
Desde la derrota fundacional ante la selección de Uruguay en 1930 hasta la consagración por penales frente a Francia en Qatar 2022, un repaso por la historia de Argentina en la instancia decisiva del Mundial, con Maradona y Messi como protagonistas de sus capítulos más…
Desde la derrota fundacional ante la selección de Uruguay en 1930 hasta la consagración por penales frente a Francia en Qatar 2022, un repaso por la historia de Argentina en la instancia decisiva del Mundial, con Maradona y Messi como protagonistas de sus capítulos más recordados y Alemania como el rival que más veces le negó la gloria.
Hay selecciones que llegan a una final por accidente, como quien tropieza con la gloria sin buscarla demasiado. Argentina no es una de ellas: ha llegado seis veces, en casi un siglo de historia mundialista, y esa reiteración –esa costumbre de estar ahí, en el partido que decide todo– dice más sobre su carácter futbolístico que cualquier otro dato aislado.
La primera fue en 1930, en Montevideo, en el Mundial fundacional, el que inauguró el ritual. Argentina, con una generación notable –Monti, Ferreira, Stábile, el goleador del torneo–, cayó 4 a 2 ante Uruguay, en una final atravesada por la rivalidad rioplatense en su forma más pura. El partido, disputado en el flamante Estadio Centenario ante un público mayoritariamente uruguayo, llegó al descanso con Argentina arriba en el marcador, lo que hace más amarga, si cabe, la remontada charrúa en el complemento. Fue una derrota temprana, casi inaug ural, que instaló una costumbre incómoda: la de perder finales por apenas un gol de diferencia, algo que se repetiría con obstinación estadística a lo largo del siglo.
Hubo que esperar cuarenta y ocho años para la segunda. En 1978, en su propio país, en un Mundial teñido por la dictadura y las sospechas de arreglo que todavía sobre vuelan el recuerdo, Argentina venció 3 a 1 a los Países Bajos, en el alargue, con Kempes como protagonista absoluto: suyos fueron dos de los tres goles, incluido el del desempate en la prórroga, tras un partido que los neerlandeses reclamaron –con razón parcial– haber sido perjudicados por decisiones arbitrales y por la demora deliberada de los locales antes de la salida al campo. Fue la primera estrella, la que empezó a construir el mito de un país futbolero que necesitaba, con urgencia simbólica, ganar algo grande.
La tercera llegó en México 1986, la final más romántica de todas: 3 a 2 ante Alemania Federal, con Maradona como autor y director de una obra que ya venía escribiendo desde cuartos de final, cuando le hizo dos goles memorables a Inglaterra. Ese Mundial –el de la Mano de Dios y el gol del siglo en el mismo partido– convirtió a Diego en el eje sobre el que giró, desde entonces, toda narrativa sobre el fútbol argentino.
Cuatro años después, en Italia 1990, el mismo Maradona, ya disminuido físicamente pero todavía capaz de arrastrar a un equipo mediocre hasta la final, no pudo repetir la hazaña: Alemania se vengó con un ajustado 1 a 0, definido por un penal dudoso a nueve minutos del final. Fue una final para el olvido, jugada de memoria, sin el brillo del 86, pero final al fin.
Pasarían veinticuatro años, una generación entera, hasta la siguiente cita: Brasil 2014, con Messi ya instalado como heredero incómodo de Maradona, cargando sobre sus hombros la ansiedad de un país que necesitaba, otra vez, coronarlo. Alemania volvió a ser el verdugo, esta vez con un gol de Mario Götze en el alargue, 1 a 0, en una final trabada, sufrida, que dejó una imagen que resume mejor que cualquier estadística el peso de esas noches: Messi mirando el trofeo que no sería suyo, todavía.
Y llegó, por fin, Qatar 2022, la final que reescribió todo lo anterior. Argentina 3, Francia 3, con Mbappé firmando un triplete casi surrealista, definido en los penales, 4 a 2, con Dibu Martínez convertido en héroe nacional por partida doble. Fue, probablemente, la mejor final de la historia del torneo, y saldó, de una vez, la deuda pendiente que el fútbol argentino tenía con Messi.
Seis finales, entonces: tres ganadas –1978, 1986 y 2022– y tres perdidas –1930, 1990 y 2014–, con Alemania como el gran némesis histórico, verdugo en dos de las tres derrotas. Ningún otro país sudamericano se acerca a esa cifra; solo Brasil e Italia, en el concierto mundial, superan a Argentina en presencias en la instancia decisiva. Es una genealogía extraña, hecha de dictaduras, de genios individuales, de penales decisivos y de una persistencia que, más allá de los resultados puntuales, terminó convirtiendo a la Selección en una presencia casi obligada cada vez que el Mundial llega a su capítulo final.
Vista en perspectiva, esa historia tiene la forma de un péndulo: gloria y desconsuelo alternándose con una regularidad casi literaria, como si el fútbol argentino necesitara, cada cierto número de años, recordarle al país tanto la dicha como la herida. Maradona y Messi, los dos nombres que sostienen esa genealogía, comparten el destino de haber perdido una final antes deganarla –o de no ganarla nunca, como el propio Diego en 1990–, y esa simetría trágica explica, mejor que cualquier táctica, por qué cada nueva final argentina se vive con la intensidad de quien sabe que la historia puede repetirse en cualquiera de sus dos versiones. Seis finales son, después de todo, seis versiones distintas de la misma pregunta que el país se hace cada cuatro años: si esta vez, por fin, le va a tocar.
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