
En los años ochenta del siglo pasado se habló del Fin de la historia. Al principio suscitó pánico, como si fuera un anuncio apocalíptico, luego polémica y ahora no sabemos muy bien qué significa.
En los años ochenta del siglo pasado se habló del Fin de la historia. Al principio suscitó pánico, como si fuera un anuncio apocalíptico, luego polémica y ahora no sabemos muy bien qué significa. La frase fue acuñada por Francis Fukuyama, en su ensayo “¿El fin de la historia?”, publicado en 1989. Su argumento ya no tiene demasiada validez, considerando que las guerras y revoluciones sangrientas se perpetúan, como si fueran intrínsecas a la humanidad. Aún no podemos discernir si vivimos en el “Mejor de los mundos posibles”, como pregonaba Leibniz en el siglo XVIII o en el “Peor de los mundos posibles”, según lo decretó Schopenhauer a mediados del XIX. Algunos mandatarios pueden precipitarnos hacia el segundo.
Quizá estemos llegando al Fin de la Memoria. Antes uno retenía teléfonos, direcciones, nombres de calles o aniversarios. Estaban los muy memoriosos, a lo Funes, capaces de llenar conjuntos con sus elementos correspondientes, recitar poemas, memorizar números, y los distraídos que por lo menos se podían jactar de sus olvidos o disculparse si tuvieran alguna intención de repararlos.
Hoy no es tan fácil quedar mal, ni tampoco ufanarse del archivo mental.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Para eso está el disco duro (que almacena) o la memoria RAM (que guarda y borra aleatoriamente). La reciente posibilidad de exteriorizar los datos, ¿atrofia o reconfigura nuestra memoria? Mr. Google nos recuerda cumpleaños, permite orientarnos en todas las ciudades del mundo acompañándonos en las tonalidades de voces y lenguas que le asignemos. Pero tiene un precio… Aunque la nube, por ahora, es pública, el cielo no es gratis para todos. Hay nubes privadas e híbridas que brindan mayor control y seguridad de datos.
Me pregunto si esta memoria incide en la capacidad de recordar. No tanto listas o información, más que nada, situaciones, experiencias de vida. ¿No se modifica el ejercicio evocativo al delegar parte de la historia personal?
Se supone que la etimología del verbo recordar conlleva el afecto de volver hacia atrás. El prefijo “re” que significa “de nuevo” y cor o cordis, “corazón”. Algo así como: “volver a pasar por el corazón”. Si bien hay nubes en el cielo con forma de corazón, las de la web no garantizan sentimientos. ¡Lo intentan! Todos los días recibimos algún recordatorio, “hace dos años”, “hace once años”, ¡viéndonos retratados en situaciones que el sistema nos propone recordar! Y hasta reposteamos la foto emocionados por su aparición.
Hay un libro que siempre me gustó (incluso me tocó traducirlo) de J.B. Pontalis, “El que duerme despierto”, donde el autor se pregunta: “¿qué conserva la memoria en su bolsa? ¿Qué la determina a relevar en el inmenso territorio de nuestro pasado aquellas imágenes, aquellas escenas donde persistimos en los recuerdos? Los mantenemos, los conservamos, nos hacen compañía y no queremos que nos dejen.” Y concluye: “preferimos que surjan de improviso, prueba al menos de que ellos no nos olvidan.”
Lo aleatorio puede tener su gracia, otro tipo de improviso.
Pero lo que surge de nosotros gana por insondable y propio.