
Se crió en un ambiente donde le recordaban que había nacido noble de cuna, con ese marcado elemento de soberbia que caracteriza a los correntinos. Vio la luz y lanzó sus primeros chillidos a comienzos del siglo XX.
Se crió en un ambiente donde le recordaban que había nacido noble de cuna, con ese marcado elemento de soberbia que caracteriza a los correntinos. Vio la luz y lanzó sus primeros chillidos a comienzos del siglo XX. Su educación fue severa, en las escuelas primarias de un tal Sarmiento. Las monjas le inculcaron una moral estricta, similar a la de su madre, que arrastraba por la vida una cara amargada y, por dentro, el alma entristecida. Sus padres la habían vendido por una buena suma en concepto de dote y promesas que nunca se cumplieron.
La Ciudad de Vera abrió los ojos al progreso: agua corriente, luz eléctrica, tranvías y adelantos que la encandilaban.
Era bella y le habían enseñado a mirar solo a sus iguales. Los demás merecían su desdén: clase baja. De noche leía novelas románticas y soñaba con un caballero que la rescatara del hastío.
Por las tardes iba al tercer patio. Allí descubrió a un joven mayor que ella, mestizo de pura cepa, que trabajaba de caballerizo sin camisa. Hablaba con los caballos y los acariciaba. Él, ni lerdo ni perezoso, la fichaba de reojo. El fogonazo del amor desató furias incontrolables en la niña. Olvidó su nobleza y su cuna.
—¿Para qué les hablas a los caballos si no te entienden? ¿Eres tonto acaso? —preguntó risueña.
—¿Qué sabe usted, señorita? Acérquese y le mostraré que sí.
Arrebatada por una fuerza interior incontenible, se acercó.
—Gringo, saluda a la dama —ordenó él.
El caballo cabeceó alegremente. Ella lo miró asombrada, se aproximó más y aspiró el olor sudoroso del macho joven, del hombre.
—¿Sabes tú leer, escribir y contar?
—Sí, señorita. Me lo enseñó mi madre y voy a la escuela por mandato del patrón.
Ambos ignoraban, en esos vericuetos de la vida donde los secretos quedan enterrados tan profundamente que a veces hacen daño, que eran medio hermanos por parte de padre.
Sus miradas parecían un volcán. Cobijados en la penumbra del establo, se unieron en un beso largo. Siguieron tremendas caricias y el vaivén rítmico terminó con la virginidad de la señorita, ahora señora, de buena cuna, pero poca fortuna.
Las empleadas dieron la voz de alerta. Los chismes llegaron a los padres de ella y a la madre de él. Ardieron Numancia y Troya al mismo tiempo. Hubo gritos, amenazas, una parafernalia tremenda. La muchacha fue expulsada al barrio San Benito, Cambá Cuá Sur, donde vivía la esclava liberta, madre de Felipe, hijo del patrón. La mujer obedecía a rajatabla al señor.
El joven, que ignoraba el parentesco, sabía lo que le esperaba. Para evitar que lo matasen huyó en un barco bananero paraguayo, aguas abajo del Paraná, rumbo a Buenos Aires. Temblaba de terror, sin saber que Ofelia era su hermana.
Ofelia cambió su apellido, mancha para el prestigio del patriciado. Pasó a llamarse Ramírez, como la madre de su amor prófugo. Unos pesos al Registro Civil y listo: documento nuevo, con una policía de poca fama.
La mujer liberta conocía esos andares. Había sido violada por el mismo sujeto que ahora aparecía como moralista cuando todavía no alcanzaba los doce años.
Ofelia escuchaba a su antigua empleada, convertida casi en su dueña. Su destino quedó signado al burdel. Joven, hermosa y educada, era excelente pieza para aquellos lupanares.
Como el destino anda jugando a los dados, un cliente viejo, lujurioso y riquísimo se enamoró de ella. Era sádico y castigaba a las mujeres. Para conservar la vida, Ofelia se casó con el depravado. Él no quería hijos y ella sufrió reiterados abortos. Las palizas recrudecieron.
Una noche, en la mansión de Junín, entre Catamarca y Córdoba, donde vivía custodiada por guardias y sus horribles cuñadas solteronas, escuchó llegar al esposo borracho.
—¡Dame un whisky, atorranta!
Después vendrían los castigos y el sexo forzado. Mientras él la observaba, Ofelia vertió un trago abundante en un vaso donde había introducido un veneno indetectable, según le enseñara una curandera que cultivaba hortalizas en el fondo de la casa. Nunca supo de qué sustancia se trataba.
Llevó temblando la bandeja de plata con el whisky y agua. El sujeto bebió de un trago. Iba a comenzar el acostumbrado castigo cuando quedó tieso y cayó echando espuma por la boca.
Ella, ni lerda ni perezosa, arrojó el vaso a una letrina. Puso otro con whisky y lo apretó contra las manos del moribundo. Lanzó gritos desgarradores. Entraron los guardias; las hermanas, en camisones, gritaban como brujas. Los médicos de la policía y de la familia diagnosticaron un ataque masivo al corazón. Conocían sus excesos.
Ofelia gritaba como loca. Tuvieron que darle un calmante. El difunto, bruto como era, nunca había testado, por lo que ella resultó heredera universal de un inmenso patrimonio de casas y campos.
Tomó la cadena de oro con las llaves y prohibió a sus queridas cuñadas disponer de nada. Los guardias miraban asombrados el carácter de su nueva ama.
—Vuelvan a sus dormitorios y prepárense para el velorio —ordenó a las cuñadas.
Luego se volvió hacia los custodios:
—Que nadie ingrese sin mi autorización. Ahora mando yo y tenemos muchas cosas que arreglar y cambiar, ¿no les parece?
—Sí, ama, a partir de ahora.
La noticia corrió: el patricio se había ido al infierno. Unos enviaban tarjetas y otros querían pescar algo de la viuda millonaria. Al velorio asistieron pocos. Ni a sus padres dejó pasar. El médico de policía, de buena pinta, quiso consolarla. Ella, con la calidad que da la calle, lo apartó con la promesa futura de algo.
Esa noche apareció el fantasma del muerto. Tocaba hombros, gritaba y acusaba a su mujer. Ella lloraba a mares de risa. Unas desconocidas la consolaban, mientras él gesticulaba junto a su propio cuerpo.
Respetó el duelo y luego invitó a sus padres a visitarla. La señora de la huerta, ahora ama de llaves, eligió nuevos servidores. Un prestigioso abogado reemplazó al del difunto. Ofelia ordenó vender todos los campos. De las cuatro propiedades del centro, una sería para los empleados y sus cuñadas, sin autoridad sobre aquellos. Hasta sus ropas deberían lavarse o marcharse.
Los padres, con sus mejores galas, recordaron que tenían una hija. Ella los recibió con la frialdad del hielo polar. Ellos necesitaban ayuda; su fortuna era la comidilla de la ciudad.
El fantasma hacía bailes y tramoyas para que lo vieran. Vanos esfuerzos: ni para asustar servía.
—No puedo arriesgar mi fortuna con ustedes, que son desconocidos. Recuerden mi apellido. Además, sería un desprestigio por ser quien soy —les respondió.
La india que conocía el secreto se puso difícil pese a los regalos. Se tomaba atribuciones atrevidas y Ofelia decidió acabar con ella. Su familia ya tenía casa.
Una noche la citó en su dormitorio, pero allí la esperaba un asesino del bajo fondo, especialista en esos menesteres. Había dejado un carro tirado por caballos ante la puerta de servicio y entrado con un tacho con tapa. La india sospechó lo peor e intentó huir, pero un tajo limpio y certero le quitó la vida. Fue a parar al tacho, retirado como basura a medianoche.
Al fantasma del envenenado se unió el de la curandera. Ambos la señalaban con dedos acusadores. La alfombra persa del dormitorio ardió en el patio, regada con kerosén. La explicación fue sencilla: tenía pulgas de los perros que allí dormitaban.
El asesino, gringo alto de ojos azules, exigió oro y sexo. Ella consintió, advirtiéndole que una carta ante escribano le atribuía ambos asesinatos si algo le ocurría. Estaba contento: buena bebida, buenas pilchas, abogados y una hermosa mujer. Tanto se compenetraron que ambos veían a los espectros acusándolos.
El hilo que faltaba cortar era el del hermanastro fugitivo. Ofelia lo hizo buscar en Buenos Aires. Trabajaba de cocinero en un bar del centro. Ella y su amante viajaron en el vapor de la carrera. Ingresaron al restaurante y el sicario lo individualizó. Sabían dónde vivía y lo esperaron una fría noche de junio. El muchacho se espantó cuando ella le dijo quién era. Temblaba de miedo, era un cobarde. Una puñalada al corazón lo mandó al otro barrio.
Regresaron a Corrientes, donde envejecieron viendo morir a quienes habían escrito la historia de Ofelia. La comparsa de fantasmas aumentaba. Sin televisión, ella y su hombre veían a los espectros bailar, gritar, aullar y acusar. Ninguno podía cruzar el portal para vengarse.
La malaventura debe terminar como tragedia. Los indios, parientes de la asesinada en el dormitorio, cruzaron desde la costa chaqueña. Los nigromantes supieron el precio que había pagado su abuela por ayudar a una infeliz.
Una noche sin fecha, un grupo extraño recorrió la calle Junín. Ultimaron al guardia. Ofelia y su compañero recibieron a la Parca en la cama, con cientos de puñaladas. Los muertos se habían comunicado con los suyos. Al amanecer hallaron los cuerpos mordidos, acuchillados y ultrajados.
Para bien o para mal, los espectros aumentaron. Dos corrían y los demás iban detrás. Las ancianas cuñadas regresaron y heredaron todo, pero de poco les servía. Los padres de Ofelia, ya ancianos, intentaron recibir algo, pero el cambio de apellido destruyó sus pretensiones.
Me preguntarán por la casa. Sigue en el mismo lugar, con sus espectros representando las escenas.
Tapa del Domingo 11 de Octubre de 2026