
Juntan polvo en la mesita de luz tomos sobre IA, ambientalismo, dependencia digital, aceleracionismo, liminalidad y otras palabras con el prefijo “tecno”, mientras releo Lectoras del Siglo XIX.
Juntan polvo en la mesita de luz tomos sobre IA, ambientalismo, dependencia digital, aceleracionismo, liminalidad y otras palabras con el prefijo “tecno”, mientras releo Lectoras del Siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina, de Graciela Batticuore, editado en 2017 por Ampersand, cuyo prólogo habla “volver al siglo XIX para entender un poco más el XXI”. Algunos intereses de aquellas mujeres siguen vigentes. En 1816, la carta de una lectora de El Observador habla del techo de cristal antes que se llamara así: “Nosotras no podemos aspirar a los empleos y acomodos que se apropiaron exclusivamente los hombres por la ley del más fuerte”. En 1860, Eduarda Mansilla vaticina el mansplaning con un padre y sus hijas en El médico de San Luis: “… por aquí no nos llegan fácilmente las novedades literarias, ventaja inaudita, pues de ese modo leen y releen sus mismos libros, que buen cuidado he tenido de encargar yo mismo a Mendoza y a Chile”.
Otros textos exponen mayores diferencias respecto de las producciones masivas del presente, tanto en contenido como en intención y forma. La voz de la Mujer, periódico anarquista dirigido por Virginia Bolten, que hace 130 años se presentaba con consignas tipo “Nuestra lucha es a muerte y sin cuartel” tenía un proyecto político, un tono y una pedagogía que no se ven todos los días, “¡Educad bien a vuestros hijos! (…). La trabajadora puede estar satisfecha porque, después de muchos trabajos y privaciones para criar a su hijo, éste será un defensor de la Patria”.
Para no sentir culpa por releer en vez de ponerme a tiro con lo nuevo, pretendo sacar partido de constatar que no todo ha cambiado, pero lo que cambió es definitivo. Qué obviedad. Quizás el mejor saldo de procastinar la lectura de los libros que esperan en la mesa de luz sea filtrarlos. Sus páginas asumen el riesgo de volatilizarse como el polvo que los recubre, su ambición no es la posteridad, sino complacer la lógica temporal de las redes sociales. A diferencia de lo escrito en el Siglo XIX por Eduarda Mansilla y por lectoras las anónimas de El Observador, a meses de haber salido, algunos parecen viejos.
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