
A la espera de León XIV y tras lograr el reciente ascenso a la B, el singular personaje sueña con entregarle una casaca oro y blanca al Santo Padre mientras anhela narrar al club en Primera.
Cuida ese taxi como si fuera suyo. Jubilado, con 69 agostos en el lomo, es chofer durante 12 horas diarias de un baqueteado Peugeot 306 que recorre Montevideo de punta a punta. Excepto cuando hay partido. Salvo cuando juega su Bella Vista. Cuando llega la hora, larga el volante y se pone sus mejores ropas de amateur relator. La pasión no se negocia aunque haya cambiado la tribuna por el micrófono. La fe tampoco.
A Ruben Gustavo Canaveri Barreiro lo conocen todos en El Prado, el residencial barrio de la capital uruguaya donde desde principios de los años 30 se afinca el viejo Parque Olivos. Baja del auto y sin dejar de saludar a Dios y a María Santísima, se encierra en la oscura cabina 3 del estadio José Nasazzi. Lo espera una extensísima transmisión, vía YouTube, por el streaming Garra y Calidad, esa misa semanal que disfruta con sus fieles. Algún histórico ex jugador lo ayudará con los comentarios; la familia con el mate y el trípode.
Gustavo Canaveri personifica fecha a fecha a un papa. Bella Vista, su equipo del corazón, lleva por sus colores el apodo de Papales.
Al asomarse por el ventanal, a lo lejos, pero muy a lo lejos, podría tratarse de un clon de León XIV, el 10 estrella de la Iglesia Católica que andará este fin de semana por tierras charrúas. Al sucesor de Francisco lo aguardan por Plaza Independencia, el Cabildo, Casavalle, la Universidad Católica y hasta en el mítico Centenario, sede del Estudiantes-Palmeiras que definirá la Libertadores. Eso sí: no hará falta que el sumo pontífice se pegue una vueltita por la cancha de la avenida Lucas Obes esquina León Ribeiro. Esa 'Catedral', como Canaveri la llama jocosamente, ya tiene dueño.
Desde hace dos años, con el equipo en la C, Gustavo I (o Gustavo Papal), el fan de Víctor Hugo Morales y Alberto Kesman, narra los partidos del Bella vestido de papa. La mitra sobresale sobre su cabeza con los colores oro y blanco y una versión artesanal del escudo del club fundado en 1920. Y la larga sotana en tono pureza no puede faltar... Sí, habemus Papal.
Bella Vista se consagró campeón de la C uruguaya.
“Un querido amigo, Gastón Cairo, me sugirió la idea para su canal. Quería llevar el color de la tribuna y desde allí empezó esta locura. Como desde una cabecera nos costaba ver el otro arco, nos fuimos ganando un lugar en lo más alto de la platea. De chico, cuando jugaba solo en mi pueblo San José de Mayo, relataba para mí. Nunca estudié aunque, de ver tanto fútbol, siempre conocí a los 22 protagonistas. Probé y funcionó. A la gente le gustó escuchar a un loco, a un fanático que no insulta. Y tengo mis propios latiguillos...”, reconoce Canaveri en charla con Olé en pleno tour mediático. Ya es un rockstar.
Con la radio AM en la sangre, con Oriental, Carve y la Universal en sus oídos, Gustavo Papal evitó el reconocido “ta ta ta” de VHM y lo transformó en un bersuitero “se viene el estallido” cada vez que la pelota del BV tiene destino de red. “¿Por qué no me voy a animar? A esta edad no me queda mucho más por hacer. Y había que ser guapo para vestirse así, eh, para decir las cosas que digo... Fue bravo pero comencé a disfrutarlo. Hoy me respetan. Cuando voy a otras canchas les digo a todos en broma: 'trátenme bien o se van al infierno'", se carcajea pícaro el speaker del recién ascendido a la Segunda División Profesional en charla con este diario. Un milagro a nada del arribo de León XIV.
Gustavo Canaveri en pleno streaming, Garra y Calidad.
Un equipo del Vaticano (o casi) en pleno Montevideo
Bella Vista nació con Benedicto XV como pope del catolicismo. El primer potrero fue el patio trasero del Liceo San Francisco de Sales -donde estudió, por ejemplo, Enzo Francescoli-, también llamado Colegio Maturana. Casa de los salesianos , la bandera amarilla y blanca del Vaticano fue inspiración para elegir sus colores.
La botijada hizo de la institución un grande del Amateurismo y un sufrido del Profesionalismo. Nasazzi, el Mariscal -y para muchos el jugador más importante en la historia del fútbol uruguayo-, después de las tres estrellas con la Celeste y su transferencia a Nacional, donó el dinero de su pase para mejorar el estadio que llevaría su nombre.
Aunque cueste creerlo con el diario del lunes, el Papal disputó seis Libertadores -llegó a cuartos de final en 1999- y una Sudamericana en 2011, su última participación internacional antes del desastre. En 2013, diez años después de exhibir camisetas en el mismísimo Museo Vaticano, descendió a la B y, por dramas económicos, una asamblea decidió dejar de participar de los torneos de la Asociación Uruguaya. En la Santa Sede social solo había bolsas de supermercados con boletas sin pagar y directivos metidos en el pozo ciego para destapar los desagües. Siempre con un “no” a las SAD, regresaron en 2018 a la AUF bien al fondo de la olla.
(foto Prensa Bella Vista)
.Gustavo I, personaje emblemático del fútbol uruguayo.
Cuando el papa del Bella tocó el cielo con las manos...
“ En tiempos donde en la escuela te tomaban el pelo si no eras de Peñarol o de Nacional, me hice hincha de Bella Vista por mi padrino, Roberto Hornes, quien en la Argentina jugó en Huracán. Aunque mi equipo en Buenos Aires es Temperley porque admiraba a Mariano Biondi”, sorprende Canaveri, quien aprendió a leer gracias a El Gráfico y a la Revista Goles.
“Claro que quise jugar en el club pero, en las Inferiores, tuve una discusión 'por pelotudo' con el técnico Sergio Markarian y terminé en Defensor, donde llegué hasta la Tercera. Tenía la 10 y era morfón. Pero no era pecado, eh”, jura Gustavo I con risita eclesiástica. Con el tiempo, la rodilla lo obligó a jugar por los barrios para hacerse unos mangos mientras laburaba con despachantes de aduana y seguía alentando a los Papales, como desde los 15 años.
Desde las tribunas del Nasazzi se deleitó con José Luis Sánchez (“a Garrafa lo ponían de 6, era un despropósito”), el Lagarto Juan Ramón Fleita y el tucumano Facundo Gareca. También con Checho Batista, en sus primeros pasos como entrenador. Pero la máxima satisfacción de su vida sucedió en 1990 cuando Bella Vista fue campeón uruguayo durante -como refleja Miguel Méndez en su obra- el llamado Quinquenio de los Chicos, esos años entre 1987 y 1991 donde Defensor, Danubio y Progreso dieron la vuelta olímpica mientras Bolsos y Carboneros estaban en otra.
“No me lo olvido más. Metimos como 6000 personas. Con el empate salíamos campeones y perdíamos 1-0 de local con Cerro. Pero a falta de 15 minutos, el Pocho Rubens Navarro, que jugó en San Lorenzo y River, metió el centro y Ruben Silva, nuestro Pelé, puso el 1-1 de cabeza después de una pelota parada. Fue el gol que más grité en mi vida. Nos dirigía Manuel Keosseian. Un equipazo: llegamos a estar 20 partidos sin perder, un récord para un club chico; en cinco días le ganamos a Nacional y al Peñarol del Flaco Menotti; y nos consagramos dos fechas antes del final. Ese día tocamos el cielo con las manos”, se emociona.
-Sentate en el confesionario y decime la verdad. ¿Gustavo Canaveri iba a la iglesia?
-Iba seguido, eh. Mucha misa de gurí. Después cuando las cosas van mal te preguntás aquello de si Dios existe o no, aquello de cómo y por qué pasó tal cosa... Ahora estoy volviendo a creer. Que a los 69 viva este presente es un milagro. Pero hace unos cuatro años que no aparezco, desde cuando se casó mi hijo Mathias en Paso de la Arena. Con Antonela, mi otra gurisa, son los soles de mi vida.
-Pensar que el papá hoy se disfraza de papa... ¿Hasta dónde querés llegar?
-Estoy haciendo gestiones para entregarle en mano una camiseta a León XIV. Es más, le diría que si quiere ir a la verdadera Catedral de Montevideo, que se venga para el Nasazzi, donde se hacen las mejores tortas fritas del fútbol uruguayo. Pero si me preguntás qué prefiero... Lo único que le pido a Dios es volver a ver a Bella Vista en la A y relatarlo en Primera. Después ya me puedo ir tranquilo arriba con mis viejos...
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