
A 176 años de su muerte, la figura de José de San Martín sigue presente en calles, escuelas y monumentos, pero su historia también deja una pregunta incómoda: ¿por qué Argentina tardó tanto en reconocer al hombre que eligió alejarse del poder?
Hay una costumbre argentina que no falla: primero ignoramos al tipo, después lo dejamos solo y, cuando se muere, le hacemos un monumento.
Con José de San Martín nos salió bastante bien.
El hombre cruzó los Andes, liberó Chile, fue decisivo en la independencia del Perú y terminó haciendo algo que, visto desde la política argentina actual, parece directamente ciencia ficción: no se quedó con el poder.
No quiso ser rey, no armó un partido, no pidió una embajada vitalicia, no se inventó un cargo para seguir cobrando del Estado.
Y se fue porque había algo que le molestaba bastante: ver a los argentinos matándose entre ellos.
En 1829 regresó al Río de la Plata, pero al enterarse del enfrentamiento entre unitarios y federales decidió no desembarcar. Había peleado contra españoles durante años y aparentemente no tenía ninguna intención de empezar otra guerra, esta vez contra argentinos.
Boulogne-sur-Mer fue su último destino. Francia. Lejos de Buenos Aires. Lejos de los homenajes. Lejos de las ceremonias.
El Libertador terminó sus días enfermo y casi ciego, acompañado por su familia.
Y acá viene la parte que debería incomodarnos un poquito.
San Martín murió el 17 de agosto de 1850.
¿Y qué pasó en Argentina?
Su muerte pasó casi inadvertida. El primer homenaje oficial importante llegó recién al año siguiente, impulsado por Justo José de Urquiza.
Hoy resulta difícil imaginarlo.
Tenemos escuelas San Martín, calles San Martín, plazas San Martín, monumentos San Martín, hospitales San Martín, clubes San Martín y hasta ciudades que llevan su nombre.
Tenemos un San Martín para cada ocasión.
Pero cuando el hombre estaba vivo y podía hablar, parece que no había tanta demanda.
Porque muerto es mucho más cómodo un prócer.
No te pregunta qué hiciste con el país que ayudó a liberar.
El bronce es maravilloso: jamás reclama.
Y quizás por eso construimos tantos próceres de bronce.
Porque son mucho más fáciles de administrar que los hombres de carne y hueso.
San Martín no necesitó quedarse con la Argentina.
La Argentina, en cambio, necesitó más de un siglo para entender lo que había perdido cuando lo dejó marcharse.
Sus restos regresaron al país recién en 1880.
Treinta años después de su muerte.
A veces parece que nuestra especialidad histórica no es reconocer a los grandes hombres.
Es reconocerlos cuando ya no pueden pedirnos nada.
Por eso, este 17 de agosto, quizás habría que dejar un rato la solemnidad, apagar los discursos de ocasión y hacerse una pregunta bastante menos cómoda:
¿San Martín fue un prócer olvidado en Boulogne-sur-Mer?
Pero hay algo todavía peor.
Quizás simplemente lo recordamos demasiado tarde.