
El texto de la nota de hoy es un discurso que debí pronunciar para la apertura del IV Congreso Nacional e Internacional Belgraniano celebrado entre el 1 y el 3 de octubre de 2026 en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la UNNE y en la localidad de Concepción…
El texto de la nota de hoy es un discurso que debí pronunciar para la apertura del IV Congreso Nacional e Internacional Belgraniano celebrado entre el 1 y el 3 de octubre de 2026 en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la UNNE y en la localidad de Concepción del Yaguareté Corá bajo el lema "Belgrano y su proyecto de país".
Del Congreso en sí deseo destacar la presidencia del chozno de nuestro prócer, el licenciado Manuel Belgrano, la labor de organización de Fernando Quevedo Orden y el esfuerzo de conducción de Alexis Dabat.
Creo que debe destacarse especialmente el acompañamiento de los académicos y expositores paraguayos y jujeños, acorde con el sentido de pertenencia compartido de algunas circunstancias y hechos de momento militar de Belgrano.
Aclaro que en última instancia preferí recurrir a la oralidad para cumplir mi cometido. Además de no creerme buen lector, el Covid y las vacunas parecen haberme hecho todavía más monótono y falto de interés.
El texto del discurso es el siguiente:
"En el año 1849, John Ruskin, (un inglés, victoriano, romántico), escribe su obra que muchos consideran fundamental: "Las siete lámparas de la arquitectura", en la cual, con un criterio esencialmente moral, enuncia a modo de leyes no escritas, los parámetros que considera esenciales a la creación artística, que en su sentir son el Sacrificio, la Verdad, el Poder, la Belleza, la Vida, la Obediencia y la Memoria. Creo que todos son absolutamente aplicables a Manuel Belgrano, pero en tren de proclamarlo como "nuestro" Manuel Belgrano, un héroe correntino en toda la línea, me voy a detener un poco solamente en dos: La Verdad y la Memoria.
Pero antes de hablar de Belgrano y la Verdad, quiero dejar sentado que personalmente tomo a nuestro Belgrano como creo que debe ser, como soldado y como educador.
El educador, entre tantos otros hechos, como gran pionero de la enseñanza pública obligatoria y gratuita. El guerrero, como el revolucionario, el patriota obligado a cambiar la toga por el uniforme merced a la potencia, el poder vinculante de la revolución, y da sus primeros pasos reales en ese arte de la guerra, que Sun Tzu definió como tal hace ya 2.500 años, acaudillando a los correntinos en la batalla de Paraguarí, el 19 de enero de 1811.
Y Belgrano frente a la verdad y a la memoria, me hace reflexionar sobre el valor de los metales preciosos, el amarillo del oro, que va más allá del color dorado del metal, de lo que reluce, el blanco de la plata, ese que hace que nuestro mencho, cuando no puede aperarse con el metal prefiera el tiento a la chafalonía, y el bronce el bronce para honrar la memoria, por sobre la escayola o el filamento.
Del sacrificio ni hablemos, porque lo dio todo por la Revolución, hasta entregar la vida, del poder, porque cuando no tuvo más remedio lo ejerció como un procónsul, pero no a la romana sino a la española, con el honor intacto y los bolsillos vacíos. Su belleza física nos saluda desde cada uno de sus retratos. Su hermosura moral y altura espiritual cada vez que vemos enarbolada nuestra Bandera, y su obediencia y humildad podemos evocarla cada vez que lo recordamos resignando el mando para subordinarse a otro, aunque se tratase del mismísimo José de San Martín, o cuando lo imaginamos sentado en el banquillo de los acusados para responder de haberle dado a la Patria dos de sus horas más gloriosas, o de haber convertido en sublimes enormes derrotas, a través de retiradas donde siempre, siempre, campó la disciplina y el respeto por las poblaciones.
John Ruskin es el paladín por excelencia del romanticismo en la época victoriana, y el general Manuel Belgrano es el epítome del héroe romántico de nuestra gran Revolución. Su misma muerte, en una jornada trágica para el Río de la Plata, evoca el final, cuatro años después, de Lord Byron en Missolonghi.
Pero Corrientes, cuya historia se empapa de romanticismo durante todo el siglo XIX. Que marcha a la batalla sin pensarlo dos veces cuando es en defensa de la libertad, cuyos hijos vuelven sobre su escudo o exornan con sus tumbas los cuatro puntos cardinales del Plata, aún le debe también parte del salario de los héroes a Belgrano; el bronce y el mármol, en las magnitudes que le caben por ser uno de los dos Padres de la Patria.
Sí, uno de los dos Padres de la Patria, que tenemos pleno derecho a reivindicar como legítimamente nuestro, porque fue el primero en fundar uno de nuestros pueblos en nombre de la Revolución, el primero en acaudillar a los correntinos en la batalla, el primero en uniformar con los ropajes del honor hasta la derrota, al transmutarla en éxito diplomático.
De esa forma, la enorme superioridad numérica guaraní en Paraguarí y Tacuarí no lo arredra para proclamar a sus hombres que lo mismo da morir a los cuarenta que a los sesenta o valerse de su formación jurídica y su conocimiento de los paraguayos para sentarse a la mesa de negociaciones y firmar un tratado que deja las carpetas abiertas para ulteriores acuerdos.
En todo momento, su concepción es estratégica. Siempre tiene en mente los intereses superiores de la Revolución. Por eso se lleva a los correntinos hacia Montevideo cuando allí está rotando el vórtice emancipador.
Por eso, cuando carece de fuerzas para empuñar la espada, prefiere tomar la pluma para dejar abiertos, acuerdos que las generaciones posteriores no supieron actualizar ni perfeccionar.
No quiero detenerme en la llamada Expedición de Belgrano al Paraguay" más que el tiempo necesario para reiterar que en su primera entrada en batalla, bajo sus órdenes, los correntinos, salvaron bastante más que el honor, marchando incontinenti hacia el punto donde el fragor del combate era todavía mayor.
El Belgrano de 1811, es quien acompañado de un buen amigo suyo, un gran comerciante y conocedor del comercio con el Paraguay Vicente Anastasio de Echevarría, otro porteño, revolucionario de la primerísima hora, que en definitiva pone "bajo un paraguas" el Ñeembucú, y, ante la contundencia de los hechos, dejan en el aire tanto Curupaytí como las Lomas de Pedro González, sin que haya cesión formal alguna en favor del Paraguay.
El proceso histórico posterior, terminó en definitiva consolidando como paraguayos esos territorios, pero de ninguna manera esa mutilación territorial cae en cabeza de uno o de ambos. Eso también engrosa la cuenta de lo que debemos al Belgrano.
Otros pueblos argentinos, como Jujuy, Salta y Tucumán, ya lo han hecho suyo de un modo que al pueblo de Corrientes todavía se le debe. No tenemos una plaza general Manuel Belgrano en nuestra capital, cuya comuna hasta le dedicó un lugar de privilegio a una figura de los llamados "pueblos originarios".
La alta escayola que lograron erigirle dos de nuestros grandes pioneros belgranianos (Eloísa Chico de Arce y José Enrique García Enciso), flanquea una plazoleta marginal a ese puente que hoy es ícono de Corrientes, pero que honra su nombre por decisión de un presidente de facto.
Del mármol, mejor no hablemos, puesto que su gran busto en el vestíbulo del Colegio Nacional, se yergue sobre un pedestal reutilizado, donde todavía puede entreverse casi borrado, el nombre de una gran argentina.
En definitiva, sobre todo le debemos el bronce, pero de un modo que lo ponga correntinamente por lo menos al mismo nivel que a nuestro otro Padre de la Patria.
Cuando empecé a pensar estas palabras, entre las relecturas previas agregué un librito de un "profesor normal" del año 1929, que editara premiado con medalla de oro en un "certamen intelectual", una "Liga Nacional de Educación" que desde 1914 trataba de complementar al sistema estatal instaurado por la Ley 1420 en materia de alfabetización, especialmente en las zonas rurales y las campañas.
Un Belgrano "Billiken", al que tampoco le falta nada, y que me recordó a Alfredo Grosso y sus manuales, que nunca fueron una Historia Oficial, pero encarnaron la médula de la formación histórica de tantos argentinos.
Quizás eso es lo que nos falta para tener nuestro Belgrano. Para comenzar a exaltarlo al mismo nivel que Jujuy, que Tucumán, que Salta. Para que las conmemoraciones de la fundación de nuestro Primer Pueblo Patrio sean cada año un fasto que por su relevancia nos inflamen de patriotismo, nos hagan respirar Belgranianidad.
Para que todos nosotros, pero sobre todo los maestros y profesores, nuestro contexto educativo por entero, lo tomen en sus manos para actualizarlo al nivel etario de nuestros educandos.
Para traerlo al hoy de nuestras aulas más allá de las meras evocaciones calendarias. Para que piensen, investiguen, publiquen y enseñen, un Belgrano que sus alumnos puedan revivir como uno más de su escuela. Un compañero de banco. Para que en Corrientes, nuestro general Manuel Belgrano sea algo más, mucho pero mucho más que, simplemente, el creador de nuestra Bandera".