
¿Cuántas veces algo que en su momento vivimos como una desgracia terminó abriendo una puerta que no habíamos imaginado?
¿Cuántas veces algo que en su momento vivimos como una desgracia terminó abriendo una puerta que no habíamos imaginado?
Quizás ahí esté una de las formas más difíciles de aprender a confiar: aceptar que no siempre podemos comprender en el instante aquello que nos está pasando o sucede como no esperábamos.
Cuando algo no sale como pensábamos, nuestra primera reacción suele ser resistirnos, amargarnos, frustrarnos, queremos respuestas rápidas, queremos saber por qué, queremos recuperar rápidamente aquello que perdimos o conseguir aquello que deseábamos, y cuando no podemos, aparece la angustia. Pero la vida tiene una particularidad que muchas veces solo comprendemos cuando miramos hacia atrás: no conocemos toda la historia mientras la estamos viviendo.
Cuando una puerta se cierra y creemos que se terminó el camino, cuando una relación llega a su fin y pensamos que perdimos a quien necesitábamos, cuando no conseguimos ese trabajo tan deseado, sentimos que se nos escapó una oportunidad, cuando un proyecto no resulta, alguien se aleja y un plan se desarma y de este modo la lista puede seguir.
Y quizás aunque todavía no podamos verlo, pero esa puerta cerrada también puede estar modificando nuestro recorrido, nuestra vida para mejor. ¿Cuántas veces aquello que tanto nos dolió tanto, terminó conduciéndonos hacia un lugar que nunca hubiéramos elegido por voluntad propia?
Con los años aprendí que confiar no significa pensar que todo va a salir como quiero, tampoco significa quedarme de brazos cruzados esperando que la vida resuelva las cosas por mí; para mí, confiar es otra cosa: Confiar es poder atravesar lo que no entiendo sin desesperarme por encontrar inmediatamente una explicación.
Es permitirme decir: "Esto no era lo que esperaba, pero todavía no sé qué traerá consigo."
Y esa pequeña diferencia puede cambiar nuestra manera de transitar una dificultad.
Porque cuando dejamos de pelear permanentemente con aquello que no podemos modificar, recuperamos energía para preguntarnos qué podemos hacer con lo que sí tenemos.
Podemos llorar una pérdida y, al mismo tiempo, seguir caminando, podemos sentir miedo y aun así dar un paso, podemos aceptar que algo terminó sin asumir que nuestra historia también terminó.
Me gusta pensar que algunas circunstancias llegan como desvíos que inicialmente no elegimos, no porque necesariamente exista un destino predeterminado o porque todo lo que ocurre tenga una explicación perfecta, sino porque nosotros tenemos la posibilidad de transformar lo vivido.
Por ejemplo: cuando una experiencia dolorosa nos obliga a conocernos mejor, cuando una despedida nos devuelve a nosotros mismos, cuando un fracaso nos lleva a descubrir capacidades que desconocíamos, cuando una oportunidad perdida termina dejando espacio para otra que ni siquiera estábamos buscando.
Porque quizás algunas bendiciones llegan disfrazadas de decepción, y recién mucho tiempo después podemos reconocerlas.
Por eso, cuando una puerta se cierre, antes de concluir que todo salió mal, quizás podamos hacernos otra pregunta: ¿Y si todavía no conozco lo que esta puerta cerrada está dejando entrar en mi vida?
No se trata de negar el dolor ni de romantizar las pérdidas; porque hay situaciones que duelen profundamente y necesitan ser lloradas, elaboradas y atravesadas.
Confiar tampoco significa resignarse frente a lo que nos lastima, significa no convertir un capítulo difícil en una sentencia sobre toda nuestra historia.
Cuando no sepamos qué hacer, podemos volver a lo pequeño: respirar, esperar antes de reaccionar, hablar con alguien que nos haga bien, ocuparnos de aquello que sí depende de nosotros, recordar otras circunstancias que alguna vez parecieron definitivas y, sin embargo, cambiaron; sobre todo, aprender a decirnos: "No sé cómo va a terminar esto, pero puedo seguir caminando mientras lo descubro."
Porque la confianza no siempre nace de tener certezas, sino que a veces nace simplemente de comprender que no necesitamos conocer el camino completo para animarnos a dar el próximo paso.
Y entonces quizás, cuando todos miremos hacia el lado de atrás, descubramos que aquella puerta que tanto lloramos no era el final, era apenas el comienzo de otra parte de nuestra historia.
(*) IG Tona Galvaliz. FB/LinkedIn: María Antonia Galvaliz.