
Hay números que sirven para hacer estadísticas y hay números que sirven para hacer malabares. En la Argentina de Javier Milei, la inflación tiene un poco de las dos cosas.
Miércoles 14 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 19:42hs. del 14-10-2026
Septiembre cerró con una inflación del 1,9%, según el INDEC. El Gobierno puede mostrar el dato, levantar la copa y decir que el proceso de desinflación sigue en marcha. Pero hay un pequeño detalle que no entra en la conferencia de prensa: la gente tiene que seguir viviendo. Porque una cosa es que los precios aumenten menos y otra, muy distinta, es que la vida sea más barata. La inflación puede desacelerarse, pero el supermercado no se convierte en una institución benéfica. La factura de luz no siente compasión. El alquiler no escucha discursos. Y el changuito del supermercado sigue siendo ese vehículo que cada vez transporta menos cosas y cuesta más empujarlo. El Gobierno festeja la velocidad a la que aumentan los precios. La gente se preocupa por la velocidad a la que desaparece el sueldo. Y ahí está el verdadero problema: la economía puede mejorar en determinados indicadores mientras el bolsillo de millones de argentinos sigue funcionando en terapia intensiva. Porque cuando se habla de inflación, no alcanza con mirar el porcentaje mensual. Hay que mirar lo que pasó antes, lo que se acumuló y cuánto perdió el poder adquisitivo. Los precios no necesitan volver a subir un diez por ciento mensual para complicarle la vida a una familia. Después de aumentos acumulados durante meses, un incremento más pequeño también duele.
Milei habla de ordenar la economía. Caputo administra las cuentas. El Banco Central acompaña la estrategia. Pero hay una cuenta que no cierra en la mesa de muchas familias: la que suma los gastos y resta el salario. Y no hace falta ser economista para entenderlo. Basta con ir al supermercado, mirar los precios y empezar a devolver productos al estante. Ese es el INDEC cotidiano, el que no necesita planillas ni conferencias: el que obliga a elegir entre comprar carne, pagar una factura o dejar algo para el mes que viene. La pregunta no es solamente cuánto bajó la inflación. La pregunta es cuándo esa desaceleración se va a transformar en una mejora concreta para la gente. Porque la estabilidad es importante, claro que sí. Nadie quiere vivir corriendo detrás de los precios. Pero la estabilidad también tiene que llegar a la heladera, al alquiler, a los medicamentos y al salario. De lo contrario, podemos terminar con una economía que luce ordenada en los gráficos, pero con millones de personas haciendo equilibrio para no caerse de la vida cotidiana. Y mientras tanto, el Gobierno podrá seguir exhibiendo porcentajes. Los porcentajes son prolijos, no protestan y entran perfectamente en una diapositiva. El problema es que no van al supermercado. Porque al final, la inflación se mide en porcentajes, pero la crisis se mide en lo que una familia deja de comprar. Y cuando el Gobierno festeja que los precios corren más despacio, el ciudadano todavía está tratando de alcanzarlos.