
Moisés era colérico; Jacob, un estafador; Abraham, un aventurero; Pedro y Judas, traidores. ¿El rey David? Un turbio mujeriego, y Salomón, un pillo. Con gente de esta calaña se tejió la inmensa tradición judeocristiana de la cultura occidental.
Moisés era colérico; Jacob, un estafador; Abraham, un aventurero; Pedro y Judas, traidores. ¿El rey David? Un turbio mujeriego, y Salomón, un pillo. Con gente de esta calaña se tejió la inmensa tradición judeocristiana de la cultura occidental. Los argentinos tenemos mucho para aprender de ellos.
La Biblia cristiana es un caleidoscopio de curiosidades, enigmas y desconciertos. Podría arriesgarse incluso que es el primer libro de autoayuda de la historia. Podría también decírsele a quien aún no la haya leído que, si la cree una suma de salmos y alabanzas soporíferas, se equivoca.
Muchos de los personajes que llenan esas páginas fueron los fundadores de la historia que nos precede en Occidente. Esos “buenos muchachos” son también las raíces de nuestra idiosincracia social, para bien o para mal.
Y sobre todo, pese a haber sido casos de diván, personas problemáticas, familias disfuncionales o incluso cosas peores, ellos explican muchos de los rasgos de nuestra personalidad individual.
Viéndolo en perspectiva, admitámoslo, no todo salió tan mal. Es más, pese a su prontuario dudoso, nos haría bien observarlos más de cerca, ya que aún tendrían para ofrecernos cosas dignas de imitar. Parece contradictorio. Y sí, lo es, pero así somos.
Abramos la Biblia. ¡Cuántas dudas iniciales! ¿Dónde quedaba el Paraíso? ¿Existió Goliat? ¿Cómo puede Dios concederle un primogénito a Abraham, a los 99 años, y luego quitárselo pidiéndole que lo sacrificara como prueba de fe? ¿Quién la pasó peor: Job, Jonás o Moisés?
¿Si han sido los elegidos de Dios, para qué hacer sufrir tanto a los israelitas, destinatarios de la tierra prometida? ¿Por qué sigue sosteniéndose que David y Salomón fueron los reyes alta gama de la historia judeocristiana? ¿Qué acertijo oculta la Torre de Babel? ¿Por qué desaparecieron los milagros, si su golpe de efecto justiciero –y marketinero- hoy podría ser un aliado incalculable?
La Biblia, el primer libro que tuvo el honor de inaugurar la imprenta de Gutenberg, es en realidad un conjunto de textos que tienen mucho de historia, bastante de imaginación y un arcano de acertijos que Sigmund Freud blanqueó sin muchas vueltas: “la religión está hecha de ficciones que satisfacen nuestra sed de justicia” (El provenir de una ilusión, 1927).
Al margen de su fehaciente carácter histórico en numerosos pasajes, o de su probada verosimilitud –aspiración final de cualquier relato literario, incluso los bíblicos-, hay algo en esta construcción que atrae con exquisita fascinación: es una “colección de misterios”.
Y hay algo también que la vuelve única: sus historias “hablan de hoy y fueron concebidas como dispositivos de supervivencia”, dice Gonzalo Garcés, escritor, periodista y autor de Los relatos bíblicos (Paidós), su novena obra literaria, una minuciosa investigación sobre las ideas, las historias y los personajes que inspiraron lo que hoy conocemos como Occidente, la cultura judeocristiana que resultó, en grandes pinceladas, de un mix entre Jerusalén y Atenas.
Pese a haber sido casos de diván, personas problemáticas, familias disfuncionales o incluso cosas peores, los personajes bíblicos explican muchos de los rasgos de nuestra personalidad"
Y yo agregaría: una aproximación de Garcés (graduado en Letras Modernas en la Universidad de Sorbonne) enriquecida por el trabajo filológico con fuentes hebreas y un brillo inusual hasta la última frase, 375 páginas después, con un ritmo literario y un suspenso que jamás decae, créanlo, porque es así. La propuesta suma otro gran hallazgo: el tupé de descubrir que las limitaciones personales de nuestros arquetipos culturales fueron las chispas de varias de las neurosis actuales.
Sin duda, hay en todas esas líneas sacras bastante de “inspiración divina”, pero también coexisten “la dimsensión literaria, psicológica y hasta neurológica; no son lecturas opuestas”, subraya Garcés.
Mientras en plena Edad de Bronce, otras culturas contemporáneas producían mitos, épicas guerreras y cosmogonías que explicaran sus orígenes, los autores bíblicos escribieron textos literarios de todos los géneros conocidos, que atraviesan como flechas el espíritu humano de todos los tiempos: hay terror, tramas policiales, ciencia ficción, crónicas, escenarios fantásticos, epopeyas, representación teatral, tragedias, comedias, elegías y poemas de amor.
En contra de lo que se creería, no es Dios el protagonista de la Biblia. Ese rol es colectivo y lo absorben muchas personas “comunes” en busca de su destino; un amplísimo “arco narrativo” que los autores escriben y reescriben barriendo sucesos abarcados entre los años 2000 a. C y el 100 d. C., cuando Marcos, Mateo, Lucas y Juan redactaron sus respectivos Evangelios, y cuando se escribieron los Hechos de los Apóstoles y las Cartas Apostólicas.
Es decir, desde el primer soplo de Dios para infundirnos alma hasta las temibles predicciones apocalípticas que, alivia el autor, no son tan temerarias, si se recuerda que Dios vence a la muerte. Y esto para los cristianos es la mejor noticia, inspiradora.
En la Biblia pasa de todo: hambrunas, plagas, sequías, desamparo, traiciones, adulterios, filicidios, parricidios, fratricidios y muchos sacrificios con la vista puesta en el porvenir. ¿Valió la pena?
Tal vez, porque lo que sostuvo esa marcha fue el inevitable miedo a vivir y, sobre todo, el de morir, ambos más universales que todas las religiones juntas. Cuando habla sobre la nada y el infinito (Pensamientos, 1670), Blas Pascal dio en el clavo con una imagen de un solo golpe de martillo: recomienda que actuemos como si Dios existiera, por más que no sepamos si existe.
Entonces, si Dios gravita, pero no protagoniza, ¿de quién habla la Biblia? De un colérico como Moisés; de un estafador como Jacob; de un cobarde como Pedro; de un aventurero como Abraham; de un político pillo como Salomón; de un criminal como Caín; de un embaucador como José –el hijo de Jacob; de un mujeriego con “lágrimas de cocodrilo”, como David; y de entregadores como Judas Iscariote. Entre muchos otros…
"El Estado de Israel, un vergel con el desierto de potencias arañándole sus espaldas y la frente mirando el Mediterráneo, la orilla siempre abierta a todas las tentaciones"
¿Nos suena conocido? Claro, si el caso es que no nos parecemos a ellos, al menos hemos topado a menudo con imitadores, con otros nombres. Porque la Biblia es un racimo de textos escritos de forma tal que no perezcan; no caducan.
Todos los protagonistas de los relatos bíblicos son hombres imperfectos, perdidos, que andan a los tumbos sin saber siquiera si están avanzando cuando se sienten empantanados. Y aunque cueste creerlo, fueron ellos los elegidos para una gran misión de largo alcance.
Y sus nombres, gracias a esa lima llamada “tiempo” fueron tallados hasta hacer de ellos grandes figuras. La idea no es quitarles sus méritos sino tomar conciencia de que ellos, con sus visibles defectos a cuestas, cambiaron su historia personal y la de un tercio de la humanidad.
Y si ellos pudieron hacerlo a gran escala, ¿por qué no nosotros, los argentinos, en una perspectiva bastante más pequeña, desde nuestro confín sudamericano?
Construcción de Occidente
“Antes de que apareciera el Dios de los judíos, el mundo ya estaba hecho y los dioses lo mantenían. El Dios de la Biblia, en cambio, es diferente: tiene planes para nosotros. Dios es una voz que habla desde el futuro. ¿Vendrá de esto la pasión occidental por indagar hacia adentro, en la mente, y hacia afuera, en el universo’”, se pregunta Gonzalo Garcés, en el libro que ya agotó la tercera edición.
¿Y cuál era ese plan de Dios? En primer lugar, que su pueblo tuviera su propia tierra –Canaan- y que recuperara la libertad que había perdido ya dos veces.
Primero, alrededor del 1250 a. C. Por entonces, Moisés –judío de cuna, pero criado como noble egipcio- tuvo un déjà vu y comprendió el pedido divino de “sacar a los hebreos de Egipto”, a como dé lugar e incluso a pesar de ellos mismos. Los hebreos eran salvajes, analfabetos, politeístas y de escasa autoestima. Todas en contra.
En la Biblia pasa de todo: hambrunas, plagas, sequías, desamparo, traiciones, adulterios, filicidios, parricidios, fratricidios y muchos sacrificios con la vista puesta en el porvenir"
Y fue en 586 a.C. cuando los elegidos perdieron su libertad por segunda vez. El reino de Judá cayó bajo el poder de Nabucodonosor, los caldeos destruyeron Jerusalén y esclavizaron a los hebreos más calificados, llevándolos a Babilonia. Los pastoriles y los menos instruidos se quedaron en Canaan, expuestos a sucesivas invasiones territoriales, políticas, comerciales y religiosas.
En el primer éxodo, el del -1250, los hebreos partieron en busca de la Tierra Prometida; el segundo, en cambio fue una ruta inversa, la expatriación, un trauma colectivo inimaginable.
Con todo, como casi siempre sucede, al mal se le escapa por la tangente algo positivo: el exilio permitió a los hebreos redescubrir su identidad, incluso en términos lingüísticos. Confirmaron además su fe en Yavé, por sobre otros varios dioses tribales y nació en ellos por primera vez, la conciencia de ser “judíos” y conformar una nación. En síntesis, la pérdida de la libertad despertó un sentimiento nacional antes desconocido.
Fue en Babilonia (a 85 km de Bagdad, actual Irak) donde los judíos en el exilio, ya orgullosos de su pasado, comenzaron a poner por escrito las leyendas y relatos orales que se habían ido transmitiendo de una generación a las sucesivas.
Su único patrimonio era por entonces el Deuteronomio, que habían logrado llevarse de Jerusalén antes de que los caldeos destruyeran la ciudad con todo lo que había en ella.
Aplastados entonces por esa nueva desgracia que sacudía Medio Oriente, la nostalgia pudo más y se propusieron el armado bíblico, anhelo plural de exorcizar las tristezas del presente con el poder liberador de las palabras. La literatura les permitía recuperar su historia inolvidable, interminable.
Históricamente, Canaan perteneció en ciclos sucesivos a judíos, asirios, caldeos, persas, griegos, romanos, árabes y a los turcos del Imperio Otomano.
A pesar de las contingencias políticas, la conciencia de pertenecer al pueblo elegido por Dios les dio a los judíos, durante casi 30 siglos, luz verde para asentarse en un territorio que, al llegar –digamos la verdad-no estaba despoblado y hoy está conformado por Israel, Líbano, parte de Siria y parte de Palestina.
La Biblia, dispositivo de supervivencia
“Los judíos tienen perspectiva. Resignificaron sus desgracias como un aprendizaje y al hacerlo ganaron una fortaleza incalculable. Cuando te convencen o te convencés de que algo bueno te espera en el horizonte, la resiliencia te vuelve invulnerable. Es la idea que está en Viktor Frankl, que decía que en Auschwitz no sobrevivían los que eran físicamente más fuertes sino los que creían que algo los esperaba en el horizonte”, explica el escritor Garcés, que lleva décadas releyendo la Biblia.
José, el padre 'biológico' de Jesús, pertenecía a la casa de David. En deuda con ese ilustre árbol genealógico, Jesucristo sería proclamado 'descendiente de David'"
Moisés era malhumorado, inseguro y tenía una tara para hablar en público; creía que sulfurarse, gritar y estallar de cólera le daba mejores resultados.
La regla número uno que impuso entre los salvajes sin modales que lo secundaron desde Egipto, no del todo convencidos por el desierto sin límites, era creer sólo en Yavé; no más falsos dioses ni becerros de oro. Les había dicho una y mil veces que necesitaban reglas de convivencia, porque sin ellas no habría respeto ni construcción social posible.
Sin embargo, fueron tercos y tuvieron muchas dificultades para aceptar las reglas. Por ejemplo, la ley de primogenitura, el derecho del mayor a ser el sucesor, cláusula que varios héroes de la primera hora, más sus descendientes, transgredieron con mentiras y engaños: Jacob le sacó el privilegio a su hermano Esaú; José, a Rubén; Isaac, a Ismael; Efraín, a Mansés… y siguen las firmas.
En todo esto, David es un caso muy interesante. Cuando entró en escena, sólo tenía para mostrar que era el Brad Pitt de su tiempo y un músico que, enhebrando sonidos del arpa, rendía a sus pies a cientos de mujeres.
Sin que se le desacomodaran los rulos, la carrera política del fundador de la casa monárquica más célebre de Israel se inició con un piedrazo en la frente de Goliat, un gigante vencido en diez segundos por un advenedizo.
Sólo por eso, en menos de lo que canta un gallo David se ganó el favor del rey Saúl (un guerrero de fuste que había derrotado a filisteos, amalacitas, moabitas y amaritas para anexar sus territorios), pero ojo, también el recelo de los militares más fieles.
“El alma de David era un pozo sin fondo”, diagnostica el autor de Los relatos bíblicos, hijo de psicoanalistas; “hipócrita, siempre busca ventajas”, agrega. Como mago que nunca revelará sus trucos, David es inescrutable, brilla y oscurece a la vez.
Moisés era malhumorado, inseguro y tenía una tara para hablar en público; creía que sulfurarse, gritar y estallar de cólera le daba mejores resultados"
A los 30 años, no ahorró lágrimas para llorar desconsolado en público ante los cadáveres de los herederos legítimos de Saúl (Jonatán e Isboset). Inmediatamente después, se sacudió los restos de polvo de la túnica y se calzó sobre la frente la corona ajena de rey. Es cierto que la vistió con elegancia, pragmatismo, decisión, ambición, lujuria y sangre fría durante las cuatro décadas de su reinado perdurable en varios sentidos.
Luego la legaría a Salomón, el hijo que tuvo con Betsabé, una vez que sus artimañas de estratega sin escrúpulos borraron del mapa a Absalón, otro heredero sanguíneo que le disputaba el trono. Hipócrita y siempre oscuro, no dejó de llorarlo teatralmente a la vista de todos sus fieles soldados, desconcertados por su arrepentimiento de sacárselo de encima. Un buen consejo le hizo recapacitar, se enjugó las lágrimas y –literalmente- pidió que le sirvieran la cena.
Llegamos a un punto crucial: es necesario recordar que el buen hombre que se ganaba el mango como carpintero en Nazaret, José, el padre “biológico” de Jesús, pertenecía a la casa de David. En deuda con ese ilustre árbol genealógico, Jesucristo sería proclamado “descendiente de David”. Un linaje cuyo contexto, como acabamos de ver, impresiona.
-¿Garcés, qué significa todo esto?
-Carl Gustav Jung escribió que cada individuo posee una “sombra”, aspectos que reprime o esconde, por traumáticos o vergonzosos. Pero también dice que una persona sólo está sana cuando integra a su sombra: cuando acepta esos aspectos como propios. En este sentido, quizá David sea el más sano de todos los personajes bíblicos; es decir, el más vivo.
Mientras me dijo que cabe preguntarse si no será justamente por eso que Dios lo elige, Gonzalo Garcés esculpe con precisión de ebanista, montones historias que yo imagino como pasacalles de un dron que se eleva y abandona el retrato de David, el judío que más menciones honoríficas ha recibido.
La cámara gana altura y sigue autónoma por los bellos paisajes israelitas, uno de los spots más conflictivos del balcón asiático con vista al mar que comparten tres continentes.
Y allí nomás se divisa el Estado de Israel, un vergel con el desierto de potencias arañándole sus espaldas y la frente mirando el Mediterráneo, la orilla que siempre estuvo abierta a todas las tentaciones, desde los tiempos temibles de los Pueblos del Mar.
Quizá David sea el más sano de todos los personajes bíblicos; es decir, el más vivo
Allá está ese poderoso chiquitín temperamental, el ínfimo Israel que en tan solo seis días venció a cuatro potencias árabes, en julio de 1967 y sigue siendo arte y parte en el polvorín de Medio Oriente.
Imposible no trazar de inmediato la escala del diminuto Estado de Israel en la geografía conflictiva que habita.
“El episodio de David contra Goliat representa el espíritu indómito del pueblo judío, siempre el menor entre los grandes imperios. Es un poco la cuestión del arquetipo que lleva las de perder, el caballo al que nadie apuesta, el boxeador retirado que se le anima al campeón”, ejemplifica el autor y la semblanza ata con precisión varios cabos sueltos.
Cambiamos de tema. El Mesías, figura evangélica central, es el enviado que nos salvará pero, desde el punto de vista literario, “un misterio que nos supera”, apunta Garcés. Por un lado, los Evangelios muestran a un Jesús que se junta con los desposeídos, los humildes, los que no encuentran su lugar. En este sentido, su propuesta es revolucionaria; una insurrección.
Y por el otro, supera la contingencia, asume el aura de enviado celestial y habla como predicador de lo que realmente vale en este valle de lágrimas: la vida eterna, un bienestar ahora escaso, pero con garantía de perpetuidad o al menos más perdurable que otras felicidades pasajeras. Un bienestar que algún otro proveerá.
“De hecho, han habido analistas bíblicos, sugiere el autor que identifican de algún modo la benevolencia de Cristo con un Estado benefactor”, desliza. “Ojo, no estoy diciendo que los Evangelios hablen del Estado porque, literalmente no lo hacen”, aclara.
-Javier Milei, se siente Mesías, pero no se muestra ni como el Jesús que repara el dolor ni como el benefactor que administra justicia. ¿Es un falso Mesías? ¿Tiene similitudes con algún otro personaje bíblico?
-Yo veo en Milei una identificación con Moisés.
Quedé pensando en otro dial: no era fácil atravesar un desierto donde no hay fronteras, agua ni alimento, y siguiendo a un jefe casi desconocido como Moisés, un líder tribal cascarrabias, que salta como chispa por cualquier cosa, un introvertido con problemas para comunicar, que quiere inculcar los primeros acuerdos que construyen una sociedad.
Pero una frase me devuelve al diálogo: “Moisés, no era un gran administrador, pero era carismático y tenía aptitudes para crear ciudadanos”, agrega.
-En el sálvese quien pueda no hay ejercicio de la ciudadanía…
-Yo no estoy diciendo que Milei sea un líder eficaz. Lo que digo es que Milei busca identificarse con Moisés. Después veremos cómo le va. En la Biblia, Moisés es el único capaz de escuchar la voz de Dios, cuestionarlo y quedarse sin respuestas, pero está convencido de que él es el elegido para transformar el pedido de Dios en acción.
“Muchos líderes políticos se identifican con alguna figura religiosa. ¿Sabés qué argentino se identificaba con Cristo?”, me pregunta Gonzalo Garcés. Pasa palabra. “Menem”, responde.
-En su discurso de asunción a la presidencia, en 1989, dijo: “Yo he venido a decir “Argentina, ¡levántate y anda!”, una paráfrasis del milagro que Cristo hizo con Lázaro. Y Menem planteaba un liderazgo mesiánico. ¿Qué quiere decir mesiánico? Un Mesías es alguien que viene a levantar a una nación postrada.
“Un Mesías es también es una figura carismática que no ofrece argumentos sino que reclama una confianza incondicional, -continúa el especialista. Ese tipo de líder no ofrece ideas, dice: “Síganme, yo soy la salvación”. Cristo decía “el que quiere salvarse, que deje todo y me siga”. Y Menem lo adaptó, al decir “síganme, no los voy a defraudar”.
-¿A qué personaje bíblico te recuerdan los argentinos?
Argentina no es un país perfecto, si es que hay alguno que lo sea. Pero creo que David es un buen héroe para los argentinos. Es un personaje lleno de faltas, muy pillo. Con mujeres que caían rendidas a sus pies, era lujurioso, pero un chanta querible y en eso es muy argentino. Además le gustan los enredos políticos y a pesar de sus falencias lo eligen para construir un país. Porque trabajaba para algo mucho mayor que él mismo, el beneficio de los demás. David trabajaba para la comunidad.
“En la Biblia, hay momentos en los que parece que Dios se dijera ‘más vale alguien que no sea un alumno modelo, que a veces rompa un poco las normas, pero que tenga garra y hambre de vivir; que sea inteligente y que tenga visión de futuro”, añade.
Entonces, Argentina tiene futuro.
-¿Y qué diríamos de Jesús, si el Mesías eligiera nuestro país para predicar?
-Le dirían que es un flojo y le harían bullying. ¿Qué es eso de poner la otra mejilla? ¡No, hermano! Así no llegás lejos, ¡tenés que hacerte respetar! Y cuando diga “Yo soy el que anunciaban los profetas”, le gritarían “¡agrandado! ¡¿Quién te crees que sos, eh?!
Y a su vez, “Jesús tenía entre la gente una familiaridad casi barrial y eso hacía que los sabios de la sinagoga no lo tomaran en serio. ‘¡Pero no flaco, yo te conozco! ¿Qué me chamuyás? Si sos el hijo del carpintero y vos venías todos los días a comprar pescado acá’, debían decirle. Para ellos, igual que para nosotros los argentinos, un Mesías tenía que ser alguien más impresionante”, imagina el escritor.
Y se entusiasma: “y cuando lo crucificaran, muchos dirían: ‘y… se la buscó…’, mientras según otros, ‘un poco se les fue la mano, la verdá’.
“Y cuando resucite, el comentario sería:
-Yo soy partidario de Jesús desde la primera hora; se lo dije a todos y no me quisieron creer’.
-¡¿Qué vas a ser, vos?! ¡Si yo te vi escupiéndolo!
-¿Qué decís? ¡Habrás visto a otro!
“Porque los argentinos somos exitistas, entonces una vez que hayamos confirmado que resucitó, seríamos todos partidarios de él”, vislumbra Gonzalo Garcés.
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