
Singapur es una de las experiencias más notables del desarrollo moderno, no porque sea un modelo perfecto ni porque pueda copiarse mecánicamente, sino porque demuestra algo que muchas naciones todavía no aprendieron: el progreso no nace del fanatismo ideológico, sino de la inteligencia estratégica.
Una ciudad-Estado de apenas 735 km² y alrededor de 5.900.000 habitantes, sin petróleo, sin grandes recursos naturales, sin agua suficiente y sin mercado interno relevante, Singapur parecía destinado a la vulnerabilidad, y sin embargo hoy tiene un PBI cercano a los 550.000 millones de dólares y una renta per cápita superior a los 90.000 dólares anuales, lo que significa que transformó escasez física en abundancia institucional.
La figura central de esa transformación fue Lee Kuan Yew, más que un dirigente político un constructor de Estado cuyo mérito no consistió en repetir doctrinas sino en administrar realidades, porque no fue liberal puro, ni socialista, ni estatista clásico, sino algo mucho más difícil y menos frecuente: un pragmático genuino que supo leer cada momento con criterio propio.
De Adam Smith tomó la apertura comercial y la eficiencia del mercado, pero nunca confundió mercado con ausencia de Estado; cuando la economía exigía corrección, convocaba a Keynes como herramienta para estabilizar e invertir, no como doctrina permanente, y en el largo plazo pensó como Friedrich List: construir capitalismo nacional, desarrollar infraestructura y atraer capital extranjero sin resignar soberanía económica.
Singapur abrió su economía al mundo, pero no se vendió al mejor postor, sino que convocó capital global subordinándolo siempre a una estrategia nacional, con reglas propias y objetivos claros: en un enclave el capital entra, extrae y se va, mientras que en Singapur se integró a una arquitectura institucional que retuvo valor, generó empleo calificado y construyó poder propio.
Su ubicación geográfica fue decisiva, y el Estrecho de Malaca, por donde circula cerca del 25% del comercio marítimo mundial, no fue una casualidad sino una estrategia. Lee Kuan Yew entendió que la geografía no se elige, pero se convierte en ventaja, y en esto aparece una comparación inevitable con Argentina.
La Hidrovía Paraná-Paraguay es el ejemplo más evidente de cómo una ventaja natural extraordinaria puede desperdiciarse por falta de planificación, porque por allí sale gran parte de la producción agroindustrial argentina y circula buena parte del comercio del Cono Sur, pero el valor agregado nacional construido sobre esa ventaja sigue siendo mínimo: puertos bajo control extranjero, fletes en manos de terceros, seguros externos, astilleros debilitados y bandera argentina casi inexistente.
Paraguay, un país mediterráneo sin salida al mar, logró construir la tercera flota fluvial más importante del mundo, y gran parte de ese tránsito utiliza nuestra propia vía navegable, lo que resume la paradoja con contundencia: otros capturan valor sobre nuestra geografía mientras nosotros apenas administramos el paso.
La Hidrovía debería pensarse como Singapur pensó Malaca, no solo como corredor de tránsito sino como sistema integral de desarrollo, lo que implica puertos nacionales, industria naval, leyes laborales modernas, seguros propios, zonas francas industriales, integración con ferrocarril y rutas, y una política inteligente de cabotaje, porque asociarse con capital extranjero no es un problema, pero hacerlo sin proyecto propio convierte la asociación en dependencia.
Los extremos rara vez ofrecen respuestas eficaces para el desarrollo, porque ni el mercado librado a su lógica absoluta ni el Estado convertido en un fin en sí mismo alcanzan por sí solos, y la inteligencia política consiste precisamente en saber cuándo usar cada herramienta, cómo combinarlas y en qué secuencia aplicarlas, sin fanatismo y sin improvisación.
Gobernar no es administrar dogmas sino realidades concretas, y la buena política, como la farmacología, exige dosis exactas y momento preciso de aplicación: en su justa medida cura, ordena y genera condiciones para el desarrollo, pero cuando se aplica en exceso o fuera de tiempo se vuelve veneno, desordena y puede destruir lo mismo que prometía construir.
Singapur no tuvo casi nada y organizó todo, mientras que Argentina tiene casi todo y todavía discute cómo convertir sus ventajas naturales en poder nacional, y esa es, en definitiva, la diferencia entre una nación que construye desarrollo y una que apenas administra recursos.
Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR.