
Hay amistades que se sellan con un abrazo, otras con una foto y algunas con un avión privado. En la política latinoamericana, aparentemente, también existen las amistades con itinerario reservado, escalas estratégicas y explicaciones que llegan siempre después del despegue.
En esta historia aparecen Bolsonaro, Milei y Estados Unidos. Tres nombres, una afinidad ideológica y un episodio que deja preguntas dando vueltas en el aire. Porque una cosa es compartir ideas, sacarse fotos y declararse admiración eterna, y otra bastante distinta es que el Estado termine metido en una historia que necesita más explicaciones que un balance de fin de año.
Milei tiene derecho a tener amigos políticos. Faltaba más. Lo que no puede hacer es confundir sus amistades personales con los intereses de todos los argentinos. Porque la Argentina no es el living de una reunión de amigos, ni la oficina de trámites internacionales de una cofradía ideológica.
Y ahí aparece el viejo Tío Sam, siempre tan atento a los acontecimientos de este continente. Estados Unidos tiene sus intereses, sus estrategias y sus prioridades. Sería ingenuo pensar lo contrario. Las potencias no hacen política exterior por simpatía: hacen cuentas. Y cuando las cuentas cierran, aparecen las sonrisas; cuando dejan de cerrar, cada uno vuelve a su casa.
Lo curioso es que, mientras algunos dirigentes parecen jugar al ajedrez geopolítico, los ciudadanos argentinos siguen jugando a la ruleta rusa con el bolsillo. El sueldo hace equilibrio en la cuerda floja, las facturas llegan con vocación de amenaza y el supermercado se convirtió en una experiencia de turismo aventura: uno entra con una lista y sale preguntándose si todavía puede pagar el regreso.
Pero nuestros dirigentes parecen vivir en otra dimensión. Una donde los contactos internacionales cotizan como medallas, las fotos con líderes extranjeros se exhiben como trofeos y cada gesto de cercanía con Washington se vende como si hubiéramos descubierto petróleo en el patio de la Casa Rosada.
Ahora bien, una relación política no demuestra por sí sola que exista una operación secreta. Las versiones deben comprobarse y las responsabilidades, si las hubiera, deben establecerse con hechos. Precisamente por eso hacen falta explicaciones claras, no respuestas diseñadas para que las preguntas parezcan una falta de respeto.
Porque gobernar no es administrar una peña de amigos ni repartir credenciales de pertenencia a un club internacional. Gobernar es responder ante los ciudadanos, incluso cuando las preguntas incomodan y las respuestas pueden arruinar la fotografía.
La cuestión es sencilla: si el Gobierno argentino no tuvo participación alguna, que lo explique con datos. Si intervino, que diga en qué condiciones y bajo qué autoridad. La transparencia no debería ser una concesión graciosa del poder; debería ser una obligación.
Porque hay algo que la política todavía no termina de entender: los países no son propiedades privadas de sus presidentes, ni los ciudadanos extras de una película protagonizada por sus amistades internacionales.
Milei puede tener todos los amigos que quiera, Bolsonaro puede buscar todos los destinos que necesite y Washington puede mover sus fichas como le convenga. Pero la Argentina no debería ser el remis de nadie.
Y si alguien cree que la soberanía consiste en estar siempre disponible para los poderosos, convendría recordarle que una cosa es tener la puerta abierta al mundo y otra muy distinta es quedarse sosteniéndoles la valija.
Porque, al final, los aviones despegan, los presidentes cambian y las amistades políticas duran lo que duran los intereses. Lo único que permanece es la factura. Y esa, como siempre, termina llegando a nombre de los argentinos.