
Como en tantos otros temas, la cuestión del Día de la Raza tiene todavía harta tela para cortar y así, a fin de concatenarla con asuntos netamente correntinos, creo que vale la pena visualizar algunos aspectos de su relación con las tradiciones nacionales y provinciales.
Como en tantos otros temas, la cuestión del Día de la Raza tiene todavía harta tela para cortar y así, a fin de concatenarla con asuntos netamente correntinos, creo que vale la pena visualizar algunos aspectos de su relación con las tradiciones nacionales y provinciales.
Está de más decir que si conceptuamos la tradición como todo aquello que se transmite de generación en generación, mejor dicho, patejeándolo, enganchándolo a la criolla, lo que una generación ha heredado de quienes la anteceden y lo que es capaz de pasarle a sus sucesores es justamente lo que ha distinguido a Corrientes de casi cualquier otra provincia argentina: esa cualidad de no dejarse llevar por la correntada, de hacer honor a la recomendación de aquel pensador alemán que dijo "Ve con tu siglo, pero que no te arrastre". Quizá un poco de allí viene eso de "república aparte"; de no marcar el paso, de no marchar con otro rebaño que el propio, de no dejarse arrastrar de entrada por la correntada. Siempre recordaré cuando mi suegro, al proponerle cambiar sus muebles porque me parecían viejos y feos, me respondió: "Le sirvieron a mi padre y a mi abuelo ¿por qué no me van a servir también a mí? Creo que ahí fue cuando yo, que alguna vez fui porteño, empecé a entender lo que era Corrientes. Aquella Corrientes, porque en los años transcurridos desde entonces, si hacemos la distinción entre continuidades y cambios de algún pensamiento historiográfico, si comparamos entre la Corrientes de manzanero plano, solo interrumpido por las torres de sus iglesias, con su umbrosa costanera antigua, y la corrientes del hotel Marriot y la nueva rambla, indefensa bajo el sol; tal vez la principal continuidad es la extensión que ha beneficiado al paseo ribereño, el alargue de la "vuelta del perro". La tradición se ha sostenido sobre todo en el reciclaje de edificios si se quiere emblemáticos como el Museo de Ciencias Naturales, el de Arte Moderno o La Unidad.
El Día de la Raza en la Nación, comenzó a conmemorarse en el año 1917, iniciando una tradición que se cortó en el año 2010, vale decir prácticamente un siglo más tarde. Está claro entonces que se descabezó lo que ya estaba firmemente instalado, marcando una vez más ese vaivén, esa ambivalencia que caracteriza a los argentinos, en ese caso en nuestra actitud hacia España, nuestra Madre Patria: Del anatema de la Revolución y Sarmiento hasta el Estado Nacional y Julio Argentino Roca, y de allí al populismo progresista y Cristina Fernández. En 2026, cabe pensar en un retorno al populismo con Milei, pero de cuño neoliberal.
En Corrientes, el cambio de gobierno también se realizó de acuerdo a una tradición, desde aquel histórico momento en que la provincia recobró su autonomía en el año 1821, cuando se hizo cargo del poder el primer gobernador constitucional, Juan José Fernández Blanco, hasta que, 86 años más tarde, en 1907, uno de nuestros "tradicionales" interventores federales, Carlos Dimet, la quebró por primera vez pero definitivamente, haciéndose cargo en 1908 en forma transitoria, Martín José Goitia, desalojado por juicio político menos de un año más tarde siendo reemplazado por una nueva intromisión federal.
Pero esa tradición correntina perdida tiene algo más para entregarnos, porque la fecha elegida para el cambio de gobierno era el 25 de diciembre, el acontecimiento central de la cristiandad: el nacimiento de Jesucristo.
Aquí, creo que vale la pena reflexionar un momento sobre las causas y consecuencias del quiebre de las tradiciones.
Así, la ruptura de muchas tradiciones es inevitable por el mismo devenir de las cosas, aunque pareciera que en todos los casos tardan lo suyo en morir.
Puedo recordar el empeño de nuestras maestras y profesores de antaño. Resistiéndose al empleo de las "biromes", los actuales bolígrafos, y exigiendo el uso de lapiceras fuentes y la tinta azul negra, y a docentes muy posteriores, renegando de las primitivas calculadoras manuales porque entontecían para las matemáticas la mente de los educandos, o a mi bisabuela cocinando en un fogón o un brasero porque según ella el olor del querosén contaminaba los alimentos mientras se cocían, o pensar en cómo ahora, tal vez algo tardíamente, se va contra los celulares, la escritura digital y la inteligencia artificial.
Estas reflexiones retro, estas especulaciones vintage, no son para denostar los avances ni exorcizar el progreso, que sólo pueden ser obstaculizados por sus propios límites, pero sí para preguntarnos cuáles y cuántas son las tradiciones que no podemos dejar atrás sin olvidar quienes somos, sin dejar de ser nosotros mismos.
Y algunas de esas tradiciones quizá nos interpelen como individuos, pero hay otras que nos reclaman como Nación. Una Nación que ya tiene que ir dejando atrás el mito de la juventud, en especial en una provincia como Corrientes, que reivindica gozosamente sus largos siglos de vida. Siglos de los que prácticamente no nos ha quedado tradición alguna, y no pocas de las que reivindicamos, desde el punto de vista del proceso histórico son harto recientes, como más allá de su extranjería el Carnaval, nuestro Carnaval actual, que solo podemos remontar, según algunas versiones, a las modas comparseras importadas de Uruguayana en la década del 60 por los universitarios provenientes de Paso de los Libres.
A veces hay tradiciones que cuesta recordar y tratar de entender cómo se agostaron y desaparecieron o están en tren de hacerlo, "Los Ángeles Somos", asociados al Día de todos los Santos, con sus niños de ropajes blancos y alas transparentes, entregando oraciones a cambio de colaciones de chipá y golosinas, cuyo reemplazo es amenazado por el Halloween anglosajón y su evocación de un mundo de espíritus no precisamente buenos, con sus velas por los muertos reemplazando nuestra Candelaria, y el "dulce o truco" de una necrofílica mascarada impuesta desde el cine.
Un buen negocio para las casas de cotillón que no tienen por qué ser guardianas de las tradiciones, ni siquiera de las costumbres, que en realidad están más cerca de la centinela de los moralistas y de los políticos.
Unas por su estrecha relación con los valores y las otras por la importancia que revisten para el análisis de las prácticas electorales.
No sé si decir la guardiana, pero sí el árbitro de la conservación de las tradiciones en nuestro medio, tradicionalmente y valga la redundancia ha sido la Iglesia, por el carácter históricamente confesional de la Provincia. De allí que incluso los cambios en el poder estuvieran fuertemente asociados al calendario litúrgico. En la medida que se fue dando un proceso de secularización, de desacralización de la sociedad, esa argamasa tan antigua como el medio mismo que aglutinaba, se fue tornando permeable a nuevas influencias, sean buenas o no. Así, si nosotros para San Pedro y San Pablo en junio, saltábamos alrededor del fuego viendo quemarse un muñeco, hoy eso ya ha sido reemplazado por el Guy Fawkes anglosajón que desde el Halloween y sus disfraces de carnaval, con sus calabazas ígneas, encandila por ahora sobre todo a nuestros escolares, quienes desconocen, y por cierto no están interesados en descubrir sus orígenes políticos, y menos todavía sus raíces confesionales. Bueno o malo, nos guste o no, Estamos abiertos a todos los cambios.
Y termino, clavando una vez más una pica en Flandes, en esta oportunidad en identificación de una visión correntina del mestizaje, de la "raza cósmica", que, como "mancebos de la tierra" fueran ya reivindicados por Hernandarias, y cuya raíz guaranítica exaltara historiográficamente sobre todo Wenceslao Néstor Domínguez, y en el terreno de la lírica contara con el estro del goyano Odín Fleitas, que con su magnífica composición titulada "Mujeres por caballos", en su obra "Canto Litoral Indiano", idealizó los orígenes de esa sociedad mestiza con centro en Asunción tan estrechamente emparentada con Corrientes hasta hoy día.