
Otro golpe emocional sobre los últimos minutos, esta vez para voltear a una Suiza a la que no podíamos entrarle ni 11 contra 10. Ya fue. Y ahora, cueste lo que cueste...
Argentina siempre tiene a mano un golpe. Sus nocauts, en este Mundial, no son futbolísticos. Son emocionales. Parece muerta y resucita, parece dormida y despierta. Esta vez fue la aparición estelar de Julián Álvarez para meterle el trompazo final a una Suiza que aguantaba dignísima, de pie, esquivando una y otra vez y apostando a los penales decididamente desde que se quedó con diez.
Fue la locura, contenida aun, hasta que Lautaro metió el tercero y ahí sí se desataron todos los nudos de todas las gargantas y bajó cualquier cosa que tuviéramos por ahí, ahogándonos, asfixiándonos. A partir de ese momento, en cada uno de los pueblos del país, en todas las plateas del estadio, en cada lugar donde hubiera un argentino se empezó a entonar ese canto desafiante que nace de lo profundo de la historia: "El que no salta es un inglés". Todos lo habíamos pensado, lo habíamos soñado antes del partido, desde que Inglaterra dejó en el camino a Noruega. No se cantó durante el partido anulando mufa. Y sí fue el hitazo del día después porque si hay un rival al que se lo mira distinto, pero distinto en serio, ese es Inglaterra. "El que no salta es un inglés". Y todos gritan y todos saltan.
Los puntajes de la Selección Argentina vs. Suiza
Costó muchísimo, más de lo imaginado. No hay partido que nos venga bien. Si arrancamos perdiendo, se sufre porque hay que levantarlo. Si arrancamos ganando, se sufre dentro de un aguante que a veces parece no tener razón de ser. Suiza, por más física que sea, no merece la postura que adoptamos, esa de acurrucarnos cerca del área de Dibu porque puede pasar lo que pasó: que nos empaten. Y hay que salir de nuevo cuando las energías empiezan a escasear.
Otra vez se resolvió con un milagro, el de Julián, que venía torcidísimo para el arco hasta que clavó ese derechazo hermoso al ángulo. No podía resolver su sequía con un rebote, con un gol de 9, ni siquiera con un prolijo y ortodoxo pase a la red. Tenía que ser como fue, con un golazo sacado de otro Mundial. Estamos abusando un poquito demasiado de la manito que nos da el de arriba. El otro día para reescribir el destino de eliminación que tenía el 2-0 de Egipto, y esta vez para cambiarle el final a este cuentito que terminaba en los penales. Porque ni 11 contra 11, ni 11 contra 10, Argentina pudo desbordar a Suiza. Y esta vez tampoco teníamos ese plus llamado Messi, que más allá de la asistencia a Mac Allister en el 1-0 tuvo un partido flojito.
Se resolvió, entonces, como se viene resolviendo, con golpes de efecto, destreza individual más que laburo de equipo. Y no hay problema si tenemos que quemar todos los libros y los libretos. Del no jugar con doble 9 a jugar ¡con tres! Y lo mejor es que todos terminaron participando: el Flaco López en la previa del gol de Julián, Lautaro con el alivio final luego de que Almada no pudiera. Dibu; Montiel, Otamendi, Licha, Nico González; Alexis; Messi, Lautaro, Julián, Flaco López, Almada. 4-1-5. ¿Qué tal?
Las declaraciones de Leandro Paredes
Es demasiado pronto para ponerse a hilar fino y pensar en las semifinales del miércoles. O para hacerse preguntas cuyas respuestas no están claras. ¿Por qué siempre los mismos cambios? ¿Por qué el plantel de 26 queda reducido a 16? ¿El resto no tiene nada que aportar? ¿Vale la pena insistir con los que no funcionan?
Lo único seguro, hoy, es que Argentina jugará ocho partidos, se queda hasta el último fin de semana del Mundial. Va a ser difícil a esta altura que aparezca el equipo. En todo caso siempre estaremos más cerca de aquella frase con la que Scaloni definió al borde del llanto la proeza de haber levantado aquel partido con Egipto: "¡Qué grupo de jugadores, hermano!".
Hoy, la Selección funciona mejor como grupo que como equipo. La mejor noticia es haber recuperado a Julián. Y a Dibu, que tuvo las manos sanísimas. Son dos soldados más, dos de la vieja guardia. Contra los ingleses vamos a necesitar de todos. Hasta de Diego, que seguro nos está ayudando desde allá arriba pidiéndole al Barba una más. Y otra. Y otra más. Vamos, carajo. Dientes apretados y a dejar el alma.
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