víctimas fatales ascendía a 69. Con voz serena se comunica con la policía y, luego de asegurar que “había completado su operación”, se entrega.
El macabro plan de Breivik era claro: desorientar a las fuerzas de seguridad con la explosión en la capital para luego, a 40 kilómetros, llevar a cabo el grueso del atentado. Y la elección del lugar no fue aleatoria: en Utøya, como todos los veranos, se estaba realizando un campamento organizado por el Partido Laborista que contaba con más de 560 participantes, la inmensa mayoría jóvenes de entre 14 y 25 años. El terrorista, cristiano, nacionalista y obsesionado con la pureza europea, definía a aquellos jóvenes como “futuros líderes de la izquierda noruega” y “matarlos era atacar la raíz del problema”.
La policía, ocupada en caos de Oslo, desestimó las llamadas provenientes de la isla hasta que estas se volvieron constantes. El operativo, torpe, tardío, no logró evitar la masacre. Luego del shock que supuso para la prensa y buena parte de la sociedad civil enterarse que el terrorista era uno de ellos, un europeo ario, de esos que en una clase de Biología del colegio o en un almuerzo laboral hubiese pasado desapercibido, que no era un musulmán con turbante, barba tupida y un AK-47; luego de ese shock, como decía, comenzaron las críticas hacia el accionar de las fuerzas de seguridad. El gobierno, con el Primer Ministro Jens Stoltenberg a la cabeza, tomó cartas en el asunto y realizó una importante restructuración de la Unidad Noruega de Lucha contra el Terrorismo (CTU).
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En ese momento sonó el teléfono de Martin Langagergaard. “Nos conoces, pero no eres parte de nosotros y tenemos que hablar sobre cómo seguir adelante”, cuenta que le dijeron en una entrevista con John Nassoori en The Mind Room. El danés, que en ese entonces era asesor psicológico del Aalborg de su país, había trabajado con algunos miembros de la CTU y terminó siendo clave para ayudar a reinventar a una organización que aún se tambaleaba. Durante los siguientes cuatro años desarrolló lo que se conoce como el “Modelo Langa”, que consta de cuatro fases y lo describe como un "lenguaje común para que el personal -en este caso de la CTU- discuta su estado de mente”.
La primera fase, “preparación”, como su nombre indica, abarca todo el proceso previo a llevar a cabo la acción; la segunda, “ejecución”, es la realización del plan; la tercera, “evaluación”, tiene que ver con un análisis inmediato sobre lo ocurrido; mientras que la cuarta, “transferencia”, implica una reflexión más lejana en el tiempo, teniendo en cuenta otro tipo de factores. Su objetivo es que los distintos equipos de trabajo analicen su rendimiento a través de una lente psicológica. Casualidad o no, desde su intervención no hubo otro atentado terrorista en Noruega -salvo un ataque con arcos y flechas en la ciudad de Kongsberg que dejó un saldo de cinco muertos y fue clasificado como tal- y las fuerzas de seguridad no volvieron a estar en el ojo de la tormenta.
La carrera de Langagergaard como asesor de equipos deportivos continuó y en 2018 se topó con Ståle Solbakken, actual entrenador de la Selección de Noruega que en ese momento cumplía sus funciones en el Copenhague de Dinamarca. En 2022, cuando el combinado nórdico comenzaba el cuatrienio con la ilusión de clasificarse a la Eurocopa 2024 y al Mundial que iniciará dentro de poco más de una semana, el DT decidió sumar a Langa a su cuerpo técnico.
El primer objetivo no se cumplió. Los escandinavos no obtuvieron su boleto para el torneo continental celebrado en Alemania y Solbakken casi dimite a mediados del 2023. Las crónicas de la época cuentan que reunió a sus asistentes en el hotel y estuvo a punto de comunicarles la decisión hasta que se arrepintió. Vio un halo de esperanza, un hilo del que tirar y se aferró a él. Desde entonces, Martin Langagergaard tomó un rol mucho más preponderante y el clima cambió.
Lo primero que hizo el asesor psicológico fue quitarle responsabilidades a Martin Ødegaard, capitán de la selección, del Arsenal y la gran figura junto a Erling Haaland. Él entendía que dentro del plantel había más jugadores que tenían al liderazgo como virtud y creó una nueva estructura de capitanes. Más allá de que el mediocampista del último campeón de la Premier League iba a seguir portando la cinta, compartiría su rol con otros siete jugadores experimentados: el propio Haaland, Sander Berge -volante con varias temporadas en la primera división inglesa-, Kristoffer Ajer -voz de mando en la defensa del Brentford-, Alexander Sørloth -centrodelantero del Atlético de Madrid- , Ørjan Nyland -arquero del Sevilla- , Patrick Berg -líder del sorpresivo Bodø/Glimt que alcanzó los cuartos de final de la Champions League- y Leo Østigård -campeón de la Serie A con el Napoli en 2025-.
“Les planteé un reto al principio porque necesitábamos ver algo de ese comportamiento de liderazgo que muestran en sus clubes. ¿Por qué se apagaba cuando estaban con la selección nacional?”, se preguntaba Langagergaard. Y añadía: “Muchos de los jugadores, al principio, comentaron que quizá a veces eran demasiado amables entre ellos, que no se comunicaban con suficiente firmeza, que no eran lo suficientemente exigentes”. Es aquí cuando decidió extrapolar aquel modelo que diseñó para combatir el terrorismo a la selección.
Es indudable que este cambio en la estructura del plantel trajo consecuencias positivas dentro de la cancha. Basta ver los resultados para comprobarlo: con 24 puntos sobre 24 posibles, 37 goles a favor y apenas cinco en contra, Noruega fue el mejor equipo de todas las Eliminatorias de la UEFA. No sólo relegó a Italia, su mayor rival en el grupo, al repechaje -instancia en la que posteriormente cayó ante Bosnia y Herzegovina- sino que la goleó 3-0 en Oslo y 1-4 en Milán. Haaland, por su parte, tuvo una de esas performances que nos hacen dudar si es humano: 16 goles en ocho encuentros.
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Esos números se replicaronen la Copa del Mundo porque avanzó segundo en el Grupo I, detrás de Francia, y dejó en el camino a Costa de Marfil, primero, y a Brasil después. Su goleador también hizo historia en este certamen: con 7 goles ya es el máximo artillero, junto a Lionel Messi y Kylian Mbappé, quienes tienen un encuentro menos.
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La mejor generación de la historia de Noruega cargaba con el peso de estar a la altura en un Mundial, competición a la que accedieron 28 años después de aquella última clasificación en 1998 y en la que compartirán el grupo I con Francia, Senegal e Irak. La mayor aglomeración de personas desde la visita de Winston Churchill a Oslo en 1947 denota la importancia que tuvo la gesta conseguida por su selección. Llegar a octavos de final era su mejor performance en la competición, y fue lo que ahora volvió a conseguir una generación liderada por Haaland, Ødegaard y compañía. “¿Cómo creamos espacios para que los jugadores se relajen? ¿Cómo hacemos un seguimiento individual? ¿Cómo cuidamos de los miembros de nuestro cuerpo técnico?”, son algunas de las preguntas que se hace Langagergaard en la antesala de un torneo que llevará su modelo mental, diseñado para combatir el terrorismo tras la peor tragedia de la historia del país y aplicado con éxito en el fútbol, al límite de sus capacidades.
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