
La mentira ya no necesita ser explícita. Le alcanza con conjugarse en potencial. "Habría", "podría", "estaría evaluando", "trascendió", "fuentes cercanas deslizan" son sus muletillas de rutina.
La mentira ya no necesita ser explícita. Le alcanza con conjugarse en potencial. "Habría", "podría", "estaría evaluando", "trascendió", "fuentes cercanas deslizan" son sus muletillas de rutina. Esa gramática del condicional se ha convertido en el chaleco antibalas preferido de cierto periodismo, que la utiliza para tirar sin asumir la autoría del disparo. Si la versión se confirma, alguien reclamará la primicia. Si se desmorona, siempre quedará la excusa perfecta de afirmar que nunca se dijo que fuera cierta, apenas se sugirió que podía serlo.
Es una apuesta sin derrota posible, una ruleta trucada donde la banca gana siempre y el que deja sus fichas sobre la mesa es el desprevenido espectador. Claro que ese modo verbal tiene un uso legítimo, porque sirve para advertir que un dato aún carece de respaldo suficiente. El problema aparece cuando la excepción prudente se transforma en hábito, cuando el recurso deja de proteger la verdad y empieza a blindar a quien la manipula.
"Pero detrás de esa liviandad hay algo más profundo que la desprolijidad técnica. Las equivocaciones no se distribuyen al azar. Tienen una dirección nítida, un blanco elegido de antemano. Se percibe una indisimulada hostilidad hacia el Presidente, no solo por sus ideas, sino también por su persona y por sus modos. Molesta lo que piensa, irrita cómo lo expresa y para esa horda resulta inaceptable que alguien así haya llegado adonde llegó. Ese rechazo visceral, respetable en cualquier ciudadano, se vuelve inadmisible cuando se lo viste de objetividad."
A esa comodidad lingüística se suma un preocupante abandono del chequeo. Contrastar demanda tiempo, llamadas, testimonios, documentos y, sobre todo, tolerar que la historia se caiga antes de salir al aire. En un ecosistema obsesionado con la inmediatez y los clics, esa disciplina parece un lujo de otra época. Se prefiere difundir primero y averiguar después, o directamente no revisar nunca. Es como un cirujano que opera sin estudios previos, confiado en su olfato, y que luego responsabiliza al paciente por las complicaciones.
Lo más grave es que nadie se hace responsable. Una noticia falsa recorre todos los canales, se replica en portales y redes, condiciona debates, golpea mercados y daña reputaciones. Cuando finalmente queda en evidencia su falsedad, no hay rectificación visible, ni disculpa, ni el más mínimo pudor. Los mismos que exigen transparencia a cada funcionario no aplican esa vara sobre su propio trabajo. Simplemente se pasa al tema siguiente, con la serenidad de quien sabe que el olvido colectivo juega a su favor y que la memoria de las audiencias dura lo que tarda en llegar el próximo escándalo.
Pero detrás de esa liviandad hay algo más profundo que la desprolijidad técnica. Las equivocaciones no se distribuyen al azar. Tienen una dirección nítida, un blanco elegido de antemano. Se percibe una indisimulada hostilidad hacia el Presidente, no solo por sus ideas, sino también por su persona y por sus modos. Molesta lo que piensa, irrita cómo lo expresa y para esa horda resulta inaceptable que alguien así haya llegado adonde llegó. Ese rechazo visceral, respetable en cualquier ciudadano, se vuelve inadmisible cuando se lo viste de objetividad.
"Nadie reclama una prensa complaciente. La crítica al poder resulta esencial en una república y quienes gobiernan deben estar bajo una lupa permanente. Cuestionar decisiones, exponer contradicciones y discutir con dureza las políticas oficiales es exactamente lo que corresponde. Lo inaceptable es vender animadversión como información, seleccionar datos según confirman un prejuicio previo y confundir escrutinio con ensañamiento. Una cosa es el rigor y otra muy distinta es la militancia con apariencia de neutralidad."
Nadie reclama una prensa complaciente. La crítica al poder resulta esencial en una república y quienes gobiernan deben estar bajo una lupa permanente. Cuestionar decisiones, exponer contradicciones y discutir con dureza las políticas oficiales es exactamente lo que corresponde. Lo inaceptable es vender animadversión como información, seleccionar datos según confirman un prejuicio previo y confundir escrutinio con ensañamiento. Una cosa es el rigor y otra muy distinta es la militancia con apariencia de neutralidad.
Llama la atención que muchos de quienes hoy se escandalizan por los modos fueron notablemente indulgentes con estilos igual de ásperos en el pasado. Esa medida elástica delata, sin mayores explicaciones, que el enojo no es con los modales sino con el contenido. Lo que verdaderamente perturba es que alguien con convicciones incómodas haya desafiado consensos que parecían eternos y, de paso, haya demostrado que la intermediación de ciertos opinadores ya no resulta tan imprescindible como suponían.
"Llama la atención que muchos de quienes hoy se escandalizan por los modos fueron notablemente indulgentes con estilos igual de ásperos en el pasado. Esa medida elástica delata, sin mayores explicaciones, que el enojo no es con los modales sino con el contenido. Lo que verdaderamente perturba es que alguien con convicciones incómodas haya desafiado consensos que parecían eternos y, de paso, haya demostrado que la intermediación de ciertos opinadores ya no resulta tan imprescindible como suponían."
La factura de todo esto no la paga solo el Gobierno. La abona, en definitiva, la credibilidad del oficio. Cada operación desmentida, cada versión que se evapora y cada título tendencioso erosionan un capital que costó décadas construir. La sospecha generalizada es el peor enemigo de una profesión que vive de ser creída. El público no es ingenuo. Puede demorar, pero termina advirtiendo quién le informa y quién le vende propaganda envuelta en papel de noticia. Y cuando la confianza se quiebra, no distingue entre el profesional serio que firma lo que afirma y aquel que confunde la redacción con una trinchera.
"La libertad de expresión es uno de los pilares más valiosos de una sociedad abierta, pero no constituye un salvoconducto para la irresponsabilidad. Quien tiene el privilegio de llegar a millones de hogares carga también con la obligación de responder por cada palabra. El día que cierto periodismo recupere el coraje de afirmar, la humildad de verificar y la honestidad de confesar sus rencores, habrá reconquistado algo mucho más importante que una audiencia. Habrá recuperado su dignidad. Hasta entonces, seguirá siendo apenas un francotirador escondido detrás de un verbo en potencial."
La libertad de expresión es uno de los pilares más valiosos de una sociedad abierta, pero no constituye un salvoconducto para la irresponsabilidad. Quien tiene el privilegio de llegar a millones de hogares carga también con la obligación de responder por cada palabra. El día que cierto periodismo recupere el coraje de afirmar, la humildad de verificar y la honestidad de confesar sus rencores, habrá reconquistado algo mucho más importante que una audiencia. Habrá recuperado su dignidad. Hasta entonces, seguirá siendo apenas un francotirador escondido detrás de un verbo en potencial.