
Hay una costumbre muy argentina: creer que los problemas económicos se resuelven anunciándolos. Como si una conferencia de prensa pudiera generar dólares, bajar el riesgo país o convencer a los inversores de que esta vez todo será distinto.
Hay una costumbre muy argentina: creer que los problemas económicos se resuelven anunciándolos. Como si una conferencia de prensa pudiera generar dólares, bajar el riesgo país o convencer a los inversores de que esta vez todo será distinto.
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Hoy el Gobierno presenta su programa financiero hasta 2027. En otras palabras, sale a explicar cómo piensa afrontar una montaña de vencimientos en dólares hasta el final del mandato. No es un detalle técnico. Es la prueba de fuego de cualquier administración que aspire a dejar atrás la historia de crisis, defaults y promesas incumplidas.
La noticia es que el riesgo país cayó a 415 puntos, el nivel más bajo en años. Buena señal. Pero tampoco conviene confundir alivio con solución. Es como un paciente que salió de terapia intensiva: es una mejora, sí. Nadie en su sano juicio diría que ya recibió el alta.
Porque la confianza no aparece por decreto. Se construye todos los días. Con equilibrio fiscal, con reglas claras y, sobre todo, cumpliendo lo que se promete. En economía, la memoria existe. Los mercados recuerdan cada incumplimiento mucho más que cada discurso. El Gobierno apuesta a convencer de que esta vez será diferente. Y eso está bien. Lo que no alcanza es con decirlo. Argentina ya fue demasiadas veces el país del "ahora sí". El desafío es dejar de vender expectativas y empezar a entregar resultados.
Al final, la deuda no escucha discursos. Escucha pagos. Y mientras la política mide el éxito por los aplausos de una conferencia, los mercados lo miden de una forma mucho más simple: preguntando si el país cumple... o vuelve a prometer.