
La economía debe ser instrumentada para satisfacer el bien común, objetivo fundacional del sistema liberal y republicano de gobierno y administración de bienes. Si no se mejora la calidad de vida, las cuentas no cierran.
La economía debe ser instrumentada para satisfacer el bien común, objetivo fundacional del sistema liberal y republicano de gobierno y administración de bienes. Si no se mejora la calidad de vida, las cuentas no cierran.
"En el largo plazo estaremos todos muertos". Sir John Maynard Keynes, economista a quien el consenso histórico adjudica ser el principal impulsor de las ideas económicas que sacaron al mundo occidental de la crisis que llevó a la segunda Guerra Mundial y a sus consecuencias en la economía global. Vale la pena recordarlo porque en estos tiempos en que a los argentinos se nos pide, por enésima vez, que sacrifiquemos nuestro presente; el bienestar de nuestros hijos y nietos porque dentro de 30 años seremos como Alemania, sin aplicar las medidas que instrumentó el gobierno alemán durante los últimos 80 años, es una burda mentira.
Con esa frase el economista inglés logró convencer a los gobiernos británico y estadounidense e inspiró el "new deal" que impuso el presidente Franklin Délano Roosevelt, sepultó un siglo de la teoría económica aplicada en occidente y creada por dos empleados públicos jerárquicos del imperio austrohúngaro que se conoce como la escuela de Austria: Carl Menger y Ludwig Von Mises, dos de los cinco principales referentes económicos de nuestro presidente Javier Milei.
Con ese nuevo contrato de espíritu keynesiano Roosevelt logró sacar a Estados Unidos de la gran crisis ocasionada por el agotamiento de "laissez faire" (dejar hacer) que imperaba en el manejo económico de las potencias que llevaron a una de las crisis económicas globales más importantes de la historia.
Esa crisis derivó en el desencanto de los ciudadanos, principalmente de Europa y dio origen a movimientos como el nazifascismo que lideraron Adolfo Hitler en Alemania, Benito Mussolini en Italia y personajes menores como Francisco Franco en España y que tuvo sus secuelas en América Latina.
El keynesianismo aplicado en coordinación por los países centrales, e imitado por los de la periferia inauguró un periodo de crecimiento sostenido que duro hasta mediados de la década del 70 del siglo pasado.
Fue el keynesianismo, de la mano del Plan Marshall, miles de millones de dólares en aportes estatales, el que logró los famosos "milagros" Alemán y Japonés y provocó el boom de mejoras económicas y sociales en todo el planeta. Tanto que a los nacidos entre 1946 y 1964 se los denomina "baby boomer".
Ese periodo de crecimiento del bienestar general sostenido de impacto global del keynesianismo comenzó a retroceder con la llegada de líderes conservadores como Ronald Reagan en Estados Unidos, 1979, y Margareth Tatcher, ídola indiscutida de Milei, en Estados Unidos, dando origen al denominado "Consenso de Washington" con políticas que en Argentina se aplicaban a sangre fuego desde la asunción de la dictadura cívico militar que asumió con respaldo del Departamento de Estado norteamericano con la junta militar de Jorge Rafael Videla, Eduardo Massera y Ramón Agosti, en la conducción militar y el representante de los grandes monopolios empresarios José Alfredo Martínez de Hoz en el Ministerio de Economía.
No es novedad que el plan económico de Milei, Caputo, Sturzenegger y Bullrich es una copia del plan de Videla Martínez de Hoz, pero vale la pena recordarlo.
Desde entonces y en un contexto internacional de repliegue de los poderes antagónicos al "consenso de Washington" con la caída de la Unión Soviética, y con China todavía en crecimiento, los países periféricos y las clases trabajadoras de los países centrales pierden cada año más derechos y son sometidas a condiciones de explotación similares a los tiempos previos de las dos guerras mundiales.
La crisis de los inquilinos en España y las continuas revueltas de trabajadores y estudiantes franceses que enfrentan las políticas de ajuste perpetuo que aplican los discípulos de Menger y Von Mises a cargo de los destinos de la Unión Europea.
La mentira de la macro nacional ordenada
En el plano local los economistas, vaya a saber porque, repiten como mantra "la macro esta bien" mientras el bolsillo de las mayorías demuestra lo contrario con cierre de emprendimientos, despidos masivos, precarización laboral y tener dos empleos ya no garantiza superar los coeficientes dibujados que determinan el umbral de pobreza e indigencia.
El gobierno inspirado en la escuela austríaca tiene una particular visión de no tener déficit fiscal cuando no invierte en obra pública, patea con bonos y emisión de deuda el pago de facturas como la electricidad y mantiene un sistema de medición del Índice de Precios al Consumidor que no toma en cuenta la situación real de la economía de las familias, lo que vuelven dudosos a los datos que dicen que lograron doblegar a la inflación mensual, estabilizar el tipo de cambio y están pendientes al riesgo país con el que los centros financieros mundiales disciplinan a los gobiernos.
Sin embargo, si estas metas se consiguen mediante la aplicación de la motosierra al gasto público y una contracción severa del dinero circulante, el orden macroeconómico se convierte en un desierto productivo, donde las cuentas estatales lucen supuestamente equilibradas pero el tejido empresarial y comercial se ahoga por la caída en las ventas porque los salarios perdieron explosivamente su poder adquisitivo.
En segundo lugar, esta desconexión se agrava por la existencia de economías duales o sectores "isla". El PBI es un promedio agregado que no logra ocultar las profundas asimetrías internas. Un país puede mostrar un crecimiento macroeconómico en apariencia robusto impulsado exclusivamente por sectores extractivos de gran escala o de exportación neta como la minería, la energía o el agro de alta tecnología que inyectan grandes flujos de divisas a las arcas estatales. Pero estas actividades suelen ser de capital intensivo y generan un volumen de empleo relativamente bajo en comparación con las industrias manufactureras o el comercio minorista.
Por el otro lado tenemos a las industrias textil, la metalúrgica y a los pequeños comercios que se hunden debido al deterioro del mercado interno, la inmensa mayoría de la población padecerá una crisis severa en sus bolsillos, a pesar de que los gráficos oficiales muestren una curva ascendente sostenida por el petróleo o los minerales. Es el reflejo del malestar social sintetizado en la célebre frase: "El gobierno mejora, pero yo no".
El presidente Milei se jacta de que no va a abandonar los principios dogmáticos que defiende y se olvida que el objetivo supremo de la economía como actividad humana no es la acumulación abstracta de reservas en un banco central ni el dibujo de balances fiscales impecables. Su fin último y fundacional es la asignación eficiente de los recursos escasos para satisfacer las necesidades materiales, culturales y sociales de los individuos y de la comunidad que la integra o sea satisfacer el bien común, principio político que dio origen al sistema republicano liberal de gobierno de las sociedades.
Bajo este precepto, las variables macroeconómicas ordenadas no constituyen un fin en sí mismas, sino meros medios. El superávit fiscal y la estabilidad monetaria son herramientas de ingeniería económica esenciales porque evitan crisis caóticas e inflaciones devastadoras que pulverizan los ingresos, pero de nada sirve poseer planos perfectos si el motor social está completamente detenido.
Evaluar el éxito de una economía ignorando el nivel de vida de sus integrantes representa un fracaso conceptual y político. Una macroeconomía ordenada que se sostiene sobre la base del sufrimiento prolongado de sus sectores productivos y de la privación de su población civil carece de sostenibilidad a largo plazo y destruye la legitimidad del propio sistema.
Para medir el verdadero progreso de una nación, los economistas deben trascender el PBI financiero e incorporar indicadores centrados en la dignidad humana: el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que pondera la salud y la educación junto al ingreso, el Índice de Miseria que expone el impacto directo del desempleo y la inflación en la cotidianidad, el Coeficiente de Gini que alerta sobre la desigual concentración de la riqueza y los niveles de consumo de la canasta básica.
En conclusión, no se puede afirmar que todo marcha bien cuando se dibujan las variables macroeconómicas para que brillen a costa del descalabro de sus sectores vitales; la economía solo cumple su propósito histórico cuando el orden técnico se traduce de forma efectiva, equitativa y sostenible en una mejora real de la calidad de vida de su sociedad porque como lo escribiera genialmente Keynes, no se puede esperar la bonanza en el largo plazo porque estaremos todos muertos.