
El Presidente necesita introducir cambios, pero su propia construcción política parece impedírselo. Reemplazar a Luis Caputo sería interpretado como una señal de debilidad y modificar el programa económico implicaría revisar dogmas que Milei convirtió en parte de su identidad…
El Presidente necesita introducir cambios, pero su propia construcción política parece impedírselo. Reemplazar a Luis Caputo sería interpretado como una señal de debilidad y modificar el programa económico implicaría revisar dogmas que Milei convirtió en parte de su identidad política y moral.
El presidente Javier Milei, víctima de su carácter desorbitado, enfrenta un dilema. Y es un dilema que, de algún modo, se ha instalado sobre la vida política argentina. Un dilema digno de las peripecias de los protagonistas del Antiguo Testamento o de los personajes de las tragedias griegas que Milei utiliza últimamente para trazar paralelos con su gobierno, su mandato y su ideología.
El Presidente necesita hacer cambios en una economía que, en este momento, no ofrece mayores resultados. Pero la política se lo impide. Es un dilema clásico. Los presidentes muchas veces tienen que optar entre males. Esa es, de algún modo, la esencia de la toma de decisiones en política. Y este problema tiene varias dimensiones.
La primera tiene que ver con el ministro de Economía, Luis Caputo. Caputo no parece tener respuestas nuevas para los dilemas del momento. El riesgo país, en 805 puntos, resulta bastante elocuente. Pero, al mismo tiempo, aunque el ministro no pueda ofrecer más respuestas que las que ofreció hasta ahora, parece muy difícil reemplazarlo.
Milei ha descripto su relación con Caputo prácticamente como una relación simbiótica. Entonces cambiar al ministro sería interpretado como una muestra de debilidad del Presidente y, además, como una señal del fracaso de su programa económico. Y eso es algo que Milei difícilmente admita.
Hay un antecedente relativamente reciente. Raúl Alfonsín, presionado por las elecciones, terminó desplazando a Juan Vital Sourrouille. Y, en lugar de solucionar el problema, lo empeoró. Son dilemas que aparecen en la vida de los presidentes.
Acá tenemos una economía que no ofrece los resultados esperados, una situación que se proyecta sobre las elecciones y, al mismo tiempo, un Presidente que tiene enormes dificultades para hacer cambios porque cualquier modificación podría ser interpretada como una ruptura de aquella simbiosis con Caputo y como una admisión del fracaso de su programa.
Atarse al mástil para no escuchar nada
La segunda dimensión del problema es todavía más compleja. Milei ha resuelto, inspirado en Odiseo, Ulises, atarse al mástil de su embarcación. No solamente para no escuchar disparates, lo cual está bien. Sino para no escuchar nada. Y hay una diferencia importante entre ambas cosas.
El Presidente utiliza la metáfora de Ulises atado al mástil para explicar que no quiere escuchar los cantos de sirena que le sugieren volver al cepo, controlar precios, emitir dinero o alterar su programa antiinflacionario. Y está bien que no escuche disparates. Ya tenemos suficientes delirios en la vida pública argentina como para agregar algunos más.
El problema es que parece haber decidido no escuchar nada. Ulises les tapó los oídos con cera a sus marineros para que no escucharan los cantos de sirena. Milei parece haberse tapado los suyos también. Porque no solamente evita escuchar propuestas disparatadas. Tampoco escucha propuestas sensatas.
En las últimas semanas, economistas provenientes de perspectivas muy diferentes —Carlos Melconian, Domingo Cavallo, Miguel Kiguel, entre otros— han planteado la necesidad de introducir modificaciones. No son personas que piensen exactamente lo mismo. Pero coinciden en que hacen falta cambios y dentro de esta etapa casi bíblica del Presidente, aceptar esa posibilidad parece convertirse en una herejía.
Cuando cambiar se convierte en una herejía
Una herejía consiste, justamente, en actuar contra los dogmas establecidos por una religión y Milei ha construido últimamente una explicación según la cual el capitalismo libertario desciende de los griegos, de los romanos, de los estoicos y de la Biblia. Si uno realmente cree eso, cualquier modificación deja de ser simplemente una decisión económica. Pasa a convertirse en algo filosófico. Incluso moral.
Milei ha relacionado esta construcción con aquella idea de la “moral como política de Estado”. Y ahí aparece nuevamente el dilema: porque si el programa económico deja de ser solamente un programa y pasa a formar parte de una construcción moral, filosófica e ideológica, modificarlo se vuelve muchísimo más difícil.
El Presidente necesita cambios. Pero esos mismos cambios podrían ser interpretados como una ruptura con los dogmas que él mismo estableció.