
Elmia Florentín, viuda de Ramírez, celebró un nuevo cumpleaños rodeada del amor de cinco generaciones. Tuvo 13 hijos y construyó una familia que se hizo enorme. Su nuera Dora la define como una mujer sin rencores, el pilar de la familia y "La reina de barrio Norte".
Elmia Florentín, viuda de Ramírez, celebró un nuevo cumpleaños rodeada del amor de cinco generaciones. Tuvo 13 hijos y construyó una familia que se hizo enorme. Su nuera Dora la define como una mujer sin rencores, el pilar de la familia y "La reina de barrio Norte".
Hay cumpleaños que se cuentan con una torta y algunas fotografías. Y hay otros que necesitan cinco generaciones, más de un siglo de recuerdos y un pueblo que se detenga a celebrar la vida. El 30 de septiembre, en San Roque, Corrientes, doña Elmia Florentín, viuda de Ramírez, cumplió 104 años. En su familia es "Mamá Elmi", "La Abuela", "La Mamita". Para Dora Legal, una de sus nueras, es también "La Reina de barrio Norte" y el corazón alrededor del cual los Ramírez aprendieron a reunirse, compartir y permanecer unidos.
Llegar a los 104 años es mucho más que atravesar el calendario durante más de un siglo. Es haber visto cambiar el mundo, criar hijos, recibir nietos y bisnietos y convertirse en la raíz de una familia entera.
Elmia llegó a ese día rodeada de los suyos, con los achaques propios de su edad, caminando con su andador y acompañada por quienes se ocupan de su bienestar. Su mente, contó Dora, a veces divaga; en otros momentos vuelve a estar lúcida y alcanza para regalar una respuesta, una sonrisa o una de esas pequeñas escenas que terminan convertidas en tesoros familiares.
"Es una bendición que el Señor nos da tenerla y tenerla en la forma que está", expresó su nuera. No habla de un cumpleaños cualquiera, sino de un regalo que se renueva cada mañana. "Lo que le agradecemos al Señor es este regalo inmenso que tenemos y que tiene ella", dijo.
En esas palabras aparece la dimensión verdadera de los 104 años: la alegría por la vida y la conciencia de que cada día compartido tiene un valor irrepetible. La familia encuentra razones para seguir celebrando, aunque haya que organizarse y aceptar que la abuela no siempre recuerde todo lo que sucede. La fiesta es, ante todo, para quienes todavía pueden abrazarla.
Elmia se casó muy joven con Leoncio Ramírez. Juntos formaron un hogar y tuvieron 13 hijos. De ellos, ocho viven actualmente. Uno es el esposo de Dora, el mayor de todos.
Cuando la mujer cumplió 100 años, la familia registró la magnitud de aquel árbol genealógico: 13 hijos, 54 nietos, 126 bisnietos y 30 tataranietos. En total, 223 descendientes. Cuatro años después, las cifras quedaron desactualizadas: nuevos nacimientos ampliaron una familia que ya es sencilla de contar.
Dora calcula que desde entonces nacieron al menos seis bisnietos y entre ocho y diez tataranietos, aunque aclara que no tiene los números exactos. De todos modos, la cantidad no es lo principal. Detrás de cada cifra hay una historia, un nombre y una nueva rama que tiene en Elmia su raíz más antigua.
"Es una gran familia", resumió. Y enseguida vuelve a la palabra que atraviesa toda su narración: bendición.
Los Ramírez conservan una costumbre que Dora describe como sagrada. Desde que vivían Elmia y Leoncio, los domingos eran días de encuentro. Había que ir a la casa, compartir la mesa y estar juntos.
Leoncio ya no está, pero aquella tradición sobrevivió a su ausencia. La casa continúa siendo el punto de reunión y Elmia, la presencia que convoca, incluso cuando ya no puede seguir todas las conversaciones como antes.
"Generalmente, desde siempre, cuando vivía mi suegro, los domingos eran sagrados y debíamos ir a pasar con ellos", recordó Dora. Y agregó: "Siempre los domingos tenemos que estar, siempre y cuando puedan o podamos todos estar ahí. Llevamos nuestra comida y nos juntamos".
Los familiares llegan con sus comidas, se acomodan y comparten el tiempo. La reunión se repite con tanta naturalidad que un vecino llegó a preguntar si los Ramírez estaban de cumpleaños.
La respuesta de Dora define esa manera de vivir: "No, porque gracias a Dios todos los domingos son una fiesta que la disfrutamos y vivimos todos ese día".
No hace falta una fecha marcada en el calendario. Mientras Elmia esté allí, hay un motivo para encontrarse. Por eso, el cumpleaños 104 tuvo un significado especial: era una oportunidad para reunir a los hijos, nietos y demás familiares y celebrar a la mujer que sostuvo durante décadas ese espacio de pertenencia.
Pero también hubo que responder una pregunta: ¿para qué hacer una fiesta si la abuela a veces ya no comprende del todo lo que ocurre?
La nuera no duda. "Tenemos que seguir porque el Señor sabe lo que vale para nosotros ella". No se trata de lo que una persona puede recordar o comprender, sino de todo aquello que dio y que permanece en los demás.
"Por más que ella no sepa, nosotros sabemos todo lo que vale ella para nosotros; todo lo que nos brindó, nos dio y lo que mamamos. Todas las cosas buenas de ella", explicó.
Dora conoce a Elmia desde hace muchos años. Al formar pareja con uno de sus hijos, tuvo la oportunidad de observarla en la intimidad familiar, lejos de los discursos y las fotografías de cumpleaños.
Cuando intenta explicar por qué considera que su suegra merece el regalo de tantos años, no comienza por la cantidad de descendientes. Habla de su carácter.
"Yo a todos les cuento que seguramente le premia el Señor por la persona tan buena, tan buena", expresó. Busca en sus recuerdos alguna discusión que haya presenciado, alguna pelea que contradiga la imagen que conserva. No consiguió encontrarla.
En Elmia, la huella de una vida extensa aparece especialmente en la mesa. Antes de los 90 años, cuando todavía podía desenvolverse con mayor autonomía, era ella quien atendía a los visitantes. Los domingos cocinaba, organizaba la comida y preguntaba qué querían servirse.
La salud comenzó a imponer sus límites cuando, a los 90 o 91 años, sufrió un accidente cerebrovascular. Luego, tuvo otro episodio, aunque Dora destaca que ambos fueron leves. Desde entonces, la familia debió prestar mayor atención a su alimentación. El médico de cabecera le indicó que evitara las frituras, los picantes y las comidas pesadas. La recomendación incluía una dieta sin sal y alimentos hervidos. Pero después de tres o cuatro días, Elmia se negó a continuar.
La familia consultó nuevamente al profesional y recibió otra indicación: que le dieran de comer aquello que quisiera, teniendo en cuenta su edad y su situación.
"Ella sigue comiendo de todo como siempre", contó Dora. Le gusta el asado con grasa y disfruta de la comida. Ahora come menos, pero conserva el apetito, algo que la familia celebra.
"Es una gran bendición porque no tenemos que estar peleando para poder darle de comer un bocadito, para que se alimente", contó.
Entre Dora y su suegra existe una pequeña ceremonia que no necesita cumpleaños ni grandes reuniones. Cada tanto, la nuera llega con una flor para regalársela.
"Yo siempre le llevo una flor y le paso y le encanta las flores", dijo. Cuando se la entrega, la acompaña con una frase afectuosa: "Una flor para otra flor".
La respuesta de Elmia, cuando está lúcida, llega espontánea: "Ay, qué hermoso, mi china".
Hay una flor, una frase cariñosa y una respuesta. Dos mujeres encuentran en ese intercambio un motivo para sonreír y dejan una imagen capaz de resumir el espíritu de toda esta historia.
Actualmente, Elmia vive en su casa junto a una de sus hijas y cuenta con acompañamiento durante el día y la noche; además de la atención de sus hijos y de quienes están pendientes de sus necesidades.
La familia procura que tenga sus tratamientos, esté bien alimentada y viva dignamente. Dora sabe que no todas las personas mayores cuentan con esa compañía. Por eso, cuando habla de su suegra, también piensa en quienes viven solos, enfermos, abandonados o atravesando necesidades.
En sus oraciones pide especialmente por ellos. Por Elmia, agradece que tenga un hogar, atención y afecto. "Gracias a Dios que ella vive dignamente", dijo, y vuelve a una expresión que se repite a lo largo de la charla: "Agradecer al Señor es lo único que nos queda".
En San Roque, los 104 años de Elmia Florentín trascienden una celebración familiar. Su historia reúne el trabajo de una mujer de campo, la fe, la crianza de los hijos y las costumbres que pasan de una generación a otra.
Su legado no se mide solamente en los más de 250 integrantes de su familia, sino en los valores que transmitió y en la unión que todavía mantienen vivos los encuentros de los Ramírez. Está en quienes llegan con comida, acompañan sus cuidados o le regalan una flor, y en quienes entienden que celebrar sus 104 años es agradecer todo lo recibido.
Para Dora, no hay un nombre más apropiado que el que eligió hace tiempo: "La reina de barrio Norte". Elmia es el pilar familiar, no por imponerse, sino por haber sido durante toda una vida el punto al que todos podían volver.
"Yo pienso que la vida de la abuelita en nuestra vida, pienso que de todos, es una gran fiesta", sostuvo su nuera. Y esa celebración continúa cada domingo, en la mesa compartida y en los pequeños gestos que todavía los unen.
El 30 de septiembre, "Mamá Elmi" cumplió 104 años. Quizás no recuerde cada detalle del festejo, pero su familia conserva su historia, sus enseñanzas y las costumbres que ella ayudó a construir. La mujer que crió a 13 hijos y vio crecer a cinco generaciones sigue preguntando a sus visitantes si comieron, fiel a esa vocación de cuidar que atraviesa su vida.