
Hay libros cuya lectura se resiste a toda tentativa de comentario; su naturaleza esquiva, de a ratos, solo admite el ejercicio de un subrayado resignado a perseguir la posibilidad de una cita epigramática.
Hay libros cuya lectura se resiste a toda tentativa de comentario; su naturaleza esquiva, de a ratos, solo admite el ejercicio de un subrayado resignado a perseguir la posibilidad de una cita epigramática. Aun así, algunos apuntes pueden arriesgarse: Misterio y maneras apenas esconde entre sus páginas cierta intencionalidad pedagógica, en cuanto buena parte de los artículos y ensayos que componen el libro, editado por Sally y Robert Fitzgerald, trabajan sobre el misterio y los secretos de la escritura de ficción y fueron pensados para conferencias en universidades y eventualmente para su publicación, aunque los manuscritos casi nunca indicaban en qué lugar y cuando se habían dictado. De ahí que el resultado pueda ser leído como un manual alternativo en el que anida latente el poder enigmático de un campo minado alrededor de formas y políticas institucionalizadas, a la vez que representa la síntesis de una poética y de una manera de entender el relato de ficción, haciendo hincapié en el cuento, género que Flannery O’Connor practicó con singularidad y maestría y al que aquí se le dedica el ensayo “El arte del cuento”.
Claro está, el libro también arroja alguna luz sobre una obra que hizo de la extrañeza, la perturbación y el misticismo religioso su núcleo central. Ahí están, como en sus grandes relatos, sus falsos profetas, sus criminales, sus personajes marginales y sus niños perversos: figuras cuyas sombras alcanzan las orillas de otros universos enrarecidos, entre ellos, los de Truman Capote y Silvina Ocampo.
Otro factor que no escapa al ojo de Flannery O’Connor es su pertenencia a la literatura sureña y a sus marcas de estilo, en ese punto tres nombres son mencionados, los de William Faulkner, Katherine Ann Porter y Eudora Welty. Sin embargo, y a pesar de dedicar un ensayo al escritor regional, de reconocerse como una escritora católica del sur y de trabajar con la poderosa estructura dialectal de su lenguaje (escollo que Inés Garland, en un acto de honestidad profesional, admite no haber podido franquear en su traducción) O’Connor establecía una relación de mayor libertad ante los limites parcelarios que le imponían ser incluida en un determinado territorio: “Como escritora de ficción sureña uso el habla y las maneras de la región que conozco, pero no considero que escriba sobre el sur (…) una bomba en Hiroshima afecta a mi juicio sobre la vida rural en Georgia, y esto no es el resultado de una visión relativa (…) sino de tener una visión de la totalidad (…) porque una visión a la luz de la totalidad va a incluir mucha más que una que sea fruto de un sondeo casa por casa”.
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En el prólogo a sus Cuentos completos (DeBolsillo, 2000), Gustavo Martín Garzo, cita al académico Harold Bloom cuando este afirmaba que no contamos con un lenguaje apropiado para enfrentarnos con lo divino. Toda la obra de Flannery O’Connor representa, en todo caso, no solo un intento por mitigar esa incapacidad, sino la puesta en abismo de una forma de resignación vuelta maldad y sí, redención.
Autora: Flannery O’Connor
Otra obra de la autora: El negro artificial; Sangre sabia; Un hombre bueno es difícil de encontrar; Un encuentro tardío con el enemigo; La buena gente del campo; Editorial: La Parte Maldita, $ 34.500