
El sentido de tu vida no puede depender de la mirada ajena. ¿En qué momento confundimos vivir con cumplir expectativas? ¿Cuándo aceptamos que, para ser queridos, tenemos que parecernos a lo que otros esperan de nosotros?
El sentido de tu vida no puede depender de la mirada ajena. ¿En qué momento confundimos vivir con cumplir expectativas? ¿Cuándo aceptamos que, para ser queridos, tenemos que parecernos a lo que otros esperan de nosotros?
A las mujeres se nos ha exigido ser jóvenes, lindas, delgadas, deseables, buenas madres, buenas esposas, exitosas y capaces de poder con todo.
Debíamos cuidar, acompañar, producir, agradar y no descuidarnos nunca.
Y cuando creíamos que, con los años, llegarían la tranquilidad y una mayor libertad, descubrimos que también había que envejecer bien.
Pero no solamente con salud, autonomía y bienestar: había que tener un cuerpo entrenado, una piel sin arrugas y un rostro capaz de disimular el paso del tiempo; como si cumplir años fuera una derrota y aparentar menos, una victoria.
¡Qué agotamiento! Entre las dietas, los tratamientos, pinchazos, los suplementos y las rutinas para conservarnos siempre atractivas, ¿en qué momento nos dedicamos simplemente a vivir?
Cuidarse está bien; hacer ejercicio, alimentarse saludablemente, recurrir a tratamientos estéticos o elegir otro estilo de vida son decisiones personales.
El problema comienza cuando una elección se convierte en mandato y nuestro cuerpo deja de pertenecernos para transformarse en una vidriera que debe satisfacer la mirada y aprobación social.
Quiero tener la edad que tengo y poder sentirme linda, sensual, deseante, con proyectos y ganas de empezar de nuevo.
Quiero que mis arrugas no cancelen mi erotismo, que mis canas no sean una derrota y que mi cuerpo no se convierta en una lista de fracasos.
No quiero borrar las huellas de una vida que viví, con sus alegrías, pérdidas, aprendizajes y contradicciones.
Pero esta exigencia no termina en la apariencia, también alcanza nuestra manera de relacionarnos.
Cuando una mujer pone límites, molesta; cuando dice que no, decepciona; cuando se prioriza, es egoísta; cuando deja de estar siempre disponible, se vuelve distante; cuando ya no soporta lo que antes toleraba, dicen que cambió. Y si deja de dar explicaciones, puede convertirse en alguien difícil de tratar.
¿No será que llamamos egoísmo a la libertad del otro porque ya no podemos disponer de él como antes?
También los hombres cargan con sus propios mandatos: ser fuertes, tener éxito, resolverlo todo y no mostrar vulnerabilidad.
A unos se les exige belleza y docilidad; a otros, fortaleza y resultados; de distintas maneras, todos podemos terminar ocultando partes de nosotros para ser aceptados.
Así construimos una sociedad que habla de autenticidad, pero premia la apariencia; que proclama la libertad, pero cuestiona a quien se sale del guión; que pide sinceridad, pero muchas veces prefiere una mentira cómoda antes que una verdad que incomoda o molesta.
Distorsionamos la realidad para no enfrentarla; fingimos estar bien cuando no lo estamos, sostenemos vínculos por miedo a la soledad, aceptamos situaciones que nos lastiman para no decepcionar y perseguimos modelos de éxito que quizás nunca elegimos.
Confundimos aprobación con amor, sacrificio con bondad y obediencia con respeto.
Entonces, ¿cuánto de nuestra vida nos pertenece realmente?
Ser auténticos no significa hacer cualquier cosa sin considerar a los demás.
Significa elegir con conciencia, actuar con responsabilidad y construir una vida coherente con lo que sentimos, pensamos y valoramos.
Significa dejar de traicionarnos para conservar un lugar en la vida de alguien más.
Y debemos aceptar que la libertad no garantiza la aprobación ajena.
Cuando dejamos de cumplir un papel, algunas personas pueden alejarse.
Cuando cambiamos, quienes estaban acostumbrados a nuestra antigua manera de ser quizá no comprendan nuestra transformación.
No vinimos a cumplir todas las expectativas de los demás, ni los demás vinieron a cumplir las nuestras.
Vinimos a vivir, a aprender, a equivocarnos, a amar, a revisar nuestras certezas y a descubrir quiénes somos más allá de los personajes que aprendimos a representar.
Considero que la verdadera madurez no consista en conseguir que nadie note el paso del tiempo, sino en dejar de avergonzarnos de haber vivido; no en gustarle a todo el mundo, sino en dejar de abandonarnos para gustar; no en tener una vida perfecta, sino en construir una vida propia.
Porque la pregunta no es cuántos años aparentamos, cuánto logramos o cuántas veces conseguimos que nos aprueben. La pregunta es mucho más íntima y necesaria:
¿Estoy viviendo una vida que me representa o una vida que aprendí a mostrar para que los demás me quieran y acepten?
Quizás recuperar el sentido de nuestra existencia empiece cuando nos atrevemos a mirar la realidad sin disfraces, dejamos de pedir permiso para ser quienes somos y elegimos vivir con verdad, libertad y coherencia; no para demostrarle nada a nadie, sino para poder mirarnos a nosotros mismos y reconocer que la vida que estamos viviendo es honesta y nos pertenece.
Te mando un beso inmenso.
(*) IG Tona Galvaliz. FB/LinkedIn: María Antonia Galvaliz.