
Durante las noches siguientes, los gallos volvieron a cantar a deshora, pero nadie se quejó. Los vecinos aguardaban con ansiedad la oportunidad de desentrañar el misterio de aquella antigua construcción, que llevaba tantos años en el patio sin que nadie pudiera explicar su…
Durante las noches siguientes, los gallos volvieron a cantar a deshora, pero nadie se quejó. Los vecinos aguardaban con ansiedad la oportunidad de desentrañar el misterio de aquella antigua construcción, que llevaba tantos años en el patio sin que nadie pudiera explicar su origen. No había símbolos, cruces ni inscripciones. Solamente ladrillos, piedras y hierro envejecido.
Doña Dionisia llegó un sábado, día que algunos relacionaban con el Sabbat de las brujas.Era una mujer de aspecto humilde, vestida con ropas gastadas. Llevaba hierbas, algunas estacas, una bolsa de sal y varios porrones de agua bendecida por un sacerdote cristiano amigo suyo. Uno de esos religiosos arandúes que, en lugar de limitarse a maldecir aquello que desconocen, prefieren aprender.
Los vecinos fueron informados de la operación, aunque solamente uno se presentó armado. Portaba un revólver cargado con balas de plata, siguiendo el consejo de otro sacerdote, mestizo e hijo de una india, que atendía una capilla lejana en los suburbios de la ciudad y también conocía ciertas prácticas ancestrales.
La excavación comenzó apenas amaneció. El sol brillaba en el este anunciando una nueva jornada. Los obreros, ajenos a los acontecimientos sobrenaturales que habían motivado aquella tarea, siguieron cuidadosamente las instrucciones.
Primero retiraron el cerco de hierro. Después comenzaron a desmontar el cuadrado de ladrillos cocidos y piedras areniscas, unidos mediante una mezcla de barro y cal.
La estructura fue cediendo lentamente hasta dejar al descubierto una pequeña puerta de hierro grueso, asegurada con varios candados de tiempos remotos. El metal estaba tan herrumbrado que presentaba un orificio visible. Además, una pesada tranca de fierro atravesaba la abertura, sujeta por otros dos candados en los extremos.
El descubrimiento despertó nuevas preguntas.
Un cerrajero consiguió abrir el antiguo portal sin mayores dificultades. Debajo apareció una escalerilla metálica en estado deplorable que descendía hacia las profundidades. Ante el peligro de utilizarla, los trabajadores trajeron otras escaleras y las amarraron entre sí para alcanzar el fondo de lo que parecía ser un viejo aljibe o alberca.
Doña Dionisia se preparó para bajar. La acompañaría uno de los hombres presentes, quien había recibido instrucciones expresas de disparar ante cualquier peligro. Era un antiguo esclavo, liberto desde 1853, y uno de los pocos sobrevivientes de la invasión paraguaya de 1865. Había heredado de sus padres conocimientos sobre ciertas artes ancestrales y su avanzada edad le confería una autoridad que nadie discutía.
Llevaba consigo un amuleto de piedra roja y un preparado de albahaca, palo santo y mirra.Cuando ambos alcanzaron el fondo, descubrieron que las paredes abovedadas del antiguo depósito de agua habían sido construidas con ladrillos cocidos asentados en barro.
Allí encontraron algo espantoso. Un esqueleto decapitado permanecía sujeto a los muros mediante cadenas y grilletes que colgaban de sus huesos destartalados.
El cráneo también estaba encadenado, aunque separado del resto del cuerpo y asegurado al piso. Una cruz de hierro, corroída por el óxido, yacía entre los restos. Evidentemente, había dejado de cumplir la misión para la cual fue colocada.
En un pequeño cofre de cerámica, oculto dentro de una cavidad de la pared, encontraron una Biblia, varios misales y una extensa carta escrita sobre papel de hilo. La tinta, originalmente de un verde oscuro, se había aclarado con el paso de los años.
El documento contenía una advertencia:
"ADVERTENCIA. Esta mujer es una vampiresa, séptima hija mayor de la familia… Fue exorcizada por el inquisidor Arze, ejecutada y sellada para siempre jamás en nombre de Dios Nuestro Señor. Nadie ose liberarla. Es peligrosa"
Ante semejante descubrimiento, los exploradores solicitaron a gritos más antorchas y linternas. La iluminación aumentó hasta permitirles observar cada rincón de aquella cámara subterránea. Entonces comenzó la verdadera ceremonia. Doña Dionisia era una nigromante, conocedora de antiguas prácticas destinadas a comunicarse con los muertos.
Rodeó los restos con un círculo de sal, roció la zona húmeda con el agua preparada y comenzó a pronunciar en guaraní antiguas oraciones de invocación a las almas del submundo. Por precaución, pidió a su acompañante que tuviera listos sus elementos para utilizarlos ante cualquier emergencia.
El hombre consultaba repetidamente un viejo reloj de bolsillo. Ambos sabían que debían terminar antes de la caída del sol. De pronto comenzó a soplar un viento que parecía provenir de ninguna parte. Frente a ellos se fue dibujando lentamente una figura conocida: la misma mujer que había aterrorizado a los vecinos durante aquella noche de mayo.
—¡Tengo hambre! ¡Tengo hambre…! —repetía.
Doña Dionisia la roció con el agua preparada y atravesó su figura con las estacas de palo santo.
Sin embargo, aquellas armas parecían quedar suspendidas dentro de una sombra, como si una fuerza invisible impidiera que alcanzaran su verdadero destino. La aparición continuaba murmurando. Entonces el antiguo liberto se acercó al cráneo encadenado y, siguiendo las enseñanzas recibidas de sus mayores, lo arrancó de un solo tirón.
Lo introdujo inmediatamente en una bolsa que contenía una mezcla de palo santo, mirra y albahaca, y cerró la abertura con todas sus fuerzas. Un chillido atroz atravesó los oídos de los presentes. A pesar del espanto, ninguno desistió.
Pidieron a los hombres que aguardaban en la superficie que trajeran con urgencia un contenedor de acero de la mejor calidad, provisto de cadenas y varios candados de bronce.El grito sostenido del espectro resultaba ensordecedor. Mediante señas, los dos luchadores intentaron preguntarle quién era. La respuesta llegó entre gemidos:
—Soy servidora del diablo. Me llamo… Me liberé gracias al herrumbre. ¡No podrán contra él!
No alcanzó a revelar su nombre. En ese preciso instante apareció nuevamente el ser de los cuernos, aquel que había provocado la desbandada de los vecinos. Doña Dionisia extrajo de entre sus ropas un puñado de cenizas y lo arrojó contra el visitante. La criatura desapareció de inmediato. La figura de la vampiresa comenzó entonces a diluirse lentamente, aunque sus lamentos continuaban resonando en las profundidades.
El acompañante tomó la bolsa que contenía el cráneo, todavía agitado por movimientos inexplicables, y la colocó dentro de una cesta. Mediante un tirón de la cuerda indicó a los hombres de la superficie que debían elevarla.
Una vez arriba, el macabro contenido fue introducido en un recipiente metálico de menor tamaño, protegido con una cruz, una estrella de David y otros elementos destinados a impedir cualquier manifestación sobrenatural.
También colocaron piedras en su interior para aumentar el peso. Mientras tanto, los huesos restantes fueron reunidos cuidadosamente y depositados en el contenedor de mayor tamaño, que luego elevaron mediante la fuerza de varios hombres. En ese momento, la antigua cisterna estalló en una sucesión de colores semejantes a los del arcoíris.
Las paredes comenzaron a resquebrajarse. El suelo tembló y los muros cedieron lentamente, como si una fuerza surgida de las entrañas de la tierra intentara tragarse toda la construcción. Doña Dionisia y su acompañante treparon apresuradamente por las escaleras.
Consiguieron alcanzar la superficie apenas unos instantes antes de que la cámara subterránea se derrumbara por completo. El socavón resultante era de considerables dimensiones y arrastró consigo parte del gallinero. Los hombres que permanecían afuera observaron entonces una enorme llamarada que se elevó hacia el cielo para luego precipitarse contra el suelo y penetrar en él como un rayo.
Nadie se atrevió a acercarse. La tarea, sin embargo, todavía no había terminado. En las proximidades de los antiguos embarcaderos de San Sebastián y San Roque, a orillas del Paraná, aguardaba una embarcación alquilada especialmente para transportar los dos contenedores. El barco se internó en el canal principal del río y avanzó aguas abajo.
Frente al antiguo hospital de los brasileños de la Marina, en el sector donde hoy se encuentra el San Juan Bautista, arrojaron el primero de los recipientes. Habían elegido uno de los puntos más profundos de la vaguada, conocida también como thalweg, donde la corriente alcanza su mayor profundidad.
Después continuaron navegando hacia el sur. El segundo contenedor, que guardaba la cabeza de la vampiresa, fue arrojado en otro sector profundo del Paraná, cerca de Empedrado. De ese modo, los restos quedaron separados por una considerable distancia, con la esperanza de impedir que alguna fuerza maligna pudiera reunirlos nuevamente.
Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando el sol comenzó a insinuar su retirada. Varios sacerdotes de distintas iglesias, informados sobre lo sucedido, concurrieron a la propiedad y depositaron amuletos y otros elementos destinados a proteger el lugar contra hechizos, demonios y cuantas fuerzas malignas pudieran merodear por allí.
El enorme pozo fue rellenado con las carradas de tierra que se habían ordenado desde temprano. Antes de completar la tarea, los presentes bendijeron el terreno con tanta agua que la tierra terminó convertida en un barro espeso, mezclado con abundante sal.
Sobre la superficie plantaron especies vegetales a las que la tradición atribuía propiedades protectoras contra los maleficios. Cuando todo parecía concluido, alguien que pasaba por el lugar hizo una observación:
—¡Qué casualidad! Los tres gallos murieron. ¿Los comerán?
El dueño de casa ordenó que los animales fueran incinerados sobre una chapa y que sus cenizas se esparcieran en el río. Algunos afirmaron que aquellas aves habían sido voceras del demonio. Sin embargo, la verdad parecía ser exactamente la contraria: con sus cantos a medianoche, los pobres animales habían denunciado la presencia de la diablesa y de su amo. Desde entonces, el gallinero volvió a poblarse con nuevos ejemplares.
Pero cada vez que a alguno se le ocurría cantar durante la noche, desaparecía inmediatamente. ¡Pobres animales! ¿Qué culpa tenían? Cosa de no creer, ¿verdad? Sin embargo, quienes conocen los secretos del exorcismo saben que estas cosas pueden suceder.
Tapa del Domingo1 de Noviembre de 2026