
Viernes 23 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 21:01hs. del 23-10-2026
Hay un pasaje de El Principito que, leído desde la Argentina de hoy, parece escrito por un economista del Gobierno, un vendedor de ilusiones y un publicista que cobra en dólares. Los tres juntos, con una motosierra de utilería y un PowerPoint lleno de flechas hacia arriba.
En el capítulo XXIII, un mercader vende píldoras que eliminan la sed. Una por semana y asunto resuelto. Según sus cálculos, el producto permite ahorrar cincuenta y tres minutos semanales. El Principito le pregunta qué puede hacerse con ese tiempo. El hombre responde que cada uno puede utilizarlo como quiera. Pero el chico tiene otra idea: caminar tranquilamente hacia una fuente.
Ahí está el detalle. El mercader cree que el problema es el tiempo que lleva beber agua. El Principito entiende que el problema es tener sed.
Y en la Argentina parece que nos quieren vender la misma píldora.
¿Tenés el sueldo que no alcanza? No te preocupes: aprendé a consumir menos.
¿La comida aumenta? Cambiá tus hábitos.
¿La boleta de luz te arranca la cabeza? Apagá la heladera y acostumbrate al romanticismo de la oscuridad.
¿El alquiler se lleva medio ingreso? Achicá tus sueños, que ocupan demasiado espacio.
¿No llegás a fin de mes? Felicitaciones: acabás de ingresar al maravilloso mundo de la austeridad, donde cada peso vale oro y el oro, por supuesto, no está en tu bolsillo.
El manual es sencillo: si no podés comprar, no compres; si no podés viajar, quedate; si no podés darte un gusto, aprendé a disfrutar de las privaciones. Y si todavía tenés hambre, siempre habrá alguien dispuesto a explicarte que el problema no es el hambre, sino tu falta de adaptación a la nueva realidad.
¡Qué invento extraordinario! Una economía capaz de transformar las necesidades en defectos personales.
El ciudadano necesita comer, pero el discurso le recomienda paciencia. Necesita trabajar, pero le explican que los sacrificios de hoy son la prosperidad de mañana. Necesita llegar a fin de mes, pero le ofrecen una clase magistral sobre equilibrio fiscal. Es como ir a una guardia con cuarenta grados de fiebre y que el médico te entregue un folleto sobre la importancia de no gastar en termómetros.
Y cuidado: porque el equilibrio de las cuentas públicas puede ser un objetivo legítimo. Nadie discute que un país necesita ordenar sus números. La pregunta es quién paga el costo, cómo se distribuye y cuánto tiempo puede sostenerse un modelo sin que el esfuerzo de la sociedad se convierta en agotamiento colectivo.
Porque una cosa es ordenar la economía y otra muy distinta es convencer a la gente de que vivir peor constituye una inversión espiritual.
Mientras tanto, desde los despachos se habla de variables, indicadores, mercados y expectativas. Palabras que pueden resultar fascinantes en una conferencia, pero que tienen un pequeño inconveniente cuando llegan al supermercado: no pagan la carne, no llenan el tanque y no cancelan la factura de la luz.
La macroeconomía podrá exhibir sus trofeos. Pero la economía de una familia se mide con otra calculadora: cuánto entra, cuánto sale y cuántos días faltan para volver a cobrar. Esa es la distancia entre el mercader y el Principito. Uno calcula cuánto tiempo puede ahorrar eliminando una necesidad. El otro se pregunta para qué quiere ese tiempo si no puede disfrutar de aquello que necesita.
Y ahí aparece la pregunta incómoda para cualquier gobierno: ¿de qué sirve prometer un futuro extraordinario si, para llegar hasta él, millones de personas tienen que renunciar a las pequeñas cosas que hacen tolerable el presente?
Porque el trabajador no quiere convertirse en un experto en privaciones. Quiere trabajar y vivir dignamente. El jubilado no necesita un curso acelerado de supervivencia: necesita que sus ingresos le permitan comprar lo necesario. Y una familia no debería tener que organizar una cumbre económica cada vez que decide si compra carne, paga una factura o arregla algo que se rompió.
No se trata de exigir que todo sea gratis ni de negar las dificultades de la economía argentina. Se trata de entender que detrás de cada cifra hay personas. Que el ajuste no es una palabra abstracta cuando obliga a elegir qué necesidad queda sin atender. Y que la paciencia social no es un recurso natural e inagotable, como si los argentinos fuéramos una batería que el Gobierno puede descargar hasta cero y después enchufar con un discurso.
La política tiene una peligrosa costumbre: confundir el sacrificio de la gente con el éxito de sus propias decisiones. Si la sociedad consume menos, lo presentan como una virtud. Si deja de viajar, es responsabilidad. Si posterga una compra, es prudencia. Si abandona un sueño, es madurez.
¡Qué maravilla! ¡Un país entero haciendo malabares para que las estadísticas puedan dormir tranquilas!
Pero hay algo que los números no siempre cuentan: la diferencia entre elegir una vida sencilla y verse obligado a vivir con menos. Una cosa es necesitar poco porque uno así lo quiere. Otra es necesitar poco porque el bolsillo ya no permite otra alternativa.
Y eso nos devuelve al Principito.
El chico no quería ahorrar cincuenta y tres minutos para llenar su agenda con más obligaciones. Quería caminar despacio hacia una fuente. Quería beber agua. Quería satisfacer una necesidad sin convertirla en una ecuación.
Quizá esa sea la lección que la Argentina necesita recuperar: la economía tiene que estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de una planilla de resultados.
Porque un país no se vuelve próspero simplemente porque sus habitantes aprendan a prescindir de aquello que ya no pueden pagar. Se vuelve próspero cuando pueden trabajar, alimentarse, educarse, atender su salud, proyectar un futuro y disfrutar de su tiempo sin que cada una de esas cosas se convierta en una proeza.
Y si para demostrar que el modelo funciona necesitamos que la gente deje de consumir, deje de salir, deje de viajar y deje de soñar, tal vez el problema no esté en la gente.
Tal vez estamos comprando la píldora equivocada.
Porque una cosa es ahorrar tiempo para llegar a la fuente. Y otra, muy distinta, es convencernos de que ya no tenemos sed.
Y mientras algunos venden píldoras para no sentirla, millones de argentinos siguen caminando hacia la fuente, con el bolsillo vacío, la garganta seca y una pregunta que no aparece en ningún indicador económico: ¿cuánto más tenemos que aguantar para poder vivir, sencillamente, como personas?