
Ahí tenés las consecuencias. La resaca que nadie te cuenta. El lado B de un oficio al que la democracia debe mucho pero paga mal. Así quedás al final del día. Tenso, aturdido, alterado por los ladridos de los perros.
Ahí tenés las consecuencias. La resaca que nadie te cuenta. El lado B de un oficio al que la democracia debe mucho pero paga mal. Así quedás al final del día. Tenso, aturdido, alterado por los ladridos de los perros. Ni hablar si pensás en la gente que no sabe, o no recuerda, quienes son, qué hicieron, hacen, quién les paga, a qué poder sirven los transas del periodismo. Conductores, panelistas, streamers, analistas, opinantes. Declaraciones nauseabundas, mentiras evidentes, comentarios sesgados, entrevistas cotizadas. El reflujo ácido, viral, feroz en las redes, provoca arcadas. Te acuestan. Andá a dormir. Felices sueños.
El Mundial fue un alivio. Fútbol veinticuatro por siete durante casi dos meses. Estrés laboral del bueno. Llegás a los penales nocturnos esperando atajar alguna noticia más. Por la ranura de los párpados hinchados, en modo Homero cuando sale del bar de Moe, alcanzás a ver la cama. Volcás, te tumbás, te arrojás al deseado vacío. ¿Quién se anima a remontar con reclamos una conciencia que baja la persiana sin ruido. Lenta, serena, plácida, se arroja al cálido abismo? ¿Quién, a esta hora, podría venir a joder?
La fucking responsabilidad. El tono finito de la duda clava su voz ahí donde sabe que estremece. Como último recurso, antes del definitivo olvido, pega, pregunta: ¿Estás seguro de que escribiste bien el nombre de Taremi, el nueve de Irán? Nada abriga el escalofrío. Mirá que lleva una hache en el medio, se llama Mehdi. Así cada noche. Duermevela, consulta, revisar, ver, confirmar, apagar. La secuencia suma pases de fatiga mental. Tantos que una noche soñé con Gustavo Alfaro, el técnico de Paraguay.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Exaltado, pasional, hablaba en tono arenga frente al espejo de un baño donde se reflejaba vestido de jugador. La camiseta le quedaba muy ajustada. Las franjas verticales, rojas, blancas, se le estiraban en la panza. No había nadie más. Mientras me lavaba las manos le pregunte quien iba a reemplazar a Alderete en el partido contra Alemania. Se calló. Giró la cabeza. Su voz sonó como la de una aplicación. “La esperanza es el sueño del hombre despierto”, dijo. Hasta ahí. Fue breve, por suerte.
A la mañana siguiente busqué la cita. Tal vez era una clave para saber cómo formaría el equipo. La dijo Aristóteles. No me quedó claro el sentido. Al menos, despierto, tenía la esperanza de no volver a cruzarme ni en sueños con Alfaro. Escucharlo tirar frases de Einstein, “es mucho más fácil desactivar un átomo que un preconcepto”, de Borges, “triunfamos y fracasamos menos de lo que creemos” para explicar un tiro libre, porque ganaron, o perdieron, hubiera sido una pesadilla.
El deseo se impuso. Hizo cambios. Dos noches más tarde, entró Bielsa al baño. Inmóvil frente al espejo, miraba el piso. A los diez minutos de oírlo hablar sin pausas, me sobresalté. Sentado en la cama, de cara a las sombras, pensé: ¿por qué a mi? No tenía pretensiones, Guardiola, Menotti, el Maestro Tabárez, me conformaba con Sampaoli, hasta un Bilardo pedí. Era tan grande la necesidad de encontrar un conocedor sencillo, modesto, sensato, que al final la memoria hizo efecto. Apareció Scaloni.
Es difícil precisar exactamente cuándo, cómo, dónde. En los sueños el tiempo, el espacio, se expanden en otro universo. Las personas queridas están ahí, entran acá, se van, vuelven, siguen su vida con nosotros. A quién no le pasó qué, de pronto, de la nada, soñando que están en una playa, aparece una abuela, un padre, un hermano entrañable que se sienta al lado sin decir palabra, acompaña a mirar el mar. Ahí estaba entonces Scaloni. Primero hizo puchero él. Después lloré yo. Nos dimos un abrazo conmovedor. Quedamos en vernos. Eso fue todo. Para qué más.
En el limbo de los días siguientes, con cierta tristeza por el desgarro de un final sin drama, al regreso del largo viaje, una vez disuelta la bruma, el polvo alborotado durante el camino, la realidad despejó la incógnita. El silencio del paréntesis detonó en puteadas. Habrá que ver ahora que será de los sueños en el baño electoral.