
Abordar el abuelazgo desde una mirada psicológica nos permite ir más allá de la imagen estereotipada del abuelo que ayuda a armar un barrilete o de abuela sentada en un sillón tejiendo, dado que es imprescindible entenderlo como una instancia de desarrollo vital, transmisión…
Abordar el abuelazgo desde una mirada psicológica nos permite ir más allá de la imagen estereotipada del abuelo que ayuda a armar un barrilete o de abuela sentada en un sillón tejiendo, dado que es imprescindible entenderlo como una instancia de desarrollo vital, transmisión psíquica y estructura afectiva clave en el sistema familiar.
Desde la psicología sistémica, el puente entre generaciones le otorga a la dimensión psicológica del abuelazgo una mirada que enfatiza la memoria transgeneracional y sentido de pertenencia.
Hay roles en la vida que se construyen desde la prisa, la exigencia y la responsabilidad del hacer. La paternidad y la maternidad, atravesadas por la urgencia de la crianza, el trabajo, los límites y el mandato de la estructuración, muchas veces se viven con la tensión de quien debe guiar a través de la tormenta. Sin embargo, cuando el tiempo avanza y el ciclo vital se despliega, la psique humana inaugura uno de sus territorios más bellos y reparadores: el abuelazgo.
Desde la psicología sistémica y del desarrollo, los abuelos no son meros espectadores o ayudantes en la dinámica familiar; son los verdaderos guardianes de la continuidad psíquica familiar y constituyen el tronco firme sobre el cual las nuevas ramas se extienden para explorar el mundo sin perder la raíz.
En la etapa del abuelazgo se produce un fenómeno psicológico fascinante: la descentración del control. Al no recaer sobre ellos la responsabilidad primaria de la disciplina y el modelado de la conducta diaria, la función de los abuelos se libera del deber ser, para instalarse en el puro del "estar", donde prima la presencia psíquica y donde él tiempo presente abraza el encuentro con los nietos, ya que el ayer y el mañana quedan suspendidos de la categoría de lo urgente.
Este cambio de posición permite el despliegue de un afecto despojado de ansiedades, una presencia plena donde la paciencia ya no se fuerza, sino que fluye de la experiencia acumulada.
Para el niño, esta mirada incondicional es un bálsamo de seguridad afectiva. Los abuelos representan un espacio de neutralidad amorosa, un puerto seguro donde la infancia no es evaluada ni corregida constantemente, sino simplemente alojada y celebrada.
Dentro de las funciones primordiales que cumplen los abuelos se halla la transmisión de identidad y pertenencia. Los relatos, las anécdotas, la comparación de rasgos que el abuelo ve y expresa, el olor y las viejas fotografías que comparten no son solo entretenimiento nostálgico, son los cimientos de la identidad narrativa de ese niño. Los niños que crecen con un vínculo cercano y fluido con sus abuelos desarrollan mayores competencias emocionales, un sentido de pertenencia más sólido y una autoestima mejor estructurada. Saber de dónde se viene y conocer las historias de quienes sobrevivieron a otras épocas les otorga a los más pequeños raíces, identidad y certeza de que el mundo ya ha sido atravesado por otras tormentas.
En la vinculación entre nietos y abuelos hay un beneficio profundamente bidireccional. En la etapa de la madurez cuando el sujeto suele enfrentarse al balance de la vida, ante duelo por las pérdidas y a la reorganización del tiempo vital, los nietos irrumpen como un motor insustituible de trascendencia.
La mirada de un nieto re vitaliza la psique del abuelo, le devuelve el juego, despierta la curiosidad y le otorga un sentido renovado al presente.
El abuelazgo permite reparar viejas deudas de la propia crianza y reescribir, desde la ternura, la propia historia afectiva.
Pero en situaciones vitales donde el abuelazgo contemporáneo se da en personas que aún trabajan y están activas esta mirada exige una redefinición ya que esa vinculación tendrá matices claves, como la presencia elegida por sobre la presencia por inercia, ya que en día los abuelos activos hacen un espacio consciente en su agenda para el encuentro. Eso transforma el tiempo compartido no es una rutina impuesta, sino una elección deseada. El tiempo que se ofrece es de mayor calidad y presencia plena.
Para los nietos tener abuelos que trabajan, que tienen proyectos, que estudian o que lideran espacios de gestión o profesionales es una lección de vida invalorable. Aprenden que envejecer no es replegarse ni apagarse, sino seguir creciendo, deseando y aportando al mundo.
Uno de los mayores desafíos en este abuelazgo es la tensión entre las expectativas de la generación intermedia (los hijos que a veces necesitan ayuda o cuidado continuo para sus propios niños) y la realidad de un abuelo con compromisos laborales y de vida propia. La psicología de este abuelazgo exige aprender a poner límites amorosos pero firmes, para que la ayuda no se transforme en sobrecarga ni desdibuje el propio proyecto de vida.
Ya sea desde el silencio, de la disponibilidad plena, o desde el ejemplo dinámico del deseo en movimiento, lo que perdura no es la forma que adopta el tiempo, sino la certeza que se le regala al niño, la de saberse amado por una cadena humana que lo antecede, lo abraza en el hoy y le da raíces firmes para volar hacia el mañana.