
Hace treinta años, escribí un libro que se llamó No hay más localidades. Digo “escribí” con cierta cautela, porque escritor no soy. En realidad, lo hice porque quería aprender a usar la computadora y no era precisamente hábil con el teclado.
Hace treinta años, escribí un libro que se llamó No hay más localidades. Digo “escribí” con cierta cautela, porque escritor no soy. En realidad, lo hice porque quería aprender a usar la computadora y no era precisamente hábil con el teclado. Entonces, pensé que la mejor manera de aprender era usándola. Así, me puse a escribir cómo llegué a esta profesión, paso previo a convertirse en biografía, sin imaginar todavía que aquello podía transformarse en un libro que, gracias a la atención de Daniel Divinsky, terminó en su Ediciones de la Flor.
Algunos de quienes lo leían me decían: “Lo leí y era como escucharte hablar”. Claro, porque lo escribí exactamente así como hablo, sin disfrazarme de escritor.
Sin embargo, ahora tengo una ventaja enorme respecto de aquel momento. Hoy puedo grabarme, pasar el audio a texto, ordenar ideas. Hace treinta años era sentarme frente a la pantalla y pelear con el cursor.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Cuando cumplí cuarenta años de profesión, hace algo más de diez, apareció otra propuesta: un nuevo libro. Esta vez de la mano de los autores y periodistas Carlos Ulanovsky y Hugo Paredero. De aquel trabajo surgió Vivir entre butacas, de la editorial Paidós.
Ver mi nombre escrito por otros en la tapa de un libro me produjo una gran satisfacción.
Paredero y Ulanovsky me trajeron un ejemplar dedicado por ellos, y en pocas horas lo leí completo. Me resultaba increíble verme reflejado en sus páginas, incluyendo opiniones de distintas personas del medio que habían entrevistado.
Al tiempo me pidieron una devolución. Fue, por un lado, de agradecimiento, y por otro, de cierta crítica. En todas esas páginas habían escrito demasiado bien de mí. Yo había sido más crítico conmigo mismo en No hay más localidades, donde alguna anécdota tal vez merecía quedar escondida bajo la alfombra.
Ahora, al cumplir cincuenta años de profesión, estaba convencido de que, en aquellos dos libros, lo mío ya estaba todo contado; que imaginar uno nuevo carecía de sentido. La mayoría de las personas no tiene un libro que las refleje. Yo ya tenía dos.
Fue el periodista Alejandro Cruz quien, al término de una entrevista, me instó a que fuera por un ejemplar actualizado. Al tiempo me lo recordó. Su insistencia quedó resonando dentro mío.
Incluso, me hizo recordar que en No hay más localidades había escrito: “Si pude tener un hijo y logro terminar este libro, solo me faltará plantar un árbol. Cosa que seguro no haré para no tener la incomodidad de agacharme”. Ahora tengo tres hijos, tres libros y sigo sin agacharme para plantar el árbol.
¿Para qué, entonces, este nuevo libro? Para dejar algunas vivencias sobre mi quehacer, pero ahora actualizadas y todas juntas. Muchas de ellas ya las repetí en entrevistas, en charlas o en reuniones. Me gusta la idea de que queden compiladas y ordenadas, para que dentro de algunos años alguien las lea y sepa cómo pensaba este oficio de tanta visibilidad, sabiendo que se trata de opiniones personales, subjetivas todas.
Si este libro fuese una obra teatral, tendría claramente dos actos: el primero, lo conté cientos de veces.
Es mi versión oficial, la que no puede modificarse. Es la historia de cómo llegué al teatro o, dicho más simple: cómo convertí una vocación temprana en una profesión. Ese primer acto debo escribirlo una vez más, desde la mirada de hoy, ya sea para darlo como introducción al segundo, o por si algún lector o lectora lo desconoce o quiere repasarlo. Como siempre dijo Mirtha Legrand: “El público se renueva”.
Luego, vendría el segundo acto, ya en el terreno profesional que comenzó a mis diecisiete años, recién salido de la escuela secundaria, y casi sin darme cuenta, ya convertido en empresario del espectáculo, siendo menor emancipado. Y digo “casi sin darme cuenta” porque, en verdad, yo no pensaba en teatro. Lo que seguía obsesivamente, tanto en la escuela primaria como en la secundaria, era el movimiento del cine.
Estaba convencido —con esa seguridad que solo se tiene a los quince o dieciséis años— de que era el dueño de los cuarenta y dos cines del centro de Buenos Aires.
Menos mal que apareció el doctor Juan Enrique Kusnir quien, con su experiencia de psiquiatra, explicó a mis padres la diferencia entre vocación y locura.
Alejandro Romay, el Zar de la televisión argentina, me invitó a cenar junto a su mujer, Lita, al restaurante El Cid, que quedaba en Rivadavia cruzando Lima.
Por ese entonces, Romay tenía cuarenta y ocho años, y yo dieciocho. Me había dicho que le interesaba charlar sobre el movimiento de boleterías. No lo podía creer: quería hablar conmigo, que recién había terminado la escuela secundaria.
Fue una comida de tres inolvidable para mí: ¡cenaba nada menos que con Romay! Pero fue inolvidable no por lo dialogado, sino porque luego de haber comido, Lita, muy amorosa, me preguntó: “¿Querés comer algo más, Carlitos?”, y yo le respondí: “No, gracias, estoy lleno”.
Todavía recuerdo la cara de Alejandro que, con gesto adusto y enérgicamente, retrucó: “No se dice estoy lleno, se dice estoy satisfecho”.
Me asustó. Esto ocurrió hace más de cincuenta años. Eso sí, nunca más me salió decir “estoy lleno”.
Hay señales que uno no interpreta en el momento. Las entiende mucho después.
No provengo de una familia del espectáculo en el sentido empresarial, pero sin dudas mis padres siempre quisieron vincular a sus hijos con la cultura como esparcimiento. Tenían más inquietudes artísticas que dinero para consumirlas.
Vivíamos en un departamento alquilado en Lomas del Mirador, después de haber nacido en Mataderos, donde volvimos tres años más tarde. Tenía cuatro años cuando el micro escolar que me llevaba al jardín de infantes paraba sobre la Av. Provincias Unidas.
Sin embargo, hay una imagen que me quedó grabada: en diagonal, sobre la vereda de enfrente, había un cine. Y mi mirada, automáticamente, se iba para allá. No sabía por qué. No sabía qué significaba. Pero miraba el cine.
Recuerdo ir acompañando a mi mamá a comprar leche —cuando había que llevar los envases de vidrio vacíos—, y, al pasar por enfrente, mirar otra vez el cine. En mi imaginación era algo similar a un palacio. Volví hace un par de años a buscarlo: me enteré de que se había llamado Avenida, y pude encontrarlo como un mediano local, ahora convertido en un supermercadito.
A mis ocho años éramos una familia tipo junto a mis padres y mi hermana Rosita. Recién en 1969 nació Daniela, y pasamos a ser tres hermanos.
En 1965 mi mamá nos propone a Rosita y a mí ir hasta el centro a ver La novicia rebelde, película que recién se estrenaba. Llegar al centro desde Mataderos era una travesía, en dos colectivos, de hora y media de viaje. Y encima mamá dijo: “La película dura tres horas”. Listo. Imposible.
Mi mamá, muy práctica, suspiró: “Qué lástima... porque si fuésemos al cine, a la salida podríamos ir a comer pizza”. ¡Salimos para el cine!
Hoy parece ciencia ficción: en Lavalle 777, en el Ambassador, un viernes a la tarde solo quedaban entradas en pullman. Desde ahí vimos la película que definiría mi historia: desde la primera escena, cuando Julie Andrews empieza a cantar en la pradera de Salzburgo, yo me largo a llorar en Buenos Aires. No era tristeza. Era algo que no sabía cómo explicar. Una emoción que me atravesó.
El lloriqueo me duró toda la función, incluso sobre la muzzarella de la pizzería Roma. Seguía conmocionado. Fue muy, muy potente. Pasaron más de seis décadas de aquella proyección, y la tengo presente aún hoy.
En un momento, señalando la pantalla, le dije a mi mamá: “Yo quiero ser eso”. Ahí empezó todo.
Esa noche, cuando volvimos, escuché cuando mi mamá le contaba a mi papá en su habitación, contigua a la que compartía con mi hermana: “Cuando empezó la película, Carlitos se largó a llorar y dijo: ‘Yo quiero ser eso’, señalando la pantalla”. Mi papá, muy práctico, le respondió con una pregunta: “¿Pero qué quiere decir que quiere ser eso? ¿Quiere ser director de cine? ¿Quiere ser cantante? ¿Quiere ser novicia?”
Para hacerla corta: el sábado, mi papá nos llevó otra vez a ver la película ante mi insistencia. El domingo fue el turno de ir con la abuela. Y así, en un mes, la vi catorce veces. ¡Catorce!
La número catorce la vi otra vez con mi abuela cuando, volviendo en el colectivo 104 desde una clase de inglés en Flores, la vi anunciada en las puertas del cine Fénix. La “bube”, ante mi pedido, aceptó bajarnos del colectivo imprevistamente.
Estoy convencido de que mi vocación fue inspirada por esa película. Desde los ocho años, desde ese día, yo digo que nunca tuve que gastar energía en preguntarme qué quería ser cuando fuera grande; quería ser exhibidor de cine.
La palabra “exhibidor” la aprendimos mucho después. En casa se tardó años en entender qué significaba eso. Mi papá, incluso cuando yo ya era adolescente, seguía preguntando: “¿Pero qué es un exhibidor? ¿Qué quiere decir ser exhibidor?”
Y yo lo decía más fácil: “Quiero pasar cine”. Nada que ver con el teatro.
En realidad, lo que quería -aunque todavía no lo sabía- era convocar al público, llamarlo a ver algo; me interesaba investigar el gusto de la audiencia. Ahí se encendió algo que nunca más se apagó en mí y me acompaña luego de más de cinco décadas de tarea profesional.
Siempre sostuve que estudié lo justo para pasar de grado en la primaria y de año en la secundaria. El interés por mi real escuela me lo armaba solo.
Durante la secundaria tuve mi primera empresita del espectáculo: pasaba películas infantiles en cumpleaños de chicos, cuyos padres me contrataban. Repartía tarjetitas ofreciendo el servicio, al cual iba con un proyector de 16 mm, formato intermedio entre el 8 mm casero y el 35 mm de los cines.
Ese proyector, que aprendí a usar, fue el regalo que le pedí a mis padres por mi cumpleaños, a sugerencia del benemérito doctor Kusnir, a quien seguía visitando en consultas profesionales.
Mis viejos estaban mejor económicamente como para poder regalármelo, ya viviendo en el barrio de Caballito.
Me recuerdo inundando de tarjetitas el Comercial Vieytes de Av. Gaona y Cucha Cucha, donde transité mi escuela secundaria, ofreciendo mi servicio. En esa época tuve mi primera noviecita, quien me acompañaba a los cumpleaños, pretexto para vernos los fines de semana. La presentaba como “asistente pedagógica”, cosa de poder cobrar un extra por las funciones. Teníamos quince años, pero al menos acomodaba las filas de los chicos en el piso y pedía silencio. A eso se limitaba su conocimiento pedagógico.
Alquilaba las películas en rollos, formato de entonces, e iba a buscarlas a la zona de la calle Lavalle entre Riobamba y Junín, donde estaban todas las distribuidoras en la ciudad de Buenos Aires. Eso me obligaba a ir, a que me vieran, a que de a poco me conocieran.
Faltó muy poco tiempo para ofrecer mis servicios nocturnos, en este caso sin fines de lucro. Fue en la institución Jaime Zhitlovsky, en Camarones 2551, donde sábado por medio organicé un ciclo de cineclub.
La institución frecuentemente necesitaba reunir fondos y trataba de organizar eventos culturales. Alguna vez proyectaron cine, y siempre recuerdo un anuncio de El acorazado Potemkin, que, como buena institución judeo progresista, programaba ¡en blanco y negro y en ruso! No iban los adolescentes, los chicos se encontraban para tomar el subte, reuniéndose en Canning y Corrientes para ir a los cines de la calle Lavalle. Me acerqué a la institución y le propuse a su Comisión Directiva hacer un ciclo de cineclub, que llevaría adelante con mi proyector, para lo cual expuse algunas necesidades: la elección de los títulos sería mía; tener el salón de actos a disposición sábado por medio, siempre a la misma hora; disponer de espacios para publicitar las proyecciones con afiches; colocar las sillas ordenadas en filas, imitando a una verdadera sala de cine y que se cobrara entrada a toda persona que ingresara, permitiendo que acompañantes no socios de la institución accedieran al mismo precio.
Aseguraba una programación coherente con el pensar institucional, iniciándola con Cabaret, que todavía se exhibía en algunas salas de cine. Quería pasar del blanco y negro al color, del ruso al inglés, y de estar vacío el salón a estar lleno.
La Comisión aceptó y yo empapelé ese y otros establecimientos del ICUF -al cual pertenecía la institución- con afiches. Mientras los colocaba con chinches, les decía por lo bajo a los chicos que iban a poder verla, aunque no tuvieran dieciocho años. Fue mi primera trampita para poder convocarlos. Cabaret fue un éxito, y me llevó a seguir programando películas, buenas películas, como Butch Cassidy, Confesiones de un policía a un juez de instrucción, Metello, Espantapájaros, todas del circuito comercial: las cuarenta y dos salas del centro. O sea, de los tres circuitos. Hoy lo recuerdo y me sonrío con ternura.
Por orden alfabético, desde el Alfa, en Lavalle 842, hasta el Trocadero, en Lavalle 820, los sentía míos. Y como eran míos, tenía que programarlos bien.
Arranqué fuerte a los trece años, cuando me dejaron tomar solo el subte A en la estación Acoyte. Bajaba en Congreso y hacía un recorrido a las siete de la tarde de los miércoles, horario en que repartían los programas nuevos con los estrenos del jueves. Si un cine no cambiaba la película, no entraba. Ya tenía su programa, siempre a cambio de algunas monedas que llevaba para los acomodadores.
Al bajar del subte, la primera sala era el Callao, en Callao 27. Caminaba hasta Corrientes, doblaba a la izquierda donde estaba el cine Cosmos 70, ex Cataluña, retomando para el bajo, arrancando por la cuadra del 1700, en el cine Los Ángeles.
Sala por sala hasta Maipú, donde doblaba a la derecha, porque allí estaba el Cinerama Casino. Antes me detenía en Suipacha por el Ideal, el Suipacha, el Princesa y el Biarritz.
Lavalle la hacía desde el 600 por el Luxor hasta el Iguazú al 900. Cruzaba la 9 de Julio, paraba en el Metro, seguía por Cerrito hasta llegar a Rivadavia, giraba a la derecha en busca del Gaumont, para otra vez estar en la estación Congreso del subte A y volver a casa.
Con el botín en mano, los miércoles a las once de la noche, cuando “mis” cines comenzaban la última función, sobre la pared de corcho que tenía al costado.
Seguía buscando cómo integrarme a ese ambiente al que quería pertenecer. Recuerdo que todas las semanas aparecía una revista dirigida al gremio del cine que se llamaba Heraldo del cine. La había creado el periodista Chas de Cruz, y un quiosco en particular, el de Corrientes y Uruguay, la vendía. Ahí iba a buscarla porque, además de las calificaciones a las películas, también hablaba de las posibilidades comerciales de cada una. Obviamente, los exhibidores miraban sobre todo lo segundo. También traía una tabla semanal con la asistencia real cine por cine, día por día. Justo lo que yo necesitaba conocer. Me comía la revista cada vez que llegaba.
Ahí publiqué dos avisos. Uno decía: “Joven con inquietudes desea relacionarse con el ambiente de la exhibición cinematográfica”. Respuestas: cero. Dos semanas después, subí la apuesta publicando: “Joven con capital propio desea alquilar sala cinematográfica”. Nada.
Clemente Lococo era un gran sinónimo de la exhibición cinematográfica. Entre otros, había construido el Ópera en el año 1936. También le dirigí una carta contándole sobre mi inquietud y consultando si podría tener un puesto de cadete en su empresa. Tuve la misma suerte que con los avisos en el Heraldo.
Mientras tanto, seguía con mis funciones de cineclub en el Zhitlovsky, como también animando los cumpleaños infantiles cinematográficos con mi asistente pedagógica al lado.
Un compañero del colegio, Pablo Bronstein, me presentó al empresario del cine Majestic, en Av. Pueyrredón 230, en Once. Era conocido del padre de Pablo y aceptó recibirme. Para mí, eso fue como entrar a la universidad del cine.
Me ponía saco y corbata para ir a verlo. No era un detalle menor: era mi manera de estar a la altura. Iba a ver a Juan Pelisch, un señor mayor, inquilino de la sala, que había hecho de la exhibición cinematográfica su vida. La pequeña oficina estaba detrás de la boletería, como en las películas. El clásico cine de barrio, doble programa, público de cercanía, gente que bajaba del tren y entraba casi por costumbre.
Durante casi dos años me dio algo más que consejos: me dio formación. Lo mejor eran las tardes de los lunes, cuando me permitía acompañarlo a las distribuidoras para elegir los títulos del jueves siguiente. Ahí veía cómo se armaba la semana. No se trataba de gustos personales; se trataba de olfato, de números, de competencia, de entender qué podía funcionar en esa sala y qué no. Yo absorbía todo.
A los dieciséis años cometí una picardía adolescente en la cual aún hoy no me reconozco. Ese verano, fuimos en familia a Villa Gesell. A mí no me interesaba la playa: me llevaba películas infantiles para pasar en las tardes lluviosas en el cine Quick, una sala muy elemental dentro de una galería de la avenida 3, entre 8 y 9. Los rollos los guardaba bajo la cama del departamento que mis padres alquilaron.
El dueño del cine, a quien conocí en mis recorridas acompañando a Pelisch por la zona de las distribuidoras, me permitiría programar una película de noche. Alquilé una copia de Buenas noches, Alejandro, con Philippe Noiret. Me había gustado mucho y la creía ideal para el público de Gesell. Algo así como una versión francesa de La fiaca, de Ricardo Talesnik.
El empresario me dio una fecha y colocamos los afiches. La película se anunciaba a las 19, 21, 23 y trasnoche.
Estaba feliz: cuatro funciones. Esperé toda la semana con gran expectativa.
Esa mañana llovió infernalmente. Pensé que, lejos de perjudicar, sería un gran día de cine. Llegando esa tarde a la esquina del cine, mientras fantaseaba con los cuatro llenos, ocurrió lo imprevisto: corte de luz en toda la zona, producto de la tormenta.
A las 19 había más de doscientas personas esperando. Propuse aguardar y pudimos empezar con más de media hora de atraso, cuando volvió la luz.
En medio de esa primera función, el empresario me advirtió que, como las siguientes funciones se atrasarían, deberíamos suspender la trasnoche: por convenio, el operador no podía trabajar más allá de las 2:45 de la madrugada.
Le pedí permiso para subir a la cabina. En esa sala las máquinas trabajaban a carbón, no con lámpara, y tenían una palanquita que permitía ir bajando una chapita, que tapaba la salida del haz de luz hasta fundir la imagen, sin detener la proyección. Conocía muy bien la película y llevaba tiempo pasando cine, o sea que sabía qué hacer.
La trama de la película era la historia de un hombre que decide vivir sin levantarse de la cama, sirviéndose de un sistema de poleas para resolver lo necesario. Su esposa había muerto en un accidente.
Ello lo había mantenido siempre alerta con un chasquido de dedos.
Un día aparece otra mujer, nace un romance y él vuelve al mundo. Fijan fecha de casamiento.
Llega una larga escena final: la iglesia, los invitados, la música, todo listo para la boda. Cuando el cura le pregunta si acepta a la nueva esposa, él duda, se distrae. La novia le hace un chasquido de dedos en su cara y ese sonido le recuerda a su primera esposa. Entonces huye despavorido, y la película termina con la novia, el cura y los invitados persiguiéndolo por la campiña francesa. Ese era el verdadero final.
Le indiqué al operador que, cuando los novios entraran a la iglesia, comenzara a bajar lentamente la palanquita. La imagen se fue diluyendo con la música de fondo... y la película terminó con final feliz: Noiret casándose. El público, encantado. Y yo, ganando más de diez minutos por función.
Con esa media hora recuperada en las tres primeras vueltas, pudimos hacer la trasnoche en horario. Se dieron las cuatro funciones y terminamos a las 2:45 de la madrugada. Cuando al día siguiente lo conté, mis viejos me quisieron matar. Se enojaron mucho, mucho.
Quienes vieron Buenas noches, Alejandro ese día en Gesell lo vieron casarse a Philippe Noiret en las funciones de las 19, 21 y 23 hs, y escaparse del matrimonio en la trasnoche.
Mi mamá ese día no quiso bajar a la playa, avergonzada. Temía el encuentro con personas que hubiesen visto dos películas distintas. Ahora, a sus ochenta y ocho años, me asegura, al leerle el borrador de este libro, que ya me perdonó.
De regreso a Buenos Aires, un sábado a la tarde, mientras organizaba la función de la noche del cineclub en el Zhitlovsky, me avisan desde la secretaría que llamaba mi abuela por teléfono. La “bube” me decía que Juan Pelisch había llamado y que tenía una noticia muy importante para darme. Me comuniqué de inmediato a su casa.
Me habló de un hombre que se dedicaba a la compra, venta y alquiler de cines. Se llamaba Enrique Ucha y ofrecía alquilar una sala teatral cerrada desde hacía unos años, pero que contaba con lo importante: estaba habilitada como cine. Su propietario era el doctor José Iriarte, abogado que no se dedicaba al rubro. También agregó un dato que para mí sonó a señal: el último inquilino había sido nada menos que Alejandro Romay. Se llamaba Ateneo y quedaba en la calle Paraguay casi Suipacha.
Ahí sentí que algo empezaba a moverse de verdad. Podría estar llegando el momento de dejar de mirar planillas ajenas y publicar avisos que nadie contestaba. Era una posibilidad concreta. La primera rendija real para entrar profesionalmente a ese ambiente al que estaba ávido por pertenecer desde antes de haber terminado la escuela secundaria.
Muy pronto, y a través de Enrique Ucha, mi papá me acompañó a una reunión con el inquilino que dejaba la sala: el mismísimo Alejandro Romay.
☛ Autor: Carlos Rottermberg
Carlos Rottemberg, nacido en Buenos Aires el 11 de abril de 1957.
Es el empresario y productor teatral más influyente de Argentina. Con más de 50 años de trayectoria iniciados en 1975, dirige junto a su hijo Tomás la mayor red de salas del país, que incluye complejos emblemáticos como el Multiteatro y el Multitabarís.
A los largo de los años, produjo y programó más de mil títulos y trabajó con todas la figuras centrales de la escena nacional.
Es hoy el mayor referente del llamado “teatro industrial”.