
El nivel de ingesta de proteína animal se ubicó en apenas 46 kilos por habitante al año. Ricardo Cáceres, referente supermercadista del NEA, explicó a época que esto se debe a cambios de hábitos alimentarios, el avance del pollo y el cerdo y la pérdida del poder adquisitivo.
El nivel de ingesta de proteína animal se ubicó en apenas 46 kilos por habitante al año. Ricardo Cáceres, referente supermercadista del NEA, explicó a época que esto se debe a cambios de hábitos alimentarios, el avance del pollo y el cerdo y la pérdida del poder adquisitivo.
Argentina, históricamente identificada con el asado, las parrillas y un elevado consumo de carne vacuna, atraviesa una transformación profunda en sus hábitos alimentarios. Lo que durante generaciones constituyó uno de los componentes centrales de la dieta nacional está perdiendo protagonismo frente a otras alternativas, principalmente el pollo y el cerdo. El fenómeno responde tanto a cuestiones económicas como a cambios en las preferencias de los consumidores.
Un reciente informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA) puso cifras contundentes a este proceso: el consumo de carne vacuna cayó a 46 kilos por habitante, el nivel más bajo de acuerdo con la serie histórica considerada por la entidad, que comenzó a medir este indicador en 1914.
El dato corresponde al promedio móvil de los últimos doce meses considerado en los primeros ocho meses de 2026 y refleja una contracción del 11,3% en el consumo total respecto de igual período del año anterior. En términos de volumen, la absorción interna alcanzó 1,37 millones de toneladas de res con hueso.
Pero detrás de esta estadística hay un fenómeno que excede la coyuntura económica. La mesa de los argentinos está cambiando y la carne vacuna ya no ocupa el lugar prácticamente excluyente que supo tener durante buena parte de la historia del país.
Un punto de vista regional
Desde el supermercadismo regional, Ricardo Cáceres, empresario con presencia comercial en las cuatro capitales del Nordeste (Corrientes, Resistencia, Posadas y Formosa), observa que el avance de otras proteínas animales constituye uno de los aspectos más llamativos de esta transformación.
"Es un caso histórico esto. El pollo le está ganando un poco más a la carne", describió a diario época al analizar el comportamiento del consumo.
Para Cáceres, no se trata solamente de una cuestión de precios, aunque reconoce que el costo de los alimentos tiene una incidencia determinante. También identifica una modificación de los hábitos alimentarios que comenzó a hacerse más evidente durante la pandemia y que, desde entonces, no volvió a revertirse.
El empresario considera particularmente significativo el crecimiento del pollo dentro de las preferencias de los consumidores. "Lo sorprendente es el pollo ", señaló, al referirse al avance que viene registrando esta alternativa frente a la carne vacuna.
Uno de los aspectos más interesantes del diagnóstico de Cáceres es que ubica en la pandemia un punto de inflexión en los hábitos de alimentación. Durante aquellos meses, las familias modificaron sus rutinas, sus formas de comprar y también la composición de sus comidas. Algunas de esas transformaciones permanecieron una vez superada la emergencia sanitaria.
La incorporación de más verduras, el crecimiento del consumo de pollo y la mayor presencia de carne porcina aparecen, desde su observación comercial, como parte de una nueva configuración de la dieta familiar.
El fenómeno coincide con las estadísticas nacionales que muestran el avance de las carnes alternativas. Según los datos recopilados en el informe publicado por Ámbito, el consumo de pollo ya supera los 45 kilos anuales por habitante, mientras que el de cerdo sobrepasó los 17 kilos en 2023.
La evolución productiva también contribuyó a esta transformación. La producción avícola argentina alcanzó los 2,3 millones de toneladas en 2024, luego de multiplicarse por 64 desde 1961. Las mejoras tecnológicas, la genética, la nutrición animal y los procesos sanitarios permitieron aumentar la productividad y consolidar una oferta competitiva.
En paralelo, la producción porcina experimentó un crecimiento importante durante las últimas dos décadas. De esta manera, la carne vacuna dejó de concentrar prácticamente toda la atención de los consumidores y comenzó a compartir un mercado cada vez más diversificado.
Sin embargo, Cáceres considera que no se puede explicar este proceso exclusivamente por una preferencia hacia otras alternativas alimentarias.
"Supongo que también un poco influye el costo", sostuvo cuando se le preguntó por las razones que explican la menor demanda de carne vacuna. Y agregó que el crecimiento del cerdo, el pollo, las frutas y las verduras también incide sobre las decisiones de compra.
En otras palabras, las familias están reorganizando sus presupuestos y modificando la composición de sus comidas en función de distintas variables, entre ellas el precio de los alimentos y la capacidad de compra de sus ingresos.
Pierde terreno, pero no desaparece de la mesa
El retroceso del consumo bovino no significa necesariamente que los argentinos estén dejando de consumir proteínas animales. Lo que muestran las estadísticas es, principalmente, una sustitución progresiva entre distintas variedades de carne.
El informe de CICCRA permite observar la dimensión de ese cambio. Mientras la carne vacuna perdió participación, el pollo y el cerdo consiguieron consolidar su crecimiento.
De hecho, según las estadísticas de consumo correspondientes a 2023, la Argentina registró una ingesta total de 122,7 kilos de carnes de origen animal por habitante. Es decir, el país continúa ubicándose entre los mayores consumidores de carne del mundo, aunque con una composición diferente a la que caracterizó históricamente su dieta.
La diferencia es importante: no necesariamente se está abandonando el consumo de proteínas animales, sino que la carne vacuna está dejando de ser la protagonista casi exclusiva de la mesa familiar.
A esto se suma otro elemento estructural: la producción bovina argentina prácticamente no creció durante las últimas cinco décadas, mientras que la población continuó aumentando. En 2024, la producción alcanzó 3,18 millones de toneladas, un volumen similar al de medio siglo atrás.
La competencia por el uso de la tierra, las dificultades para sostener inversiones ganaderas de largo plazo, las sequías y las modificaciones del rodeo también condicionaron la disponibilidad de carne.
En ese contexto, la mayor demanda externa y el crecimiento de las exportaciones agregaron presión sobre la oferta destinada al mercado interno.
Por eso, la mengua del consumo debe analizarse como el resultado de una combinación de factores: cambios culturales, modificaciones en los precios relativos, evolución de la producción y restricciones económicas de los hogares.
No obstante, la caída histórica del consumo de carne vacuna plantea un interrogante que excede las estadísticas de una cámara empresaria o los resultados comerciales de los supermercados.