
El recitador oriundo del Iberá fue distinguido como Ciudadano Destacado de la Cultura durante los festejos por el aniversario de Concepción del Yaguareté Corá.
El recitador oriundo del Iberá fue distinguido como Ciudadano Destacado de la Cultura durante los festejos por el aniversario de Concepción del Yaguareté Corá. Discípulo y memorioso de Osvaldo Sosa Cordero, repasa sus inicios, su triunfo en Santo Tomé, los 45 años de silencio y su misión como custodio de la metáfora correntina.
En épocas donde los compromisos suelen volverse volátiles y la palabra empeñada pierde densidad ante el vértigo de la inmediatez, existen voces que sostienen con firmeza una tradición ancestral: la de honrar el verso hablado como si se tratara de un documento firmado sobre el honor. Joaquín «Lali» Romero es uno de esos custodios de la memoria viva.
En medio de los festejos por el 230° aniversario de la refundación de Concepción del Yaguareté Corá, el municipio —a través del intendente y del secretario de Cultura Manuel Duarte— rindió homenaje a Romero al otorgarle la distinción “Manuel Ramírez – Ciudadano Destacado de la Cultura”. El galardón, una obra de orfebrería realizada por Ricardo González Santo Pipo, no fue un mero acto protocolar, sino el reconocimiento a una trayectoria dedicada al rescate de la identidad profunda del Iberá y de la provincia entera.
La memoria viva de Sosa Cordero. Para comprender el valor de esta distinción es necesario recurrir al propio relato de “Lali” Romero, quien reconstruye con absoluta autenticidad su vínculo con el mayor exponente cultural del pueblo y de la provincia, Don Osvaldo Sosa Cordero: «Me fui a Concepción, chamigo, a recibir una distinción y me invitaron para ir a dar una charla sobre la parte humana y cultural de Don Osvaldo Sosa Cordero, porque la biografía la saben todos. Pero en Concepción ya no queda nadie que haya tratado a Sosa Cordero, y menos culturalmente como poeta o como músico. Creo que la única persona que podía dar algún testimonio sobre él era yo».
El origen de esa relación se remonta a fines de la década de 1960, cuando Sosa Cordero concurría cada año a Concepción para el inicio de la novena de la Inmaculada Concepción (los 28 o 29 de noviembre), haciendo base en la casa de su hermana, la «tía Estela», casada con el español Don Darío Rodríguez (propietario de la estancia Paso Pucú). Desde allí se desplazaba al Festival de Mburucuyá y luego a Santo Tomé, donde era jurado permanente de la subsede de Cosquín.
“Lali” Romero recuerda con detalle aquellos encuentros en la heladería del pueblo, un local con mesas de billar y espacio para la timba ubicado frente a la plaza: «En la primera noche se sentó solo a fumar. A la segunda noche se levanta, trae lo que estaba tomando y le dice: ‘¿Puedo sentarme con ustedes, muchachos?’ Nos abrió charla y de repente pregunta: ¿Alguno de ustedes es artista, sabe cantar, tocar la guitarra o recitar?’. Hubo un silencio y me paré: ‘Yo hago, Don Osvaldo, pero hago más poesía sureña que referente a Corrientes o al chamamé, porque no tengo bibliografía acá y cuando voy a Corrientes me olvido de comprar libros’. Me pidió que le recite algo y le dije ‘Copla de un payador perseguido’ de Atahualpa Yupanqui, una de tango como ‘La Cumparsita’ de Celedonio Flores y otra que me enseñó mi papá del año del ñaupa. Me escuchó y me dijo: ‘Tenés buena voz, buena dicción y buena pronunciación de las palabras’.»
Fue en ese contexto donde Sosa Cordero le dejó una sugerencia que cambiaría su vida: “Quisiera que la próxima vez que vengas a Concepción aprendas alguna poesía mía”.
La metáfora pura y el cruce por Santo Tomé Lejos de inclinarse por las poesías más populares, Lali Romero eligió adentrarse en la obra menos transitada del maestro, caracterizada por la densidad de sus metáforas: «Sosa Cordero fue quizá el último de los grandes poetas correntinos que usaba la metáfora en toda su poesía.
En ‘Pacto’, retrata el acuerdo entre el Pombero y el mariscador: ‘La noche desmesurada vierte su tinta y su frío en las manos y la angustia del mariscador cobrizo; la espera es larga y le pesa con agobio de castigo, más la buena mariscada bien vale el sacrificio’.
En ‘Mapa’, compara la geografía de Corrientes con un cuero de novillo mestizo estaqueado bajo un sol de furores incisivos, que huele a tibio vegetal y a limón recién partido. Y en ‘Troperos’, compara al sol con un albino que remueve sus ecuadores mientras se agitan olas de enero y de norte.»
Impulsado por Don Osvaldo, Romero decidió probar suerte en el Festival del Folclore Correntino en Santo Tomé. Viajó en colectivo haciendo el trayecto largo por Posadas (dado que aún no existía la diagonal a Virasoro) y al llegar se amedrentó ante la multitud: «Cuando llegué me asusté, la verdad que no iba a subir al escenario. Los que se fueron conmigo, que eran de Corrientes y medio semiprofesionales, me dijeron: ‘¡Subí, no le mires a la cara a la gente, vos tenés que mirar adelante!’ Subí y gané una Mención Especial. En esa época el chamamé estaba medio radiado; había más figuras del folclore norteño como Los Cantores del Alba o Los Cantores del Quilla Huasi. De Corrientes estaban Verón-Palacios, Ramón Méndez, Raulito Barbosa, Coco Marola, Montiel y María Helena, que cantaba como los dioses y se mató en el accidente a la salida de Santo Tomé ese mismo año».
A pesar del reconocimiento, el regreso fue accidentado. Sin pasaje de vuelta, debió viajar parado en un colectivo de la delegación hasta que un músico le prestó el estuche de madera de su acordeón para sentarse. Tras esa experiencia, un repliegue interior lo alejó de los escenarios públicos durante 45 años, tiempo en el que continuó alimentando su cultura lectora con los clásicos españoles del siglo XX (Lorca, Machado), Neruda, Walt Whitman, Almafuerte, el Martín Fierro y Claudio de Alas. El «recitador de rescate» y el valor del legado.
En 2006, motivado por amigos y compañeros de ruta como Tony Rojas, volvió a decir versos en público. Años más tarde se presentó en la Pre-Fiesta Nacional del Chamamé, superando las instancias local, provincial y nacional compitiendo contra recitadores de todo el país. Su consagración lo llevó a actuar en cinco ediciones consecutivas de la Fiesta Nacional del Chamamé y en las peñas más emblemáticas de la región (El Quincho, Cantalicio, El Molino, Puente Pesoa).
En ese trayecto grabó su material discográfico con la participación de destacados maestros de la música correntina: Bruno Mendoza en bandoneón, Matías Galarza y Pedro Villalba en guitarras, Javier Vergara en bajo, Luisito Vargas en acordeón, Osvaldito Torres, Matías González, Kiko Vallejos y Miguel Zaracho.
Su ética artística se sintetiza en una definición contundente: «Yo soy un recitador de rescate, hago poesía que ya no hace casi nadie. No hago nunca poesías de poetas vivos, porque el que está vivo puede defender su obra; en cambio, el que está muerto se va olvidando y ya no la defiende. Por eso recito a Sosa Cordero, a Castellán, a Franklin Rúveda, a Ariel Alfonzo, a Juan Carlos Jensen o las poesías profundas en guaraní».
Durante el reciente homenaje en Concepción, la vigencia de este legado quedó plasmada cuando el recitador Federico Aguirre (hijo del recordado Yacaré Aguirre) le solicitó autorización para grabar e incorporar a su repertorio una poesía de la propia autoría de Romero.
El reconocimiento otorgado a Joaquín «Lali» Romero en su tierra natal reafirma una verdad esencial: la cultura y la tradición no se sostienen con modas ni con espectáculos efímeros, sino con la fidelidad a la memoria, el respeto por los maestros idos y el valor sagrado de la palabra empeñada suele expresar al sentir la cadencia del habla guaraní en la poesía: “Ahániri téĩ che ága ahechase, ahenduse… ¡Aitéĩ he’í!.- (un verso que traduce el deseo profundo del alma por ver y escuchar las raíces de la tierra, concluyendo con esa exclamación autóctona que celebra lo auténtico y verdaderamente hermoso).