
El reciente análisis de Carlos Pérez Llana sobre el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping me sirvió como punto de partida para pensar un mundo que dejó de ser unipolar y está reacomodando sus reglas, alianzas y centros de decisión.
El reciente análisis de Carlos Pérez Llana sobre el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping me sirvió como punto de partida para pensar un mundo que dejó de ser unipolar y está reacomodando sus reglas, alianzas y centros de decisión. La competencia tecnológica, la inteligencia artificial, los nuevos sistemas de defensa y las dificultades de Europa para responder en conjunto son señales de esa recomposición. Frente a este escenario, creo que los argentinos y latinoamericanos tenemos una pregunta que ya no podemos postergar: ¿qué respuesta vamos a construir nosotros?
La disputa entre Washington y Pekín va mucho más allá del comercio porque abarca semiconductores, energía, inteligencia artificial, conocimiento científico y defensa. El proyecto antimisiles estadounidense conocido como Cúpula Dorada recuerda, con otra tecnología, a la "Guerra de las Galaxias" que impulsó Ronald Reagan en 1983, y demuestra que seguridad, tecnología y economía vuelven a formar parte de una misma estrategia de poder.
Sin embargo, competir no exime de dialogar porque una confrontación entre ambas potencias tendría consecuencias para todo el planeta.
Europa nos deja una enseñanza valiosa. La Unión Europea reúne 27 países, uno de los mayores mercados del mundo, instituciones supranacionales y capacidades industriales y científicas de primer nivel, pero no siempre consigue que esas 27 banderas flameen como una sola cuando llegan las grandes decisiones. Tiene los instrumentos de una formidable orquesta, aunque muchas veces le falta una partitura compartida. Las diferencias entre gobiernos, las reglas de decisión y las distintas lecturas sobre las amenazas dificultan una respuesta común, a lo que se suman el nacionalismo exacerbado, la xenofobia y los discursos que presentan la inmigración como un peligro para la identidad europea.
El Brexit es quizás la expresión más clara de esas contradicciones. El Reino Unido dejó la Unión con la promesa de recuperar soberanía, pero no resolvió sus tensiones territoriales ni su relación con el continente. En una línea parecida, Alternativa para Alemania y la Agrupación Nacional en Francia cuestionan aspectos centrales de la integración y de la política migratoria. La paradoja es que quienes creen que recuperar competencias nacionales trae automáticamente más soberanía pueden terminar debilitando la capacidad de su país para influir donde realmente se decide. En el siglo XXI, la soberanía también se mide por la capacidad efectiva de decidir sobre el propio destino, y en ese sentido integración y soberanía, bien articuladas, se fortalecen mutuamente.
La situación latinoamericana es distinta y, en algunos aspectos, más compleja. Mientras Europa debe convertir una integración avanzada en voluntad política común, nosotros todavía necesitamos construir instrumentos que nos permitan actuar con escala internacional.
Tenemos alimentos, agua, energía, minerales críticos, universidades y capacidad científica, pero esos recursos no se traducen por sí solos en autonomía ni en poder de negociación. En un mundo organizado en grandes bloques nadie se salva solo y la fragmentación facilita que las potencias negocien con cada país por separado, aprovechando las asimetrías económicas y tecnológicas. Cuando nos negocian de a uno, nuestros márgenes de decisión se achican.
Ante ese escenario aparece la tentación de aceptar nuestra condición periférica y buscar la protección de alguna potencia dominante. Carlos Escudé lo planteó desde su teoría del realismo periférico, proponiendo que los países débiles reduzcan los costos de la confrontación. Es una reflexión que merece estudiarse y discutirse, porque reconocer las asimetrías del poder es una cosa y aceptarlas como una condena permanente es otra. Me viene a la memoria la frase atribuida a Arturo Jauretche, cercana a la tradición de FORJA, que dice que no se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro. Frente a la disputa entre Estados Unidos y China, el desafío es desarrollar, mediante la integración regional y el conocimiento, capacidades propias para decidir nuestro destino, sin buscar un nuevo protector.
Tenemos antecedentes que nos marcan un camino concreto, como el Programa de Integración y Cooperación Económica que Raúl Alfonsín y José Sarney impulsaron en 1986 entre Argentina y Brasil, mediante protocolos sectoriales en bienes de capital, energía, biotecnología y otras áreas estratégicas. Aquel método permitió avanzar gradualmente, generando confianza, complementariedad productiva e instituciones comunes, y preparó el terreno para el Mercosur. Cuarenta años después, creo que es momento de recuperarlo y actualizarlo con una nueva generación de protocolos en inteligencia artificial, robótica, biotecnología, industria aeroespacial, energía y formación de recursos humanos.
Para que esos protocolos no queden en declaraciones diplomáticas, deben fijar objetivos verificables, financiamiento, responsabilidades institucionales, participación de universidades y empresas, y reglas sobre transferencia tecnológica y propiedad intelectual.
Los recursos podrían combinar aportes nacionales, bancos regionales de desarrollo e inversión privada mediante programas plurianuales con evaluación pública e instituciones técnicas estables capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno. La idea es organizar cadenas regionales de conocimiento y valor, aprovechando las capacidades de cada economía, porque una integración limitada a bajar aranceles corre el riesgo de convertirnos en un mercado ampliado para la tecnología de otros. Además, la integración entre vecinos no puede depender de afinidades ideológicas circunstanciales. Los gobiernos cambian, pero la geografía, la infraestructura y los desafíos productivos permanecen, y eso exige una verdadera política de Estado.
A estos dilemas se suma un tercero: la crisis de la gobernanza internacional. Las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad y las instituciones de Bretton Woods nacieron con la distribución de poder de 1945 y, más de ochenta años después, el mundo cambió mucho más rápido que sus mecanismos de decisión. El Consejo de Seguridad sigue condicionado por el veto de cinco potencias, la Organización Mundial del Comercio no logra restablecer plenamente su sistema de solución de controversias y las economías emergentes discuten su representación en los organismos financieros, mientras los BRICS ensayan alternativas como el Nuevo Banco de Desarrollo. Esas instituciones siguen siendo útiles, pero su legitimidad está bajo tensión. Cuando las reglas incomodan a las grandes potencias, la tentación de actuar unilateralmente debilita la igualdad soberana entre los Estados. Necesitamos reformarlas, democratizar su representación y acordar reglas comunes sobre inteligencia artificial, seguridad, recursos estratégicos, comercio y ambiente.
La integración latinoamericana tiene, además, una dimensión que considero esencial: el federalismo. No tendría sentido firmar grandes acuerdos entre capitales nacionales mientras dentro de nuestros países se reproducen las desigualdades territoriales de siempre. Desde el Norte Grande conocemos bien lo que significa una infraestructura concentrada, costos logísticos desiguales y centros de decisión alejados de las regiones que producen. Por eso la integración también debe expresarse en corredores bioceánicos, puertos, hidrovías, ferrocarriles, redes eléctricas y universidades distribuidas en el territorio. Una integración que deja afuera a sus regiones periféricas termina reproduciendo, a escala continental, las mismas asimetrías que pretende superar frente al mundo.
Hay una diferencia fundamental entre un mundo multipolar, donde el poder se reparte entre varios centros, y un mundo multilateral, donde esos centros aceptan reglas e instituciones comunes. Podemos tener un orden multipolar profundamente injusto si unas pocas potencias se reparten áreas de influencia. La etapa unipolar quedó atrás y algunos intentan ordenar lo que viene alrededor de la disputa entre Estados Unidos y China, pero la historia no está predeterminada. Nuestra responsabilidad es que América Latina llegue a ese futuro como socia en la producción de conocimiento y tecnología, y no solamente como proveedora de recursos naturales, energía y mercados. Tal vez esa sea hoy la lección más vigente de aquella metáfora del collar, que nos invita a dejar de preguntarnos a quién vamos a pertenecer para empezar a pensar qué capacidades necesitamos construir para decidir por nosotros mismos.
(*) Senador provincial UCR Corrientes