
El delantero puntano hizo los goles de las dos finales de la Copa Libertadores 1986. Cuatro años después, cuando estaba por jugar en el Xeneize, los médicos le detectaron una insuficiencia aórtica y le recomendaron dejar el fútbol. Murió en enero de 1992.
El delantero puntano hizo los goles de las dos finales de la Copa Libertadores 1986. Cuatro años después, cuando estaba por jugar en el Xeneize, los médicos le detectaron una insuficiencia aórtica y le recomendaron dejar el fútbol. Murió en enero de 1992.
Juan Gilberto Funes jugó poco más de un año en River, pero le alcanzó para escribir una de las páginas más importantes de su historia: marcó en las dos finales de la Copa Libertadores 1986, la primera que ganó el club. Cuatro años después, cuando estaba a punto de debutar en Boca, una junta médica le dio el peor diagnóstico. “Funes, ¿usted qué prefiere, la vida o el fútbol?”, le preguntaron. El Búfalo dejó de jugar, pero su corazón no resistió: murió en enero de 1992, con apenas 28 años.
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El apodo lo decía todo: Funes era un delantero de más de 90 kilos que se abría paso entre los defensores a pura fuerza. Nació el 8 de marzo de 1963 en San Luis y se formó en el fútbol de su provincia. Debutó en Huracán de San Luis, pasó por Sarmiento de Junín, donde era suplente de Ricardo Gareca y no llegó a jugar, y se estrenó en Primera con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, con 8 goles en 14 partidos de los Nacionales 1983 y 1984. Eso le alcanzó para dar el salto a Millonarios de Bogotá, donde se hizo goleador e ídolo.
Llegó a River como reemplazo de Enzo Francescoli y debutó en septiembre de 1986, con 23 años. Un mes después ya era héroe. En la final de la Copa Libertadores contra América de Cali marcó en el 2-1 de la ida, en Colombia, y en el 1-0 de la vuelta, en el Monumental, en octubre de 1986. River ganaba así su primera Copa y se sacaba una deuda histórica, porque Independiente, Racing, Boca, Estudiantes y Argentinos ya la habían ganado antes.
Su compañero Alejandro Montenegro recordó que llegó a la final con una lesión muscular: “Juan tenía la pierna llena de sangre, era imposible que pudiera jugar, pero igualmente jugó”. En diciembre fue titular en Tokio, donde River le ganó la Copa Intercontinental al Steaua de Bucarest, y en agosto de 1987 sumó la Copa Interamericana. Con La Banda convirtió solo cinco goles, pero dos de ellos valieron una Copa.
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Su paso por la Selección también fue breve. Entre junio y julio de 1987, con Carlos Bilardo como técnico, jugó sus únicos cuatro partidos con Argentina, dos de ellos en la Copa América, y no volvió a ser convocado.
A fines de 1987 se fue a Europa, pero no le fue bien: en el Olympiacos de Grecia jugó muy poco y en el Nantes de Francia no llegó a debutar. Volvió al país para jugar en Vélez la temporada 1989/90 y recuperó su mejor versión: 12 goles en 25 partidos, uno de ellos en un recordado 3-3 contra Boca en el que Vélez remontó un 0-3. Jugó su último partido oficial el 13 de mayo de 1990, en una derrota 1-0 contra Ferro.
Vélez no pudo retenerlo y, durante el Mundial de Italia 90, Funes empezó a entrenar con Boca. Tenía un acuerdo para poder irse si llegaba una oferta de Europa, y la oferta llegó: el Niza de Francia. Viajó, hizo goles en los amistosos y se ganó un lugar entre los titulares, pero poco antes del inicio de la temporada le avisaron que los estudios cardíacos habían salido mal: tenía un soplo en el corazón. El pase se cayó.
Volvió a Boca y siguió entrenando mientras le hacían nuevos estudios. “No estoy preparado para el final, a los 35 años puede ser, pero tengo 27 y estoy en mi mejor momento”, le dijo a El Gráfico en agosto de 1990. El 13 de septiembre, Boca anunció su llegada a préstamo por un año. Llegó a jugar un amistoso contra Banfield en la Bombonera, donde estrelló un remate en el palo.
Iba a ir al banco en el superclásico contra River en el Monumental, pero después de un entrenamiento sintió un dolor en el pecho. El 27 de septiembre de 1990, una junta médica en el Hospital Italiano le confirmó que tenía una insuficiencia aórtica. “Funes, ¿usted qué prefiere, la vida o el fútbol?”, le preguntaron los especialistas. Nunca llegó a debutar en Boca.
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Volvió a San Luis y empezó a armar una escuela de fútbol, pero su corazón seguía empeorando. Entre septiembre y noviembre de 1991 lo operaron cuatro veces en Mendoza para reemplazarle la válvula aórtica. En los primeros días de 1992 su cuadro se agravó y lo trasladaron a Buenos Aires. El sábado 11 de enero de 1992 entró al quirófano del Sanatorio Güemes para su quinta operación y murió horas después. Tenía 28 años.
Diego Maradona, que estaba en la Argentina mientras cumplía su sanción en Italia, fue al sanatorio esa noche. “Estoy destruido”, dijo. Alquiló un colectivo para que los amigos y ex compañeros del Búfalo pudieran viajar al velatorio en San Luis, y en abril organizó un partido a beneficio de su familia en la cancha de Vélez, a pesar de la presión de la FIFA, que no quería que jugara por estar suspendido.
En San Luis, un estadio, una calle y un club llevan su nombre, y hay una estatua suya con la camiseta de la Selección. River y Vélez juegan un amistoso que lleva su nombre, y su hijo, Juan Pablo, preside la fundación Corazón de Búfalo, en el lugar donde su padre soñaba con tener una escuela de fútbol. “Afortunadamente y orgullosamente soy el hijo del Búfalo”, dice.
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